
José Ibarra Orellanes, profesor de la Universidad Central de Venezuela, licenciado en Trabajo Social y Especialista en Gerencia de Proyectos de Investigación y Desarrollo. Msc.
En G&D y Doctorante en Salud Pública, subió a su cuenta de Twitter el par de zapatos rotos con los que con orgullo se traslada día a día a dar clases, sumergido el país en una crisis que vuelve imposible pará él repararlos, pues le costaría cuatro veces su salario mensual.
Yo voy para mi quinto título universitario y no tener dinero para cambiar unas suelas o poder comprarme un par de zapatos me dio rabia”, comentó como respuesta a los cientos de personas que se han acercado a él mediante redes sociales para darle ánimo.
Ibarra reveló que “el sueldo de un profesor universitario en el mes de junio fue de 0.89 centavos de dólar. Mientras que una familia pobre en Amércia Latina es definida como aquella que sobrevive con 2 diarios. Los colegas mexicanos ganan 59 la hora”.
Tras subir un tuit con la siguiente frase, detonó un fernómeno de solidaridad digno de verse:
No me da pena decirlo: con estos zapatos me traslado a la #UCV a dar clase. Mi sueldo como profesor universitario no me alcanza para pagar el cambio de suela pues sale en 20 millones”.
No me da pena decirlo: con estos zapatos me traslado a la #UCV a dar clase. Mi sueldo como profesor universitario no me alcanza para pagar el cambio de suela pues sale en 20 millones pic.twitter.com/jZP5rDxYVV
— José Ibarra💎 (@Ibarraorellanes) June 29, 2018
Licenciado en trabajo social, con una maestría y estudiante de doctorado en salud pública, gana 5,9 millones de bolívares (1,7 dólares a la tasa del mercado negro) que no alcanzan ni para un kilo de carne por una hiperinflación que, según el FMI, llegaría este año a 1.000.000%.
Reparar los zapatos le costaba 20 millones de bolívares, algo fuera de su alcance y ejemplo de las distorsiones de la colapsada economía venezolana.
Movimiento ‘Zapatos de la dignidad’
Desde que publicó el tuit, Ibarra ha recibido donaciones de calzado -nuevo y usado-, ropa, dinero y cientos de mensajes de apoyo que lo llevaron a crear el movimiento “Zapatos de la dignidad”, para ayudar a otros colegas, según contó a AFP.
“El tuit fue una explosión de frustración. Pensé que como no me sigue mucha gente, nadie lo iba a ver, pero ya he recibido doce pares de zapatos, de los cuales doné nueve, ropa y dinero. Creé el movimiento porque sigo recibiendo donaciones”, relató el profesor, que se quedó con dos pares de zapatos usados y unos deportivos nuevos.
De paso, ganó unos 2.900 seguidores en la red social.

Ibarra piensa entregar parte del dinero recibido “a los profesores más necesitados para que compren comida”. Varios “se han desmayado porque no comen bien”, se lamenta.
Algunos de sus colegas de universidades públicas mantienen un paro intermitente desde hace casi un mes, exigiendo mejoras salariales.
El caso de Ibarra ha tenido repercusión incluso fuera de Venezuela, con ofertas de donaciones desde Argentina, Colombia y España.
Desde el país vecino, una mujer le escribió en Twitter: “Tenemos en Colombia una zapatería, arreglamos y fabricamos. ¿Cómo podemos enviar?”.
Otro usuario le pide que “no se ofenda”, pero que le gustaría enviarle unos zapatos usados. Él responde con agradecimiento.
En Venezuela no alcanza para comprar artículos personales
Los zapatos de Ibarra estaban rotos de tanto caminar por la falta de autobuses, cuya flota se ha reducido dramáticamente porque los repuestos escasean o resultan impagables.
“Comprar zapatos es imposible. El dinero no me rinde para comprar artículos personales, ni siquiera comida”, expresó.
Lluvia Habibi, encargado de la tienda en la que Ibarra intentó reparar sus zapatos, justifica los altos precios porque los materiales suben constantemente.
La gente lo que puede es pegar zapatos rotos, pero casi nadie puede pagar un cambio de suela, que ya está en 20 o 30 millones”, declaró Habibi a AFP.
Melancólico, el educador dice que se apoya en su familia para sobrevivir. A raíz del tuit, una amiga le mandó dinero de México para que “comiera un helado o una pizza”.
Ibarra afirma haber perdido 15 kilos de peso batallando contra la crisis, agravada por la falta de liquidez, controles a la economía, sanciones de Estados Unidos y la caída de la producción petrolera, que aporta 96% de los ingresos.
En su casa hay una vieja máquina de coser que su familia utiliza para entallar la ropa y colocarle parches. Varios han adelgazado y tampoco pueden comprar prendas nuevas.
Un estudio de las principales universidades venezolanas, incluida la UCV, asegura que la pobreza en el país escaló a 87% en 2017, lo que ha empujado a emigrar a cientos de miles en los últimos años, entre ellos muchos profesores.
Pero Ibarra quiere quedarse. Cree que “Venezuela es rescatable”.





