La cultura en odres viejos
Clara García Sáenz

Se volvió a dar el triste espectáculo de la comunidad artística, que se presenta en cada campaña a la gubernatura del estado de Tamaulipas. Dos grupos claramente identificados, los oficialistas, artistas y rancios funcionarios pasados de moda, los que siempre han ocupado puestos y se han servido con la cuchara grande del presupuesto; ubicados en el “lado correcto de la historia” haciendo foros a hurtadillas para que sus enemigos no se enteraran.

Por otro lado, los que siempre están resentidos, junto con los que se asumen “críticos,” “independientes”, los que se inventan títulos artísticos por el solo hecho de haber cursado un diplomado, asistido a un taller, ganado una beca, los que se asumen artistas, promotores o gestores, sin conocer siquiera las definiciones exactas de estos términos, también ahí aparecen los que coquetearon con el poder estatal y luego, sin frutos, fueron a buscar recursos municipales siempre sacando raja para sus proyectos personales porque son “independientes”.

Ahí estuvieron ambos bandos aventándose lodo toda la campaña, los primeros desde el privilegio, actuaban como si no vieran ni oyeran, pero con el hacha de guerra en la mano; los segundos, en la desesperación de quedarse fuera del presupuesto, reclamaban ser los legítimos dueños de la cultura en Tamaulipas, porque siempre han estado ahí, aunque nunca hayan podido superar sus propias miserias.

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Pues bien, entre todo este curioso pleito, donde los candidatos a la gubernatura ni se ocuparon del tema, surgió un peculiar manifiesto que me recordó aquel pasaje del evangelio donde Jesús dice: “Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres y entonces el vino se tira y los odres se echan a perder. El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos y así se conservan el vino y los odres”. 

Leí con interés las propuestas y no resisten el más mínimo análisis; es más de lo mismo o lo mismo de siempre al navegar en la nostalgia de recuperar programas artísticos ya agotados, que no responden a las nuevas circunstancias y no resuelven problemas a profundidad. Dicho manifiesto se puede resumir en tres puntos muy evidentes, de miras cortas y limitadas: becas, apoyos y promoción de los artistas. Piden que los financien, los promocionen, los aseguren, es decir, las propuestas están centradas en los artistas no en la comunidad, no en la formación de públicos, no en la democracia cultural, sino en ellos, los artistas.

Una propuesta dice: “Que las personas que ocupen los puestos administrativos en la cultura estatal, sean de probada calidad moral y que presenten trabajo reconocido en sus respectivas áreas de experiencia, así como una trayectoria de fondo como promotores culturales, eliminando así los riesgos de cacicazgos y amiguismos”.

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Y me pregunto si entre estos dos grupos hay alguien así, porque solo se ven  odres viejos frente al vino nuevo que debe derramar la política cultural del próximo sexenio. Dice el presidente Andrés Manuel López Obrador que en su gobierno no hay cargos sino encargos y que no son necesarios especialistas, sino verdaderos servidores públicos incorruptibles. Así que la nueva administración estatal debe elegir a alguien que, sin ser artista o promotor cultural, sea políticamente correcto para construir el nuevo discurso de la cultura y las artes.

Ningún puesto me parece tan peleado cada sexenio que el de cultura, donde la expectativa se levanta antes del nombramiento y cae hasta el abismo cuando se conoce el nombre. Durando pocos meses el romance de los artistas con los nuevos funcionarios, después regresan los viejos pleitos, las ambiciones, las demandas de los que no están siendo beneficiados y la sordera de los que están en el poder. Una historia que se repite cada cambio de gobierno donde las antesalas de gente con currículos, propuestas artísticas y solicitudes de empleo convierten las oficinas de cultura en una especie de beneficencia pública. Olvidando que es un organismo para atender las carencias de la sociedad y que esta ejerza su derecho a la cultura y no una agencia para la promoción de los artistas, que primero se pelean por los puestos administrativos y después por los presupuestos. 

Recuerdo que en una ocasión le preguntaron a Mario Ruiz Pachuca quién sería el encargado de cultura durante el sexenio de Eugenio Hernández Flores, riéndose contestó: “el mismo que está, fue lo más fácil porque todos querían ser”. Vale la pena reflexionar que tanta ambición hay en cada uno de los que aspiran a ser nombrados en estos puestos, porque en ocasiones se ha llegado al límite que los gobiernos han decidido que la mejor política cultural es no hacer política cultural con un gremio que, sin compromiso ideológico, salta de partido en partido para ocupar los puestos o tener una beca.

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