Vaginismo: más cerca de la contractura que del trauma

96
Vaginismo: más cerca de la contractura que del trauma

No son pocas las ocasiones a lo largo de la historia en que la sexualidad femenina ha sido desvirtuada. El orgasmo, el ciclo menstrual y la regla, la menopausia… Numerosos mitos giran en torno al cuerpo femenino, sus procesos naturales y sus enfermedades. Mitos que se extienden hasta hoy día y que afectan a la salud y la calidad de vida de las mujeres. Uno de tantos ejemplos es el vaginismo. Se desconoce cuántas personas lo padecen, pero es una afección que se cura fácilmente y que, sin embargo, por un mal diagnóstico, deja marcadas a mujeres de todas las edades y circunstancias.

El vaginismo es una contractura involuntaria y permanente de las paredes vaginales que impide o dificulta cualquier tipo de penetración. Las mujeres afectadas no pueden realizarse revisiones ginecológicas, ponerse un tampón, practicar el coito u otro tipo de penetraciones en las relaciones sexuales. El vaginismo también puede aparecer tras el parto, en la menopausia o a raíz de cirugías. En una búsqueda rápida en Internet, se esboza una misteriosa enfermedad sin origen ni tratamiento claro, pero que apunta al miedo a los hombres, a enfermedades de transmisión sexual o a un embarazo. Las ginecólogas suelen derivar a las mujeres con vaginismo a consultas de sexología o psicología, pues se le atribuyen causas mentales, ligadas a una educación estricta, abusos infantiles, caídas o golpes fuertes, rechazo al sexo o una relación conflictiva con los padres.

Sin embargo, hay profesionales que no están de acuerdo: «He tratado a casi 400 mujeres con vaginismo y la gran mayoría no tenía ningún historial de abuso ni traumas con el sexo», sentencia Pilar Pons, fisioterapeuta y experta en suelo pélvico con 25 años de experiencia. Fue pionera en España aplicando un enfoque que no existía: tratar el vaginismo como un problema muscular. «Digamos que el vaginismo es como una fimosis, una cuestión totalmente física y sencilla de curar. Nadie busca razones psicológicas en la fimosis, ¿por qué con el vaginismo sí?». Pons insiste en que no es en absoluto un problema complejo: «Hay mujeres que están años yendo al psicólogo buscando motivos para su vaginismo y luego se lo curan en siete sesiones de fisioterapia conmigo. El componente psicológico puede estar o no estar, pero va aparte. Solo hay una manera de solucionarlo: abriendo una puerta que no se cierra en la mente, porque es una contractura».

Los libros que consultó cuando atendió los primeros casos apuntaban a un perfil psicológico determinado, pero a Pons no le cuadraba, pues sus pacientes tienen perfiles muy variados: jóvenes que desean practicar el coito con su novio o ampliar prácticas sexuales con su novia, mujeres en la treintena que quieren quedarse embarazadas, mujeres con menopausia, mujeres sin pareja o jubiladas que sienten que tienen que zanjar este asunto de una vez.

En la primera revisión ginecológica debería detectarse. Fue el caso de Raquel: «Con 18 años fui a la ginecóloga. Nunca había conseguido ponerme tampones, pero no le di importancia. Ella no pudo revisarme, ni tan siquiera introducir el espéculo. Me dijo que tenía vaginismo y que fuera a un sexólogo». La propia ginecóloga no sabía qué más decirle. «Yo tenía la etiqueta, pero no sabía qué hacer con ella. Me sentía perdida y lo que hice fue ir dejándolo pasar». Marta tampoco encontró una respuesta adecuada en la consulta médica: «En mi primera visita a la ginecóloga, ella me dijo: ‘tú tienes que relajarte, tienes que pensar que, por ejemplo, una violación es mejor relajada que nerviosa’. Era la primera vez que le contaba este problema a alguien que no era mi pareja».

Ningún profesional les supo dar una solución. Ambas lo describen con la misma expresión: «Te sientes un bicho raro, no conoces a nadie más con eso». No obstante, tuvieron vivencias muy diferentes del vaginismo. Marta asegura que no le supuso un gran problema para tener relaciones sexuales: «Simplemente explicaba que nada de penetración. Algún hombre se quedó desconcertado, pero normalmente no tuve problemas». Por su parte, Raquel cargaba con una gran culpa: «Sentía que no estaba a la altura, que estando con un chico no podía darle lo que debía. Empecé a ser fría con los hombres, me negaba a tener novio y rechazaba todo lo que tuviera que ver con el sexo». Como ella, muchas mujeres sienten culpa y vergüenza por tener vaginismo, principalmente las heterosexuales por la importancia cultural que se le da al coito como la práctica estrella en el sexo.

