EL NUEVO ÉXODO LATINO

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SEGUNDA PARTE

* Entre la xenofobia y coyotes

* Cristian Ascencio Ojeda, Tamara Miranda Varela, Dánae Rivadeneyra, Edilma Prada Céspedes

El principal destino al norte de Chile es Antofagasta, una ciudad construida a punta de migraciones. Enclavada en el desierto, sus calles huelen a la arena del vasto desierto que la rodea, y al mar de la costa por donde los puertos mineros exportan el material de una de las mayores reservas de cobre del mundo.

Curiosamente, hace siglo y medio los migrantes en este lugar eran los chilenos, cuando era territorio boliviano. Después de la Guerra del Pacífico ya quedaron jugando de locales, pero igual recibiendo por temporadas olas de migración de europeos como griegos y croatas. Pero nunca antes se había vivido lo de ahora.

Según cifras oficiales, en menos de una década a esta ciudad han llegado más de 10.000 colombianos, pero los cálculos extraoficiales dan cuenta de 15.000, casi el cinco por ciento de la población antofagastina. La colonia colombiana, a diferencia de las otras que han llegado, se ha hecho notar por su espíritu emprendedor y su don de gentes, algo que valoran mucho, por ejemplo los puestos reservados para servicio al cliente.

Pero al mismo tiempo, el ambiente alegre que desborda los estándares del recatado Chile, junto a hechos de violencia e inseguridad que se atribuyen a esta migración, ha empezado a generar diferencias con los locales.

Un hecho que quedó grabado en la memoria, y marcó las tensiones que ha traído el éxodo de colombianos, se produjo en octubre de 2013. Luego del empate 3 a 3 entre las selecciones de Chile y Colombia durante las eliminatorias al Mundial de Fútbol, los hinchas de ambos equipos se enfrentaron a palo y piedra en las calles de Antofagasta. Un hecho inédito en la tranquila ciudad.

Dos semanas después, un pequeño grupo de antofagastinos buscó realizar una marcha anti inmigrante colombiano. Una convocatoria que no sólo expresaba la molestia por lo sucedido, sino que también estaba marcada de un fuerte tufillo xenófobo y racista.

El plantón no tuvo mayor quórum, pero las proclamas vitoreadas por los pocos asistentes en contra de los colombianos se colaron entre los titulares de varios medios del país: “Queremos que se vayan los negros delincuentes, las prostitutas, que se vayan los colombianos que no aportan”; “Una colombiana me quitó a mi marido”, registró por ejemplo una reportera de El Mercurio de Antofagasta.

Uno de los argumentos frecuentes de la inconformidad con los colombianos, es la supuesta relación de muchos migrantes con estructuras de crimen organizado y de narcotraficantes. A pesar que las cifras oficiales de la Defensoría Penal Pública chilena muestran que el 96 por ciento de los delitos en la región de Antofagasta son cometidos por nacionales, un sector importante de la población sigue culpando a los recién llegados de una “mayor sensación de inseguridad”.  Este imaginario colectivo se refuerza cada vez que detienen a alguién de esa nacionalidad por delitos relacionados con drogas.

Mientras los colombianos en tierras chilenas se las tienen que ver con los prejuicios, muchos otros quedan atascados en Tacna, Perú. No hay lugar en la frontera que sea más emblemático de su odisea que una pequeña plaza a las afueras de la terminal terrestre de transporte, a la que se refieren como el “Muro de los Lamentos”.  Allí, todos los días, se encuentra el puñado de colombianos que son rechazados luego de intentar ingresar a Chile por el puesto aduanero de Chacalluta.

En el ‘Muro’, cualquier día de la semana, deambulan personajes como James Murillo, un colombiano negro, alto y fornido,  proveniente de Buenaventura, quien al momento de la visita de los reporteros de este especial llevaba tres días sin poder ingresar a Chile. A James lo sacaron amenazado del puerto de Buenaventura; a su familia le quitaron sus bienes, y a su compañera, quien lo espera en Chile, le asesinaron un familiar en Cali.

James tenía una carta de desplazado emitida por el gobierno colombiano, pero llevaba tres días durmiendo en el suelo, sin un centavo en el bolsillo, temeroso de que los agentes chilenos le negaran la entrada y lo alejaran aún más de su familia. Un drama que es común encontrar en esta ciudad fronteriza de Perú.

Según las autoridades de Migraciones, cada día, un mínimo de 15 colombianos intenta cruzar legalmente la frontera con Chile sin éxito. Sólo en este punto de control en Chacalluta, en lo corrido del año hasta septiembre, 2.365 colombianos fueron devueltos.

No se trata de casos aislados: el año pasado, según la Policía de Investigaciones de Chile (PDI), los funcionarios aduaneros les negaron la entrada al país a 12.655 extranjeros; de ellos, casi la mitad, 5.688, son colombianos.

Tan común se ha vuelto esta práctica, que en las fronteras con Bolivia y Perú el término “rebote” se utiliza con frecuencia para referirse a todos aquellos que, por la falta de un papel, una apostilla o el criterio del funcionario de turno, terminan quedándose atascados en medio de su viaje, sin nada en el bolsillo.

Varias organizaciones de la sociedad civil chilena han hecho seguimientos de estos casos, entre ellos el Instituto Nacional de Derechos Humanos  (INDH). Su directora, Lorena Fries, asegura que en los puestos fronterizos de Chile “hay situaciones de xenofobia que se presentan por parte de algunos agentes del Estado”.

