
El piso de Cristóbal Colón apunta hacia el Suroeste. Desde su terraza se ve el Palacio Real, la Catedral de la Almudena y los jardines de Casa de Campo que son su horizonte. En su salón están los blasones familiares, un dibujo de su genealogía de más de 500 años… Sobre un atril destaca la reproducción de la ‘Carta de Colón anunciando el descubrimiento del Nuevo Mundo’ (Editorial Taberna Libraria), la edición conmemorativa de un escrito que este año cumple 525 años.
«Es el documento más importante de la historia de la Humanidad», suelta sin titubear. Al lado, una escultura de metal del almirante cuyo dedo apunta a su heredero. Se presenta así, con voz pausada y grave: «Soy Cristóbal Colón de Carvajal, duque de Veragua y almirante de las Indias. Soy el vigésimo descendiente del almirante». Tiene manos finas y dedos gruesos, como algunos retratos del hombre que partió de Puerto de Palos buscando las Indias. Luce cabello entrecano, posee modales de colegio católico y lenguaje de enciclopedia del siglo XIX. Éste será un viaje en el tiempo. Es Cristóbal Colón por Cristóbal Colón. Colón respondiendo sobre las acusaciones contra Colón.
La lista del resto de títulos nobiliarios de este Grande de España muestra el poder de antaño de su saga… Es el XVII marqués de Jamaica, el XIX marqués de Aguilafuente, el XX almirante y adelantado de las Indias… Casi nada. Mientras el fotógrafo y el realizador de vídeo recorren su salón lleno de recuerdos colombinos, reparamos en una bandera de España que podría estar en cualquier embajada. Sale en defensa de su alcurnia, de su antepasado más ilustre, en unos días donde el mundo ha visto como en la urbe fundada como «pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula», hoy sencillamente Los Ángeles (EEUU), se derribaba la estatua de Colón.
«Sus actos contribuyeron al mayor genocidio jamás registrado», espetó el concejal Mitch O’Farrell. En La Paz (Bolivia), vándalos han manchado de negro el monumento en su honor y han colocado frases como: «Colón fascista», «genocida»…
Mensaje a O’Farrell
El vigésimo descendiente no está dispuesto a dejar pasar la afrenta, ni que la palabra más repetida de Norte a Sur sobre el legendario marino genovés se lance sin una respuesta. Mira a la cámara, frunce el ceño y dice sereno: «Colón nunca fue un genocida. Ni su ética lo hubiera permitido… ni hay prueba histórica que lo sostenga».
Lanza un mensaje al edil norteamericano que ha hecho suya la campaña contra Christopher Columbus, como le denominan en los EEUU de Trump: «A O’Farrell le haría sólo una pregunta, ¿quién exterminó a los indios de Norteamérica? Mi antepasado no lo hizo. No pisó el territorio». Desde su perspectiva, solo desde la ignorancia se puede sostener algo así. El duelo comienza así.
Hay escritos clave para entender estas diatribas contra Colón. Bartolomé de las Casas llega a decir que se pasaron de unos tres millones de indios -en La Española, hoy República Dominicana y Haití-, a su exterminio casi total, a dejar una población de decenas de miles para cuando Colón muere, en 1506, solo 14 años después de que Rodrigo de Triana gritara «¡Tierra!, ¡Tierra!».





