Columna Volutas

330

Ángel Guerrero Uribe
Texto con problemas de identidad

DD de M de AAAA

Ciudad Victoria, Tamaulipas
Estimada C.
Ahora que lo pienso, es muy extraña esta correspondencia que intento. Me gustan las cartas, ya lo sabes, sin embargo siento que es… bueno, no sé cómo calificarlo. Es algo que intenta ser pero no termina siendo aquello ni lo otro. Lo digo porque el correo actual se ha convertido en electrónico. Entonces, si quiero escribirte una carta, ¿por qué no uso el sistema que vino a reformar el servicio? Digo, porque hasta se manda a una dirección, electrónica, claro, pero dirección al fin y al cabo. Sea como sea, hagamos de cuenta que esto es una carta y tú la recibes y cumple la función de carta y es un detalle, ¿vale?
Siendo sincero no tengo nada que decirte. O al menos eso parece. Creo que se debe a eso que llaman “la hoja en blanco”. Uno tiene ganas de sentarse a escribir y cuando se está frente a lo que sea en lo que se vaya a redactar, se piensa que no hay nada que decir y a veces uno se lo cree, se larga a otro lado a hacer otra cosa y pasa de largo. No vengo a venderte una reflexión reveladora. Pero sí te digo que me gusta escribir lo que estoy pensando, –que es eso mismo lo que no me deja escribir–. En fin, el caso es que así al menos ya no es una hoja en blanco. No es que sea lo más literario del mundo, ni siquiera algo tan expresivo, pero al menos estoy moviendo los dedos y agilizando neuronas para seguir redactando. Eso ya es ganancia.
No sé si tú me lo hayas dicho, aunque sospecho que es probable que pudiera ser así; la cosa es que hay personas que siempre me dicen que hablo mucho. «Oye que das muchas vueltas», «dices puro rollo», «no te andes con preámbulos», y demás cosas. Quizá tú me dijiste en una ocasión cualquiera de esas frases o alguna otra, pero la verdad es que así reflexiono y así se me da construir las ideas.
¿Sabes qué vino a mi mente? Me imaginé todo esto siendo reproducido mediante una contestadora de teléfono fijo. (Y creo que aquí es justo hacer un paréntesis porque nunca me tocó usar la contestadora, si a ti te tocó házmelo saber y cuéntame tu experiencia, me encantaría saberla). Creo que en México la cultura de la contestadora no fue muy, o no es, porque ya con esto de los smartphones te mando un mensaje por todos lados hasta que me contestes diciendo: Disculpá, che (sí, porque era un argentino viviendo en el México del siglo XXI), me quedé sin crédito para llamar y hasta ahora… Pero siguiendo con la aventura mental: subes a tu habitación y al lado del gato nipón, tienes un teléfono. Por alguna razón llevas una pequeña taza blanca de té que es sostenida con parsimonia entre tus manos morenas y tus uñas sin esmalte que me encantan tanto…
Reproduces los mensajes almacenados. Salta la voz de B. dictando un breve mensaje de lo que sea que se te antoje que diga B. en ese momento, y tus sorbitos al té y tus labios finos humedecidos y los aprietas, los saboreas… Todo tan sobrio, tan elegante, todo tan de ti.
Te sientas en la cama y salta el otro mensaje, mi mensaje. Suena mi voz y me gustaría que una sonrisa sutil apareciera en tu rostro acaso dibujada por las gotitas brillantes del té en tus labios, y entonces, aprietes ligeramente los dedos contra la taza como si quisieras estar apretándolos contra mi espalda y el té humeante te recordara mi pecho. Lo escuchas todo; se va sucediendo y parece un deja vu. Yo escribo las últimas palabras de este texto, y de pronto, ya no tu cuarto ni tu cama, sino Buenos Aires y vino en lugar de té.
—Disculpá por hacerte esperar… ¿Está bueno el vino?, el otro día probé… Ya va, ya va, dejá de mirarme así, en un momento ordeno.