Tengo una cita con mi juguete sexual

¡¡¡Ahhh!!! Esta entrega de Dilema de Diosas requiere de una visita, no al baúl de los recuerdos, sino a mi cajón de la ropa interior. Ahí, muy en el fondo, es donde guardo mi primer juguete sexual. El cual ya solo conservo en recuerdo de aquellos maravillosos orgasmos y de la aventura que fue conseguirlo.

“Y si me deja la vagina adolorida…”

Vamos hacer honestas queridas Diosas. Alguna, al comprar su primer juguete sexual, ¿sabía qué iba a sentir con él?. En el caso de un vibrador o un dildo, ¿qué tamaño era el más ideal?, o, ¿qué estimulador sería capaz de despertar esas ocho mil terminaciones nerviosas que integran ese increíble órgano llamado clítoris?

Yo la verdad no tenía ni idea. Había leído algo del tema en uno que otro libro o revista. Datos que solo excitaban mi curiosidad, pero no la satisfacían. Además, a los 24 años (creo recordar), las sexspho online todavía no eran negocio y bueno, ni internet tenía en mi casa.

Sin embargo, en ese despertar erótico conté con la hermana de una amiga. Quien además de decirme que las relaciones románticas no eran ese cuento de amor, sexo y felicidad de las noveles rosas (revelación que ignoré y creo que lo sigo haciendo). Me inició en el mundo de los juguetes sexuales. ¡La dulcería del deseo!

Todos esos “caramelos” se me presentaron a través de un catálogo. Sí, igualito al que nos ofrecen para comprar tupper o maquillaje. Solo que en vez de un lápiz labial había vibradores, lubricantes, esposas, plugs anales, bolas chinas… La mayoría sin explicación, solo el precio, lo que hacía difícil la elección.

A simple vista todo me parecía viable, aunque no sabía con certeza a qué orificio de mi anatomía iban dirigidos. De lo que estaba segura es que yo quería probar, descubrir…

Retomar ese juego lúdico de la sexualidad que permite a la mujer la autoexploración y el autoerotismo para poder ser dueña de su propio placer”, como dice la sexóloga Educadora, Karimme Reyes Aguilar.

Mi mejor amigo en esas noches calientes

En medio de un café americano y un pastel de zarzamora le comente a mi amiga: “no sé cuál elegir y si me lastimo con él o no me gusta”.

Hasta el día de ahora, considero que me dio la mejor recomendación: “si no pruebas, jamás lo sabrás”. Claro, ella ya había utilizado un par de productos y me sugirió el que ella consideró el mejor para mi. ¡No se equivocó! Fue un vibrador en forma de pene, que simula la textura de la carne humana, con tres velocidades y con una punta que gira (delicioso).

Tardó una semana en llegar, pero cuando lo tuve me puse tan contenta que se lo mostré a mi mamá y le sugerí que podía encargarle uno. No sé animó. Quizá en próximas entregas te contaré de ella, es una mujer muy abierta y respeta mucho mi pensar. ¡Y tiene 63 años!

Lo probé esa misma noche, pero antes lo lavé con cuidado con un poco de agua y jabón neutro. Esperé que toda la casa se durmiera, para que nadie me interrumpiera en esa cita tan anhelada con mi primer juguete. Empecé a pensar en esas cosas que hacen que mi entrepierna se humedezca e introducí el vibrador por mi vagina y le di click a la primera velocidad. ¡OMG!

Toqué las estrellas durante “Mil y una noche”, hasta que las cuatro pilas se terminaron. Pensé en comprar otro paquete de baterías, pero ya no lo hice. El tiempo transcurrió y otros modelos y formas de consumo llegaron a mi poder; por ejemplo, mi clítoris descubrió Mambo. Un succionador de clítoris sensitivo y súper silencioso. Lo más seductor es que tiene 12 niveles, ¡yomi!

Sin embargo, mi primer juguete sexual tiene un espacio especial en mis recuerdos, porque me permitió conocer más mi cuerpo y mi placer. ¿Tú tienes un “amiguito inanimado” especial? o, ¿ algún tema o historia que desees sea parte del próximo número Dilemas de Diosas? Si es así, escribe a diana.oliva@imagendigital.com. Este espacio es para ti, no lo olvides.

POR SALUD180