
El ataque de un grupo de hombres armados contra una iglesia católica en Nigeria durante la misa del domingo dejo al menos 21 muertos y 40 heridos, entre ellos niños, desatando la alarma en el país más poblado de África.
Resulta llamativo navegar por internet entre los principales periódicos del mundo y no ver entre las primeras noticias, salvo algunas excepciones, el drama de la masacre perpetrada en una iglesia católica de Nigeria durante la misa de Pentecostés.
En los medios de comunicación africanos llevamos décadas leyendo la denuncia de que el continente está fuera de la atención internacional, no solo por sus tragedias, sino quizás también y, sobre todo, por lo que hay de bello y positivo en dicha tierra. No se trata de un lamento victimista, sino de la simple constatación de una realidad: el desinterés de tantos por la humanidad de África frente a los muchos intereses, ocultos y manifiestos, por sus recursos.
Las imágenes de la matanza son terribles. Es un misterio el mal que se abate ferozmente sobre personas indefensas que rezan en un día de fiesta y que mata tantas vidas, incluso las que siguen viviendo. Hay tantos niños entre las víctimas. Llama la atención ver tanto dolor desatendido, la indiferencia, la falta de compasión, el no detenerse ante los que sufren.





