FUENTE NOTESE / Rocío Sánchez
CIUDAD DE MÉXICO.- Decir que la mariguana es inofensiva sería una falacia. Sería como decir que el alcohol o el café no hacen daño, siendo que en ciertas condiciones y cantidades pueden ser perjudiciales. Si bien no ha habido investigaciones exhaustivas sobre las consecuencias del consumo de la cannabis, la información disponible sugiere que todo depende de las condiciones y las cantidades de ese consumo.
Entre las principales dificultades para conocer las consecuencias del uso de esta droga están, por un lado, el hecho de que, al menos en México, experimentar con la planta no es legal, y por otro, la realidad muestra que prácticamente ninguna persona en el mundo consume exclusivamente mariguana, sino que combina su uso con otras drogas (en el menor de los casos, café y alcohol). En este sentido, los estudios que se han realizado tienen uno o más co-factores que son difíciles de medir.
No obstante, la ciencia ha indagado sobre el tema y uno de esos espacios de investigación es el Laboratorio de Canabinoides de la Facultad de Medicina de la UNAM, institución que dedicó sus conferencias de la Semana del Cerebro a la acción de la mariguana sobre este órgano.
Sistemas cerebrales
Las principales sustancias contenidas en la mariguana son el canabidiol y el tetrahidrocanabinol oTHC. La primera carece de efectos psicoactivos y se ha usado en algunos medicamentos que favorecen el apetito o controlar ciertos tipos de epilepsia. El THC, en cambio, es la sustancia psicoactiva que altera el funcionamiento regular del cerebro.
Estas alteraciones son posibles porque hay un sistema en el cerebro que responde a ese tipo de sustancias, llamado sistema endocanabinoide. Está compuesto por un grupo de receptores químicos que reaccionan ante sustancias canabinoides que el propio cuerpo produce, pero también a las externas, como las de la planta de cannabis.
Los receptores de canabinoides tienen una estrecha relación con las estructuras cerebrales que integran el sistema de recompensa. Esto significa que al estimularse tales receptores, se estimulan también esas zonas del cerebro que nos hacen querer repetir una conducta (comer una deliciosa barra chocolate) una y otra vez. El resultado de esa estimulación es la liberación de dopamina, la llamada “droga de la felicidad”, que brinda bienestar y que los seres humanos buscan obtener periódicamente.
El uso de drogas estimulantes potencia la producción de esta sustancia. “La dopamina se dispara 300 por ciento cuando se consume cocaína, mientras que al tener relaciones sexuales, aumenta sólo 200 por ciento”, afirmó la doctora Mónica Méndez, investigadora de la Facultad de Medicina, en su conferencia “Sistemas de recompensa”.
Las estructuras cerebrales involucradas, explicó, son la corteza prefrontal, el área ventral tegmental y el núcleo accumbens. Estos dos últimos se activan con los canabinoides. Así, explicó Méndez, el sistema de endocanabinoides es un sistema endógeno que se ve “usurpado” por la cannabis (concretamente, el THC) que entra al cuerpo.
Uno de los endocanabinoides, es decir, las sustancias que ya existen en el cuerpo humano, es la anandamida, la cual presenta una concentración de THC de 0.42 pmol/ml, mientras que un cigarro de mariguana aporta 318 pmol/ml de TCH.
El sistema endocanabinoide se empezó a estudiar en 1992, pero fue hasta 2004 que se hicieron experimentos en ratas, en los cuales se verificó que estaban dispuestas a repetir ciertas conductas con tal de obtener más dosis de THC.
Los problemas del inicio temprano
Muchos de los daños severos que se han documentado sobre el uso de mariguana se ubican en personas que empezaron a consumir antes de los 17 años de edad. Cabe recordar que, en México, según la Encuesta Nacional de Adicciones de 2008, más de la mitad de quienes la usaban (55 por ciento) comenzaron antes de esa edad.
De acuerdo con Alejandra Ruiz, doctora en psicología que dictó la conferencia “Efectos de la mariguana en la cognición”, hay estudios que muestran que los hombres y mujeres que empezaron a consumir antes de los 17 años presentan menor talla y peso que quienes empezaron después de esa edad. La diferencia es más marcada entre los hombres. También se han hallado diferencias en el volumen de materia gris en el cerebro, con un 2 por ciento menos en quienes consumen desde temprana edad.
La especialista también habló de un estudio que, aunque no establece una relación de causa-efecto, sí relaciona un menor volumen de la corteza órbito-frontal del cerebro con una menor edad de inicio de consumo de mariguana (entre 12 y 17 años).
Existe otro estudio que siguió a un grupo de mil personas desde su nacimiento y hasta los 38 años (se publicó en 2012), y encontró que el coeficiente intelectual o IQ decreció hasta 6 puntos en aquellos que consumieron cannabis de forma persistente. Para esta medición se hicieron pruebas de IQ a los 13 años y luego a los 38. La pérdida en el coeficiente fue mayor en quienes más cantidad y con más frecuencia consumían la cannabis. Las personas que presentaron pérdidas más graves, dice el documento, fueron aquellas que empezaron más temprano su consumo.
