Por qué la gente con mala leche vive más y triunfa en su profesión

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POR EL CONFIDENCIAL

Si hiciésemos caso a los estereotipos de la literatura de autoayuda, bastaría con no dejar de sonreír hasta que nos agrieten los labios y la sangre manase de ellos para llegar donde nos propusiésemos. No hay más que ser felices, proactivos y afrontar todos los retos con positividad para que nos abran todas las puertas, la gente nos admire y, cuando llegue el momento, San Pedro nos acoja en el Cielo cual portero de discoteca de la gloria celestial.

¿De verdad es así? La triste realidad es que los más altos niveles de la política, las empresas y otras organizaciones están ocupadas por personas con muy mal genio, cenizas y que dispensan un trato regular hacia los demás. Esa gente a la que si le dices que les iría mejor si persiguiesen sus sueños a través de sus deseos más sinceros, a lo mejor te escupían a la cara (y con razón). Hay muchas situaciones en las que ser un borde de tomo y lomo resulta rentable, como recordaba un reciente artículo de la ‘BBC’. Otra cosa es que hagamos uso de nuestra moral y recordemos que tratar a la gente como si el mundo se fuese a acabar en media hora no está muy bien.

Entre las supuestas ventajas de tener mal carácter se encuentran ganar más (enfrentarse mejor a la organización económica), ser más creativo, vivir más tiempo (por ejemplo, sufriendo menos problemas cardíacos) o una mejor salud en tu matrimonio, al menos en sus primeras etapas. Son todo ventajas, parece. La pregunta del millón es la siguiente: ¿hay una explicación común en todos estos casos o no se trata más que de una coincidencia? Quizá no se trate tanto del humor como del considerado como pesimismo defensivo, una pragmática filosofía de vida que exime a estos gruñones de incurrir en grandes riesgos, como haría un optimista, o de hundirse en la miseria, como un pesimista a secas.

Bueno para tu corazón, malo para la amistad

Comencemos centrándonos en lo (en apariencia) exclusivamente fisiológico. ¿Viven más tiempo las personas malhumoradas? Al menos, parece ser que tienen menos posibilidades de sufrir un ataque al corazón, como aseguraba una investigación publicada en 2010 en el ‘American Journal of Cardiology’, y que aseguraba que aquellos con una “furia reprimida” tenían más papeletas de sufrir un ataque al corazón que los que no experimentaban furia… O la expresaban. En definitiva, y como recordarían nuestras abuelas, mejor fuera que dentro: uno se queda mucho más a gusto si se desahoga.

No se trata de una cuestión meramente fisiológica, como sugería otra investigación publicada en ‘Psychology and Aging’, que se centraba, ante todo, en los pesimistas. En primer lugar, la investigación señalaba que vamos viendo el futuro cada vez más negro a medida que pasa el tiempo (nada nuevo), pero también, que aquellos que eran pesimistas respecto a su porvenir –o que infraestimaban las posibilidades de estar sanos– se veían beneficiados. “Aceptar o incluso prever posibles pérdidas futuras puede servir para inmunizarse ante posibles amenazas en el futuro y por lo tanto sirve como un mecanismo de control secundario”, señalaba el estudio. Es decir, cuando piensas que todo te va a ir mal, te preparas pronto para que te vaya bien.

Razonablemente, no es lo mismo ser un pesimista que tener mal carácter, aunque parezca que ambas cosas van de la mano.

Lo que está claro es que la euforia suele ser mala consejera si lo que pretendemos es salvaguardar nuestra salud, y si no, piense lo que pasó la última vez que recibió una buena noticia y decidió descorchar el champán (e irse de copas hasta el amanecer…): como recuerda en el artículo de ‘BBC’ Gabriele Oettingen, de la Universidad de Nueva York, el optimismo suele hacer que nos relajemos y, por lo tanto, dejemos de esforzarnos en cuidarnos.

No digamos ya en los casos de sufrir un desorden bipolar, que ilustran bien lo que ocurre a mucha gente cuando su ánimo está alterado. Como explicaba un estudio publicado en ‘Current Directions in Psychological Science’, las emociones positivas que experimentan estas personas pueden terminar siendo negativas, puesto que suelen conducir a la asunción de comportamientos de riesgo, como gastar demasiado dinero en compras.