Columna Rutinas y Quimeras

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Rutinas y quimeras

En defensa de los hombres

Crecí en una familia típica de los años 70 en México, padre masón, madre católica y muy extensa, siendo la más chica crecí conviviendo con dos hermanos varones de dos y tres años mayores que yo.

Mi padre que era fotógrafo y vidriero, nos enseñó a tomar fotografías para que aprendiéramos el oficio y ayudáramos a la economía familiar. Pero aprender el oficio de la fotografía implicaba muchas otras tareas, como saber arreglar cortos eléctricos, hacer marcos para fotos, cortar vidrios, entre otras habilidades.

Ahí, con mi padre, conocí la equidad de género, pero entonces no sabía cómo se llamaba; mis hermanos me incluían en sus juegos de carritos y guerritas pero el conflicto surgía cuando sus amigos iban a casa y yo quedaba excluida de los juegos porque era mal visto “que una niña jugara con los niños” según mi madre.

Recuerdo que dos veces algún niño intentó meterse a mi escondite cuando jugábamos a las escondidas todos los del barrio y que las dos veces salieron golpeados por mí y corriendo a buscar otro lugar más seguro.

Ya en la universidad, compartí casa con mis dos hermanos de la infancia. Gonzalo, tenía la costumbre de hacer el almuerzo los sábados por la mañana mientras yo seguía durmiendo.

Ya siendo profesionista muchos años viví sola, y los únicos miedos reales que sentí como mujer en peligro fue cuando una compañera secretaria me robó las llaves de mi casa y mando a los lavacoches a que investigaran donde vivía, les dio las llaves para que me pegaran un susto; ellos, siendo más solidarios me contaron todo.

El otro susto me lo pegó un amigo artista que siempre pregonaba ser feminista y defensor de la equidad de género; una madrugada llegó a mi casa y me rogó que lo dejara pasar para hacerme compañía en la cama.

He tenido amigos muchas veces más solidarios que mis amigas mujeres, alumnos admirables, compañeros de trabajo sensibles, desconocidos que me han tendido la mano cuando he pasado algún apuro en la calle, que me han abierto una puerta, echando aguas cuando reverseo y un esposo maravilloso, respetuoso de mis opiniones y cuidadoso de las formas.

De ahí en fuera, los besos robados y otras formas de seducción, donde no me pidieron permiso, fueron placenteros en esa línea de la canción de Joaquín Sabina, que todas las mujeres que hemos conocido el amor entendemos “hay mujeres que dicen que sí, cuando dicen que no”.

Por eso me moveré el 9 de marzo, porque no podría dejar a mis alumnos hombres sentados esperándome en la universidad para escucharme, a mi marido sin un plato de sopa caliente y a tantos hombres que en el día a día colaboran para que mi vida sea más fácil y feliz.

E-mail: claragsaenz@gmail.com