Columna Rutinas y quimeras

Según la Encuesta Nacional sobre Hábitos y Consumo Cultural 2020 que la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM realizó con el fin de obtener información útil para la toma de decisiones de instituciones, agentes culturales, creadoras y creadores, a partir del impacto que la pandemia del Covid-19 señala que: A partir de marzo del año pasado, los mexicanos optaron por dedicar su tiempo libre a consultar redes sociales (principalmente WhatsApp y Facebook), ver películas o series y tomar cursos o talleres en línea.

Estas dos redes sociales, que aparentemente llaman al ocio y al chisme, quitan el tiempo, distraen a la gente, envenenan almas, enjuician a cualquiera si lo pillan infraganti si medir consecuencias, capaces de mover al mundo para ayudar o lanzar a la efímera fama a un ciudadano común, parecen haberse convertido en el mayor y más importante soporte de comunicación y convivencia en los días de pandemia.

Una noble labor han cumplido como apoyo social, más allá de todo lo que se les pueda satanizar, porque nos han mantenido comunicados. El mundo trasladó su vida social a estas redes para seguir viendo a sus amigos, platicar con ellos, ver lo que están haciendo las personas de su entorno, no perder contacto con sus compañeros de trabajo, sus conocidos o familiares lejanos, celebrar los días festivos, recordar los momentos felices,  compartir recuerdos, enviar saludos, mostrar sus platillas favoritos, sus lecturas, sus gustos musicales, las series de televisión que están viendo, discutir por la política, reírse de los memes, dar condolencias, pedir apoyo espiritual o material para algún enfermo y nunca falta alguno que otro despistado que presume andar de paseo o en una fiesta.

La vida entonces, y de pronto, se trasladó al Facebook y al WhatsApp, dejando de ser espacios de frivolidades para convertirse en los más importantes enlaces de nuestras relaciones sociales. Explorando gustos y hobbies, nos hemos agregado a infinidad de grupos en Face, donde conocemos gente de todas partes del mundo afines a nuestros gustos y con quienes podemos intercambiar conocimientos sin tener que establecer ningún otro tipo de contacto.

Yo me sumé a varios grupos de huertos caseros y urbanos, de gallinas ponedoras, pajaritos australianos, elaboración de composta y reciclaje. Mi hermana a los de tejido, mi hermano a los de fotografía y la lista se hace interminable cuando me entero de que cada uno de mis amigos de Facebook tiene sus propios intereses y se integra a comunidades globales donde aprende, intercambia conocimientos, convive y comenta. Y de pronto, en el mundo virtual descubrimos personas que están en otras regiones, muy lejos de nosotros pero que comparten gustos, nos enseñan o nos preguntan y empezamos a valorar la vida de otras latitudes, sus costumbres, sus culturas, sus paisajes, sus climas. 

Así, mientras la pandemia nos ha encerrado, la virtualidad nos ha abierto las puertas del mundo. 

E-mail: claragsaenz@gmail.com

El nuevo mundo