Tanto Marta como Raquel llegaron a la terapia física por casualidad. El tratamiento consiste en ir abriendo la entrada vaginal, primero con masajes manuales y luego con dilatadores y ejercicios en casa. Pero también es necesario un acompañamiento emocional, señala Pons: «Hay mujeres que llegan con miedo a que les haga daño, han pasado por muchos intentos frustrados de curación y están desanimadas. Algunas se niegan incluso a abrir las piernas para que las explore. Hay que establecer una confianza de mujer a mujer antes de empezar la fisioterapia».

El proceso de rehabilitación es rápido, en pocas sesiones dependiendo de la frecuencia con que la paciente haga los ejercicios en casa. Pero también es duro, sobre todo cuando comprueban que algo con lo que llevan años lidiando tiene una solución tan sencilla. «A muchas pacientes, sobre todo más mayores, se les viene el mundo encima. Me preguntan por qué no pudieron ser madres, por qué no pudieron vivir una sexualidad plena». Otras se decepcionan por las altas expectativas puestas en el coito y lo poco placentero que les resultó. «Tras curarme y empezar a practicar la penetración, empecé a tener menos orgasmos», comenta con una sonrisa irónica Marta. «Antes hacía de todo menos penetración, eso me permitió conocer muy bien mi cuerpo y lo que me gustaba, sin centrarme en el coito. Ahora he tenido que sentarme con mi novio y decirle que yo no llego al orgasmo así y mi placer cuenta igual que el suyo».

En este sentido, Pons señala que la terapia va más allá, a muchas mujeres les abre una nueva dimensión: «Hacer rehabilitación aporta muchas cosas. Para algunas es la primera vez que se exploran, se miran, se masturban. Es abrirse a la sexualidad». Marta corrobora que puede ser un proceso empoderador: «Vamos, porque lo he conseguido solucionar ahora con 25 años. Si hubiera tardado diez años más, habría sido frustrante. Ha sido empoderador en total, antes porque yo conocía muy bien mi cuerpo y tenía seguridad en mí misma. Pero sobre todo ha servido al final, para reivindicar mi placer. No es algo que me entristezca haber tenido porque la solución vino pronto». No es así en el caso de Raquel, que ahora está haciendo psicoterapia para tratar los problemas en torno al sexo y la culpa que le produjo no haber encontrado un tratamiento para el vaginismo desde el principio.

La rehabilitación también rompe con el mito de que a partir de cierta edad, se acabó la sexualidad. Pons destaca la importancia de mantener una vagina sana: «Las mujeres mayores, sin pareja, tienen que mantenerla ocupada: utilizarla, comprarse un buen masajeador interno porque eso mantiene la vagina abierta, la masajea y la sentirá confortable. Eso abre una puerta enorme a la autoexploración en personas mayores. También para no tener sensaciones raras ni escapes y poder hacerse revisiones ginecológicas. Yo les digo: tenla sana para tu príncipe o tu princesa, si lo hay, pero también para ti».

Además de su trabajo como terapeuta, Pons se dedica a divulgar su enfoque sobre el vaginismo y a romper el silencio que existe sobre esta dolencia. Colabora con la Asociación para normalizar el vaginismo (ANVAG) y a principios de abril publicó su libro El silencio pélvico, con el que trata de concienciar y llegar a profesionales, afectadas y también a la sociedad general. Asegura que estamos en un punto de inflexión y que cada vez más profesionales reconocen que el tratamiento físico es el único eficaz. Ella aspira a que se hable con normalidad entre madres e hijas, que las mujeres con vaginismo sepan a quién se tienen que dirigir para curarlo.

A sus pacientes, cuando completan la terapia, siempre les da una tarea antes de despedirse de ellas para que colaboren en romper ese silencio: «Tienes una misión: contárselo a una persona, una tan solo».

Marta y Raquel son nombres ficticios a petición de las entrevistadas, que pidieron permanecer en el anonimato.

POR PIKARA MAGAZINE