
Pensemos con calma, San valentín no habla del amor. Habla de acuerdos que preferimos no cuestionar.
Decidi regresar a escribir despues de varios borradores inconclusos año pasado. No porque las puertas estuvieran cerradas —siempre han estado abiertas— en realidad, necesitaba una reestructura. No del espacio, sino de mí. Volver implicaba hacerlo desde quien soy hoy, no desde quien fui cuando empecé a ser columnista.
Y hacerlo en estas fechas no es casualidad.
San Valentín ha sido para mí, y para muchos, una fecha difícil de reconciliar. No por el amor, sino por todo lo que se le ha cargado encima. El marketing y el consumo han convertido estos días en algo pesado para muchos. Ojo: no estoy en contra de celebrar la amistad ni el amor. No estoy en contra de los regalos, los encuentros o los gestos. Lo que sí cuestiono es la creencia de que un solo día puede darnos permiso —o redención— por todo lo que no hemos construido los otros 364.
Tal vez por eso, en medio de estas fechas, me encontré con una película que llevaba tiempo circulando y que apenas este año me permití ver: Materialists, protagonizada por Dakota Johnson, Pedro Pascal y Chris Evans, dirigida por Celine Song. No la menciono como una recomendación ligera, sino porque vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda:
¿por qué seguimos apostando por vínculos intensos, pero no por vínculos tranquilos?
En terapia, una de las razones más frecuentes por las que las personas llegan a consulta es la idealización. Y no hablo solo del amor de pareja. Hablo de la idealización de lo que creemos que debería ser una relación, una persona, un trabajo, incluso un país. Duele aceptar que la realidad rara vez coincide con la fantasía, pero ese dolor también despierta.
Elegimos a las personas no solo por lo que dicen o prometen, sino por el contexto emocional que nuestro cerebro reconoce. Aunque nuestra boca diga una cosa, muchas veces el inconsciente no cree que merece estar en calma o en paz. El cerebro no piensa en romanticismo; piensa en supervivencia. Se engancha a lo familiar, incluso cuando lo familiar es caótico. Y esto no se limita a los vínculos afectivos: todo está conectado.
Por ejemplo: Hace años muchos apostaron por una transformación que al inicio brillaba como promesa recién estrenada. Con el tiempo empezamos a notar que ese acuerdo —político, social y quizá también emocional— no era lo que nos habían vendido. Y hoy, como suele pasar después de una relación abusiva, hay quienes están despertando tarde… pero despertando. Buscando lo nuevo que les devuelva el minimo de tranquilidad en medio de una crisis politico-social que ya no toca la puerta: irrumpe y nos atropella en cualquier rincon de la casa.
Mientras tanto, buscamos pequeñas dosis de dopamina que nos distraigan: fechas, espectáculos, eventos masivos, San Valentín, el Super Bowl, el consumo constante. No estoy en contra de nada de eso. Al contrario, sigo muchas de las conversaciones que hoy marcan tendencia. La Fórmula 1, por ejemplo, con la entrada confirmada de Cadillac en la temporada 2026 y el regreso de Checo Pérez como piloto oficial, incluso ya con pruebas en pista. Hay ahí otra conversación sobre identidad, poder y pertenencia que merece su propio espacio. Y sí, también eso es cultura.
Pero tocando el punto central de incertidumbre, iniciando febrero, por ejemplo, se vieron noticias sobre despidos masivos en Reynosa, una de las metrópolis industriales más relevantes de la frontera. Muchas personas se quedaron sin empleo, sin sustento, en medio de una relación cada vez más tensa con el país vecino. Y entonces la pregunta aparece, incómoda pero necesaria:
¿qué tanto tiene que ver San Valentín con la realidad social y política que hoy nos atraviesa?
Vivimos en una sociedad cansada, saturada de estímulos, de consumos, de algoritmos que nos escuchan una vez y nos persiguen semanas. Y aun así seguimos creyendo que una foto instagrameable, un regalo o un reel oportuno pueden tapar vacíos mucho más profundos.
No juzgo la forma en que cada quien muestra su vida, no soy nadie para juzgar. Cada quien la muestra como puede, como quiere, como sabe. Pero sí creo que vale la pena preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y por qué elegimos a quien elegimos. Aunque no tengamos la respuesta, solo abrir la pregunta ya es un movimiento.
A veces, en nombre del amor romántico, nos olvidamos de la amistad, de la familia, de los vínculos que también duelen cuando se pierden, de nuestro compromiso social y politico con el pais. Nos olvidamos de construir paz. Y el mundo ya es demasiado caótico como para traer más caos a los vínculos que más apreciamos.
Si en este San Valentín sientes que tus relaciones cercanas te están desbordando, es válido pedir ayuda. Es válido pedir un descanso. Es válido tomar distancia. Es válido pensar sin reloj.
Pensar sin reloj no es huir. Es darte tiempo. Tal vez salir por la noche, voltear al cielo, sentir el aire, ver las estrellas. Dejar de medir todo en productividad, entradas, salidas y pendientes. El reloj organiza la vida práctica, pero hay momentos en los que hay que dejarlo a un lado para escuchar dónde estás y hacia dónde vas. Hacia donde diriges tus pasos o cual sera tu proximo movimiento.
Ya estamos en febrero. Nuestra mente ya no escribe 2025 por inercia; empieza a asumir el 2026. Han pasado suficientes días del año para entender que no existe un borrón y cuenta nueva automático. El mundo ya se movió, las noticias se acumulan, las preguntas también.
Tal vez San Valentín no necesita más flores —aunque las flores siempre serán un gesto de belleza y pausa—. Tal vez necesita más preguntas, hechas desde el lugar en el que estamos.
¿Quiénes somos como personas, como ciudadanos, como país, como empresarios?
¿En quiénes nos estamos convirtiendo?
Y hay una pregunta que siempre dejo sobre la mesa:
¿tú estarías con alguien como tú?
¿tú serías amigo o amiga de alguien como tú?
¿tú seguirías a alguien que fuera como tú lo eres?
Si la respuesta incomoda o el silencio aparece, ahí hay trabajo por hacer.
Esta columna es solo el regreso. Vendrán textos más políticos, más sociales, más incómodos. Vendrán también relatos, símbolos y quizás historias de honor y fragilidad, como las que nos recuerdan que proteger al débil también es una forma de amor. Como en A Knight of the Seven Kingdoms, el spin-off de Game of Thrones, donde el verdadero honor no se demuestra con poder, sino con la capacidad de cuidar a quienes no pueden defenderse.
Por ahora, aquí lo dejamos.
Se despide de ustedes una norteña que hoy decidió pensar con calma en medio del caos cotidiano.
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Nos leemos pronto.