Un estudio más, esta vez retrospectivo, encontró que mientras más ocasiones consumía mariguana una persona, obtenía títulos profesionales con menor frecuencia.
En todo caso, apuntó la doctora Ruiz, diferentes estudios muestran que, derivados del consumo, puede haber cambios en el cerebro, pero no en la conducta, o viceversa.
Según citó el doctor Óscar Prospéro, investigador de la Facultad de Medicina, en un estudio hecho en personas de 20 a 21 años de edad que empezaron a fumar a los 16 se observó que a mayor consumo, menor tamaño del núcleo accumbens y de la amígdala, estructuras cerebrales que están relacionadas con la regulación de las emociones.
“Lo que parecen mostrar los estudios”, dijo el experto, “es que consumir mariguana antes de los 30 años modifica el cerebro, aparentemente para mal”.
La mota, ¿provoca adicción?
Una de las ideas que se tienen sobre la mariguana es que, por ser “natural”, no causa adicción. Pensar esto es “riesgoso”, sostiene la doctora Ruiz, pues sobre la sustancia “hay mucho que no sabemos”, y hay otras cosas que sí.
El THC es una sustancia liposoluble, por lo que atraviesa fácilmente las membranas celulares. Esto permite también que, aunque salga masivamente del cerebro unas horas después de consumir mariguana, se acumule en el tejido adiposo, donde puede quedarse entre tres y cuatro semanas, explicó el doctor Prospéro. “El síndrome de abstinencia se ve enmascarado por este proceso”, pues la persona puede pasar ese lapso sin consumir y no sentir la necesidad de hacerlo.
Según el Manual de diagnóstico de trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, la pérdida de control en el consumo de una sustancia se considera “dependencia”, y consiste en tres o más de estos síntomas en un periodo de 12 meses: tolerancia a la sustancia (necesidad de consumir mayor cantidad para conseguir el mismo efecto); síndrome de abstinencia (malestares físicos y psicológicos intensos cuando se deja la sustancia); se consume mayor cantidad o por más tiempo del que se pretendía; deseo infructuoso de controlar el consumo; se destina mucho tiempo a obtener la sustancia, a consumirla o a recuperarse de su efecto; abandono de actividades sociales, laborales o académicas; continuar el consumo de la sustancia a pesar de estar consciente de que trae efectos físicos o psicológicos nocivos (tos persistente, por ejemplo).
Vale decir que los conferencistas presentes en el evento, celebrado en marzo pasado, reconocieron que no todos los usuarios de mariguana (así como de otras drogas) se convierten en adictos. No obstante, hicieron énfasis en que el cuadro de dependencia sí se puede presentar en consumidores de mariguana.
Un factor relevante en el potencial psicoactivo de la mariguana, que podría afectar a los más jóvenes en cuanto a efectos en el cerebro y nivel de dependencia, es la concentración de THC que tiene la cannabis actualmente. “La mariguana usada en los años sesenta y setenta tenía de dos a tres por ciento de THC en un cigarro”, mencionó Alejandra Ruiz. “Las mariguanas actuales tienen de 6 a 20 por ciento, o sea, de 10 a 15 mg de THC en un solo cigarro”. Por eso, completó Prospéro, no hay que hablar de “la mariguana”, sino de “las mariguanas”, pues actualmente se pueden encontrar variantes sin semillas que contienen hasta 40 por ciento de THC.
¿Y si ya no la controlas?
En caso de que una persona considere que su consumo de mariguana es problemático, puede acudir a servicios públicos de salud como los Centros de Integración Juvenil (que son puntos de primer contacto) o al Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente”, donde la Clínica de Adicciones ofrece tratamiento. Ahí trabaja el doctor Ricardo Nanni, quien mencionó las posibles duplas que presentaría una persona con problemas de dependencia. Podría existir primero una enfermedad psicológica (depresión, ansiedad, psicosis) y que la dependencia a una sustancia se presentara después; podría la persona ser dependiente primero y, derivado de eso, generarse un problema psicológico, o bien podrían presentarse la dependencia y la psicopatología simultáneamente.
Por esto, enfatizó, el enfoque del tratamiento debe ser dual, es decir, diagnosticar cualquier psicopatología y tratarla a la par que se trata la adicción. Acerca de esto y de la posible legalización del uso recreativo de la mariguana en México, Nanni consideró que el Sector Salud no tiene la capacidad suficiente para atender a todos los casos de dependencia que potencialmente aparecerían al darse esta liberación. Esto dado que, por ejemplo, los datos recabados a raíz de la legalización en Colorado, Estados Unidos, mostraron que la percepción del riesgo de consumir cannabis disminuyó entre los menores de edad.
En caso de ser necesario, el enfoque terapéutico para tratar una adicción debe ser, según el médico psiquiatra, de amplio abordaje para abarcar aspectos de la vida más allá del consumo, debe evolucionar a la par del individuo, debe incluir grupos de psicoterapia, la persona debe permanecer un tiempo en tratamiento (seis meses, al menos) debe verificarse constantemente que la persona no ha vuelto a consumir, y también es necesario considerar que la recuperación y rehabilitación pueden ser necesarias en más de una ocasión.





