Columna Rutinas y quimeras

Cuando la monja me revisó la tarea por el día de la Raza hizo una mueca de desagrado y me la devolvió con desprecio al tiempo que me decía, “ese escrito de Colón sobre el descubrimiento de América está mal hecho, muy mal escrito, se ve que no tienes idea de cómo se debe redactar, tu no sirves para escribir”. Entonces tenía yo 11 años y cursaba el quinto año de primaria en un colegio religioso.

Cierto es que el texto no era bueno, pero tenía una particularidad, había tomado como personaje principal a la Reina Isabel la Católica y cómo ella había juntado los recursos para patrocinar el viaje del navegante genovés. Creo no vio con agrado mi historia de género, pero ese no es el punto, si no lo que su comentario sobre la redacción desató en mí.

En casa era muy común leer periódicos y a mí me gustaba hojearlos, recortar y guardar algunas noticias o caricaturas, nunca supe para qué, pero eso me ganó en mis hermanos una serie de apodos, escribía a escondidas pero nunca le decía a nadie porque recordaba los dichos de la monja. 

Un día escuché como Gonzalo mi hermano le explicaba a mi papá qué hacía un licenciado en ciencias de la comunicación “es como estudiar periodismo” le dijo. Fue entonces cuando supe que era lo que quería ser de grande.

Casi al término de la secundaria, cuando los maestros empiezan a preguntarles a los alumnos que quieren estudiar, yo solía contestar con soberbia pero sobre todo con mucha irresponsabilidad “Quiero estudiar periodismo, porque quiero ser escritora”. 

Cuando cursaba el bachillerato le ayudaba a mi maestro de Taller de lectura y redacción, Joel Castillo egresado de la UAT a elabora un boletín estudiantil que se llamaba “El Calmecac”, me enseñó a redactar con el único método eficiente que conozco hasta ahora: escribir, corregir, escribir, borrar, volver a escribir, volver a corregir.

Siendo ya alumna de la licenciatura en Relaciones Públicas mi querido maestro Alejandro Govea me preguntó que si no quería trabajar en un periódico, le dije que sí pero que “la redactada” me fallaba, entonces se ofreció a enseñarme, así todos los días iba temprano a su oficina y redactaba dos notas, cuando él llegaba, las revisaba, me hacía observaciones y yo volvía a escribirlas. Nuevamente con el método escribir, corregir, escribir, borrar, volver a escribir, volver a corregir.

En corto tiempo empecé a colaborar en La Revista de la Universidad Autónoma de Tamaulipas y ahí descubrí que lo que más disfrutaba era el periodismo cultural, el texto reposado, sin las prisas de la inmediatez diaria que desecha lo escrito del día anterior. 

Después vinieron otras experiencias; el semanario Tierra Libre, que hice con mi hermano Carlos en Ciudad del Maíz, donde prácticamente escribía la mayor parte de las notas informativas y El Laberinto, un periódico cultural que publicamos un grupo de amigos, la mayoría artistas e intelectuales jóvenes de Tamaulipas.

Siguieron las publicaciones en libros, ya fuera como textos introductorios o capítulos, hasta que un día los Reyes Magos me hicieron un regalo, enviaron a mi compañero maestro Arcadio García para decirme que la UAT quería publicarme el libro de La revuelta del Valle del Maíz, para entonces ya esta columna tenía más de 10 años publicándose primero en Últimas Noticias, después en otros sitios. 

Se dice que “es periodista el que publica periódicamente”, sin embargo, yo no me considero como tal, a pesar de escribir esta columna desde hace más de 15 años, siento aún respeto por el oficio.

Me pasa la mismo con el de escritora y pienso en ello ahora que sale a luz mi segundo libro “Victoria de mis entrañas” publicado por Cultura Tam en su colección literaria del 2020.

Ambrocio suele contar una anécdota que era muy común en la redacción de los periódicos “Cuando algún reportero llegaba diciendo que iba a escribir, sus compañeros se reían y decían ¿escribir? ¿escribir tú? escribe Gabriel García Márquez, escribe Vargas Llosa, nosotros solo llenamos cuartillas”.

Por eso creo que escribir no es una elección, es inherente a nuestras vidas, a las vidas de quienes tenemos necesidad de decir, de contar, de luchar contra el olvido, no es una pose, no es un título, es una razón para vivir y cualquier circunstancia lo detona para marcarnos el resto de nuestras vidas. 

Y allá, en otro nivel, están los escritores y periodistas que se confunden con la farándula, la política y las grandes editoriales.

E-mail: claragsaenz@gmail.com

Para luchar contra el olvido