
A una semana de las inundaciones que afectaron a esta ciudad, los habitantes de este sector, conocido como La Quebradora, usan cubetas y palas para despejar las calles, mientras los restos de muebles, colchones y electrodomésticos se acumulan afuera de las casas.
En un recorrido por la zona se constató la ausencia de brigadas gubernamentales. No hay maquinaria pesada, pipas de agua ni camiones recolectores de escombro.
Los soldados, marinos y elementos de la Guardia Nacional concentran sus operaciones sobre el bulevar Ruiz Cortines, la arteria más visible de Poza Rica, y en colonias como Lázaro Cárdenas e Independencia.
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En zonas afectadas, jóvenes voluntarios trasladan víveres en camionetas particulares y vecinos improvisan comedores comunitarios para alimentar a quienes perdieron todo.
“Estamos vivas, pero seguimos en el lodo”.
Ocho días después, Leticia y sus vecinos siguen excavando entre el fango.
“Los de atrás contrataron una retroexcavadora, pero se le ponchó la llanta. Los del municipio no han venido. Ya limpiaron su manzana, pero mi frente sigue imposible. Es trabajo de titanes, y aquí seguimos, entre el lodo y el silencio”.
Muestra otra fotografía tomada a media mañana: un río de lodo frente a su puerta, la calle convertida en un corredor gris.
“Esto es hoy, la subí hace dos horas. Aún no pasa el rescate ni el camión del municipio. Las máquinas que están limpiando son pagadas por los propios vecinos. Es desesperante”.
Su casa está marcada con la línea marrón del nivel que alcanzó el agua: a la mitad de la puerta.
“Eso fue a las siete de la mañana. Dicen que el muro aguantó, pero lo que no aguantó fue la negligencia”.
Entre los habitantes hay consenso en que la tragedia era evitable.
“Esto no fue natural”, dice don Adrián Cruz, encargado de una marisquería en Palma Sola.
“Fue una mezcla de abandono, falta de dragado y desorden urbano. Desde mayo el río ya no se secó, nadie limpió el lirio ni el lodo.
Cuando cayó la tormenta, el cauce estaba colapsado.
Todo lo que antes eran islas y árboles desapareció, el río se los llevó”.
También critican la construcción irregular de viviendas en las riberas.
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“En la parte llamada La Quebradora viven familias desde hace más de 30 años, a ras del río. Les han dicho que se reubiquen, pero no hay terreno ni apoyos. Y cuando se los dan, regresan. Es un ciclo sin fin”.
La sensación general es que Poza Rica no aprendió del 99.
“Me sorprende que la gente siga tan escéptica. En el 99 ya pasó, y ahora otra vez. Después de esto, tendría que haber un plan como el que se hizo tras el sismo del 85, cuando por fin se crearon alertas sísmicas. Aquí deberíamos tener una alerta de inundaciones, un protocolo real. Pero el Gobierno sigue improvisando”.
El ambiente en la ciudad es de enojo y cansancio.
“Hay un repartidero de culpas”, dice Judith, quien auxilia a su madre en la Colonia Lázaro Cárdenas.
Ahí cerca, en la Colonia Floresta, los vecinos armaron una protesta ante la inacción de las autoridades para sacar escombros.
Al Alcalde Fernando “El Pulpo” Remes lo mencionan con sarcasmo.
“Le llueve el agua y le llueven las críticas; no ha salido ni de su escondite”, resume Alfonso Gómez.
“El muro se quedó corto, las obras pluviales son antiguas y el río cambia cada año. No hay ingeniería que aguante si no se le da mantenimiento”, acusa el vecino de Gaviotas.
A una semana de la crecida del Cazones, la ciudad sigue atrapada entre montañas de lodo, basura y escombros.
Aquí una idea que se repite de boca en boca: no hay estrategia.
Los testimonios recabados en colonias como Floresta, Gaviotas, Lázaro Cárdenas, Morelos y Palma Sola describen un territorio donde la reacción sustituyó a la prevención, la logística se improvisó y la ayuda llegó sin orden ni prioridades claras.
“No hay estrategia, no hay dinero, no hay apoyo”, resume Julita García, una vecina de Floresta.
“El censo está muy bien, pero en este momento la gente lo que necesita es limpiar su casa para hacerla habitable y volver a generar. Las calles no están en condiciones y, aún así, quieren que la gente esté en su casa para censarla.
“Primero limpien calles y viviendas, y luego hagan el censo”, agrega.
Las calles son intransitables, existen mudanzas improvisadas sobre lodazales y brigadas vecinales que intentan abrir paso con retroexcavadoras rentadas.
“Es trabajo de titanes”, reitera doña Leticia Arciga, de Floresta.
“Los de atrás de la calle contrataron una retroexcavadora, pero se le ponchó la llanta. Ya limpiaron su manzana, pero mi frente sigue imposible. Cada quien ve lo suyo; lo entiendo, pero no hay quien coordine”, reclama.
“Hay despensas que no se pueden comer y colchones sin dónde poner. Los vecinos agradecen la solidaridad, pero piden racionalidad logística. No quieran estar dando colchones. ¿Dónde los van a poner? Las despensas se agradecen, pero traen hasta aceite. Aquí estamos entre lodo, malos olores y moscas. Se necesita comida rápida y accesible, agua segura, cloro, cubrebocas, botas, palas. Eso es lo urgente. Un guiso caliente no lo puedes comer así, a la intemperie, con todo agarrando olor, no hay ni gas para usar el aceite”, acusa.
Mientras el lodo se seca, crece la economía de la emergencia.
“Una hora de retroexcavadora costaba 600 pesos; ahora cobran mil pesos la hora”, relata don Marcos Cabrera, un vecino de Morelos.
“Y si se poncha, la primera va por cuenta del operador; las siguientes, por cuenta de los vecinos. Ya están lucrando”.
Agustín, un operador de una máquina, luce agotado.
“Necesito todos los días 60 litros de diesel, y las llantas se ponchan dos veces al día, y estoy solo ¿ cómo opero?”, expresa.
La división operativa en “cinco áreas” existe, confirman testigos, pero es percibida como dispareja.
El Ejército, la Marina, el Gobierno del estado y el Ayuntamiento se dividieron el apoyo a las colonias bajo el lodo.
“Hoy quisimos entrar por ropa; no se puede. Seguimos naufragando en casa ajena”, admite Leticia.
“La familia apoya y comparte, pero el gobierno no aparece”, puntualiza.
Por Grupo Reforma





