Columna Rutinas y quimeras

Hemos cruzado el océano empujados por una tormenta que aún no cesa pero, según el cálculo de los expertos, pronto pisaremos tierra firme como hombres y mujeres renovados, por eso, nuestra esperanza permanece; esta tormenta nos ha demostrado que no necesitamos tantos accesorios para vivir, que tenemos capacidades más allá de las que habíamos desarrollado en el maremágnum de las prisas cotidianas.

Pienso en esta metáfora porque, en muchos momentos, somos como aquellos que surcaban los mares hace 500 y no sabían, no comprendían lo que pasaba a su llegada a nuevas tierras. Muchos regresaban a “los patrios lares” como dijera Sor Juana, sin comprender lo sucedido, otros se quedaban pero repetían sus vicios a sabiendas de que ya no eran ni serían nunca los mismos, otros abrazaban la experiencia y se reinventaban en nuevos paradigmas.

Sí, al final de esta pandemia nos espera la tierra prometida, el nuevo mundo, después de haber visto el espanto, el dolor, la muerte. Sin embargo, debemos saber que no todos los que logren pisar tierra firme estarán dispuestos a abrir sus horizontes con esperanza a que todo sea mejor o diferente, porque la comodidad de ser quienes éramos nos mueve más a la nostalgia que a la oportunidad de empezar a comprender el mundo con otra mirada. El problema ahora es que hemos normalizado la muerte y la enfermedad en medio de la tormenta, empezamos a creer que podemos seguir nuestras vidas viendo caer al de al lado e irresponsablemente decimos “de todos modos vamos a morir”. Estamos normalizando el sufrimiento, la plaga, la muerte.

Y la gente se vuelca sin ningún pudor a los centros comerciales haciendo largas y absurdas filas para entrar, se reúne en fiestas con actitudes prepotentes ante cualquier reclamo, se junta cual manada en estadios, playas o centros nocturnos; ignora la sana distancia, se molesta por el uso del cubre boca, se ufana de haber ido aquí y allá sin que se haya contagiado, exhibe fotos en sus redes sociales haciendo todo lo prohibido, ostentando una especie de poderoso privilegio, cual intocables que van en otro barco y no se percatan del peligro de la tormenta.

Pero también están quienes han aprendido la solidaridad, el servicio, la paciencia, donde podemos depositar las esperanzas, como muchos jóvenes que en un acto de amor se volcaron a registrar a sus papás y abuelos para ser vacunados en México, sabedores de que sus mayores no le entienden a la tecnología. Quienes siendo adultos mayores han aprendido el uso de plataformas y aprovechan la enseñanza en línea para asistir a cursos, congresos, simposios y muchas actividades académicas que antes eran presenciales. Quienes nunca habían hecho una videollamada, grabado un video, enviado un mensaje, impartido clases en línea y ahora son casi expertos. 

Estamos llegando al final de la tormenta, pronto volveremos a pisar tierra firme, tal vez no mejores, pero sí diferentes.   

E-mail: claragsaenz@gmail.com

Al final de la tormenta