Qué hacer cuando las necesidades de la pareja chocan con nuestras convicciones
Buenos días, espero a través de este mensaje me pueda responder a una serie de dudas que tengo respecto a mi relación. Siento que estoy en un punto de inflexión importante debido a la idea de tener hijos. Yo no tengo claro que los quiera y mi pareja está convencida que los quiere tener. Esto nos pone en una situación límite. Aún tenemos margen de decisión, tanto ella como yo tenemos 30 y pocos años. El problema reside en mi duda de hasta qué punto sería bueno renunciar a mi vida de ahora, que es la que me gusta, por la que ella necesita. Supongo que no me puede resolver esta situación, pero quizás una pequeña orientación me iría bien porque aún no me he atrevido a hablarlo con nadie. 
 Muchas gracias por leerme.

Las relaciones de pareja cada vez son más complejas, pero al mismo tiempo más libres que nunca. Tras muchos años realizando consultas terapéuticas a parejas he constatado que cada vez hay más opciones a la hora de elegir qué tipo de relación de pareja queremos establecer, pero eso no significa que resulte más fácil. Más bien todo lo contrario.

Ceder es cosa de dos

A más libertad… más compleja es la vida de pareja

Que haya más libertad implica que también es más difícil que ambos miembros de la pareja sigan el mismo camino. Todo es más complejo, y por tanto entra en juego la capacidad y la generosidad de cada uno para ceder en algunos aspectos, adaptarse a las necesidades o voluntades del otro y encontrar puntos comunes.

Las cesiones son una parte intrínseca de la vida en pareja. Cuando se comparte algo no hay otra opción que ser flexible. Lo importante es que sintamos que estas concesiones vienen de ambas partes y no sólo de uno de los miembros de la pareja. Y por supuesto, todo tiene un límite: no hay que ceder hasta el punto de dejar de ser uno mismo o generar un malestar profundo en tus convicciones o pensamientos.

El concepto de la adaptación en pareja va muy vinculado al concepto de equidad. Es decir, si sentimos que estamos en equilibrio con la pareja, que hay una distribución equitativa de las cosas, que ambos se apoyan y se cuidan y ceden por igual, la adaptación será relativamente sencilla y muy fluida. La dificultad aparece cuando esta sensación de igualdad no existe y siempre es uno quien se adapta o cede a las necesidades del otro.

Por supuesto, todo lo que estoy comentando hasta ahora se refiere a pequeños actos de la vida cotidiana o ciertos aspectos en los que es posible una adaptación y una flexibilidad. Pero, ante temas que son vitales, decisiones que generan un antes y un después en nuestras vidas, es importante reflexionar profundamente sobre qué queremos y qué no queremos.

Casi todo es reversible

Los proyectos en común tienen que ser consensuados

En este aspecto, es preciso establecer dos bloques muy diferenciados: aquellos temas que, aunque puedan suponer un cambio radical en nuestras vidas, se pueden reenfocar o incluso deshacer en un futuro; y todas aquellas cosas que, además de significar un cambio drástico en nuestra trayectoria vital, son para siempre y no tienen vuelta atrás.

Cuando una determinación tomada en común es reversible siempre nos podemos arriesgar. Por ejemplo, es factible plantearse un cambio de residencia con la pareja que suponga marcharse de una gran ciudad a un núcleo mucho más pequeño, o viceversa. Esto puede suponer muchas dudas, conflictos o situaciones de estrés. Pero siempre se puede hacer la prueba y rectificar si no sale como habíamos planeado.

En el caso de las relaciones de pareja, una de las situaciones de adaptación con la que me encuentro cada vez más a menudo y que puede ser reversible es el planteamiento de una relación abierta. Normalmente es uno de los miembros quien lo desea y lo expone, mientras que el otro quizás tiene dudas o ve pros y contras en dar ese paso, aunque tampoco se ve en la tesitura de dejar la relación a causa del planteamiento que se le ofrece. En este caso se puede intentar, hacer pasos pequeños, después más firmes e ir valorando cómo cada uno se va sintiendo en las nuevas circunstancias.

En cambio, hay otras situaciones vitales, como el hecho de ser padres, que no pueden partir en ningún caso de una idea de renuncia o de adaptación. Es posible que exista algún bloqueo a nivel psicológico o algún otro factor que esté condicionando la decisión. Pero si la decisión parte de unas convicciones firmes, hay que ser honesto y comunicar sin remilgos lo que sientes a la pareja, aunque ello conlleve una separación. No se puede “jugar” con decisiones de gran trascendencia.

Para toda la vida

Algunas decisiones no tienen marcha atrás

¿Qué suele ocurrir si cedemos en la determinación de tener hijos sólo para hacer feliz a la pareja y en contra de nuestra voluntad? Pues que en un momento u otro aparecerá el arrepentimiento. Y seguramente se echará en cara a la pareja esa renuncia, o en su defecto se pedirá una infinidad de cosas a cambio de ese “favor”. Y nada de eso llegará a compensar. A partir de ahí la relación ya estaría condenada al fracaso porque un vínculo sano y positivo no puede partir de la renuncia a nuestros principios e ideales, ni de exigir compensaciones por decisiones conjuntas que deberían estar consensuadas.

Muchas veces asociamos el amar a alguien con cumplir y cubrir todas sus necesidades. Pero no tiene por qué ser así. La mejor forma de amar es ser sinceros, honestos y permitir que cada uno tenga la vida que se desea, aunque a veces duela. En el caso que se me expone, seguramente la pareja lo que quiere es crear una familia. Pero, ¿qué clase familia se puede construir si uno de los dos no lo desea y seguramente lo viva con desgana y resignación por el hecho de haber dejado la vida que quería?

Así pues, si se llega a este punto hay que poner las cartas sobre la mesa, buscar opciones de acoplamiento sin que ninguno de los dos tenga que afrontar renuncias vitales. Y si no se encuentra una solución aceptable para las dos partes es mejor asumir la ruptura.

POR LA VANGUARDIA