Columna Rutinas y quimeras

El despertar de la vida en el mundo, el nuevo comienzo, el inicio de una nueva etapa, la fertilidad, la abundancia, eso y muchas otras cosas significa la primavera, la estación del año más esperada, festejada, bienvenida; porque anuncia siempre el término de una época de guardarse y en la antigüedad, guardar suficientes provisiones para resistir las difíciles condiciones climatológicas del invierno en el hemisferio Norte de la Tierra.

Los judíos fijan una de sus mayores fiestas en la primera luna llena de primavera, donde se festeja la Pascua y la cristiandad en consecuencia ha conmemorado por siglos en esa misma fecha la pasión, muerte y resurrección de Cristo. 

Durante la Edad Media en que la vida europea se organizaba desde la perspectiva religiosa, se propagaron una serie de tradiciones de las cuales hoy en día se conservan algunas como el recogimiento, la penitencia, el sacrificio, el arrepentimiento en los creyentes; aunado a otras que se pierden en la memoria como los huevos de pascua que se regalan el domingo de resurrección en Europa y Norteamérica, como símbolo de abundancia, de fertilidad, de vida y alegría.

En México, aunque no tenemos esa tradición, con el sincretismo entre indígenas y españoles, heredamos las más penitentes, después se fueron incorporando otras hasta llegar a un momento donde las manifestaciones religiosas, abiertas y públicas, son al mismo tiempo motivo de acompañamiento religioso para muchos de los que asisten a presenciarlos y atractivo turístico para otros, como La procesión del silencio en San Luis Potosí, el Viacrucis en Iztapalapa, La procesión de los flagelantes en Taxco, etc.

Así, en el mundo actual tan secular, donde para muchos Dios ha muerto en la perspectiva del nihilismo, la primera luna llena de primavera, donde por tradición judeocristiana hay asueto por la Pascua o bien por la Semana Santa que le antecede; el recogimiento, sacrificio y penitencia se reduce a una práctica religiosa muy puntual entre la feligresía y el resto del mundo dedica esos días a salir de vacaciones, al goce de pasear, de viajar, o como dicen muchos chilangos que abarrotan las playas de Acapulco “porque ya es una tradición familiar”. 

En un lugar tan pluricultural como México, podemos ver aún muy claramente los dos polos, por un lado quienes continúan con las prácticas del recogimiento, sacrificio y asistencia a los actos religiosos como el Jueves Santo donde se bendicen los panes, el vienes al viacrucis y el sábado por la noche a la Vigilia Pascual y la bendición del fuego nuevo. Mientras que por la otra, están los que abarrotan las playas, los balnearios, las albercas, viajan a cualquier destino turístico en el ritual tradicional de salir y divertirse en Semana Santa.

Al final, ambos grupos, terminan con sus prácticas dando la bienvenida a la primera luna llena de primavera, como desde la antigüedad y la Edad Media se hacía para renovar el espíritu, al igual que se renueva la Tierra para reverdecer en la estación de año que pone fin a la larga temporada de frío, donde el sol es muy escaso y pasear es complicado.

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La tradición de renovarse