Durante una visita que el INDH realizó a Colchane en 2013, migrantes denunciaron que “personal de la Policía de Investigaciones de Chile les lanzaron los pasaportes y los insultaron con epítetos racistas”, agrega Fries.

Viendo sus posibilidades de ingreso reducidas por la frontera peruana, los colombianos rebotados prueban suerte a través de Pisiga, Bolivia, solo para encontrarse, de nuevo, con el rechazo de la discrecionalidad de los agentes de aduana amparados en las regulaciones migratorias vigentes.

Así, lo que debía ser un viaje en bus directo desde Colombia hasta Chile, termina interrumpiéndose de repente, sin que medie mayor advertencia. Desamparados, los colombianos no tienen a dónde más que acudir que a hogares de tránsito como el de las Hermanas de la Caridad, fundado hace tres años en la localidad altiplánica de Pisiga.

Según Sor Margarita Oyarzo, la religiosa chilena que actualmente administra la casa, entre enero y septiembre de este año, unas 800 personas pasaron por el hogar; el 100 por ciento provenía de Colombia. “En mi casa tengo el apartheid”, dijo a la misión del INDH que visitó el hogar una de las religiosas que estaba en 2013. Muchos aseguran que los devolvieron por un papel; otros, por su nacionalidad. “Nuestro trabajo es acogerlos, darles orientación. Les decimos que regresen a su país si son rebotados, pues eso es mejor a que pasen irregulares, que pasar así les va a traer problemas en Chile. Pero muchos dicen que quedaron sin dinero en el camino y no pueden regresar a su país, y prefieren irse por la vía irregular”.

Numerosos testimonios recogidos en Tacna y en Pisiga dan cuenta del surgimiento de redes de coyotaje y trata de blancas alrededor de la población rebotada. A las afueras de las terminales de transporte, adonde llegan luego de ser rechazados en la aduana,  los migrantes son abordados por personas que aseguran el paso por el desierto a cambio de una suma que oscila entre 60 y 300 dólares.

Los coyotes o “jaladores” también ofrecen documentos falsos con la garantía del ingreso. Sin embargo, como cuenta un joven colombiano que se hace llamar Jesús, “a uno le piden 300 dólares, uno les cree y les paga y luego lo rebotan en la frontera. Uno se lo vuelve a cruzar, pero el coyote ya no lleva la plata encima. Uno no puede hacer nada”.

Muchos, sin embargo, emprenden el camino ilegal, y parten en caravanas clandestinas por el desierto, corriendo el riesgo de ser encontrados por los carabineros o, mucho peor, caer víctima de una mina antipersonal, sembrada décadas atrás, durante los conflictos territoriales que han vivido estos países.

Las mujeres, en particular, parecieran encontrar una alternativa adicional. Así lo sugiere en Tacna el padre Emilio, del Servicio Jesuita al Migrante, quien también administra un albergue para rebotados. El sacerdote ha detectado que la mayoría de los rechazados, son hombres. “Eso solo nos dice cuán efectivas son las redes de prostitución”. Las mujeres suelen pasar con mayor facilidad, probablemente por cuenta de las buenas gestiones de redes a servicio de prostíbulos y bares conocidos como chupódromos. En estos últimos las extranjeras sirven de acompañantes para incentivar el consumo de alcohol de los clientes. La lógica es sencilla: por cada botella de cerveza que beba el cliente, la mujer recibe una comisión. Para cualquier colombiana que se decida a trabajar en estos lugares, encontrar el nexo es más que fácil, basta con ir al “Muro de los Lamentos” y pedir el contacto. Todos se conocen pero nadie ve nada.

La creciente migración colombiana en Chile ha provocado un intenso debate nacional en torno a las políticas actuales de migración, fundamentadas en la Ley de Extranjería de 1975 que, para muchos, contiene una visión caduca de los procesos migratorios arraigada en la concepción de la seguridad nacional de la Guerra Fría.

Las pocas reformas que se han sugerido para la Ley siguen recibiendo críticas de organizaciones como Ciudadano Global. Su directora, Marcela Correa, asegura que los cambios que se pretendían efectuar en el gobierno anterior eran solo “en términos económicos y no sociales… El migrante es visto como mano de obra y no como una persona”.

Este parece ser el gran dilema de la sociedad chilena hoy: ¿cómo se debe relacionar el país con los migrantes?  Una encuesta presentada en agosto en Antofagasta revela la complejidad de la discusión entre la opinión pública: mientras que el 50,1 por ciento de los antofagastinos no está de acuerdo con la inmigración, paradójicamente el 59,4 por ciento reconoció que los migrantes aportan al crecimiento y al desarrollo de Chile.

No obstante, más allá del debate interno, el problema resulta ausente en los múltiples discursos de integración de los presidentes de Chile, Perú, Colombia y México que lideran la Alianza del Pacífico. No es un tema menor. Estas restricciones, agravadas por la creciente segregación por origen o color de piel, pueden dar al traste con iniciativas que en lo macro pueden ser esperanzadoras. Atender con especial interés estos problemas, e involucrarlos desde ahora como prioridad en la agenda de la integración, ayudará para que los cambios que lleguen el día de mañana, realmente se traduzcan en oportunidades precisamente para quienes más lo necesitan.

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