

Al final del día, los tres principales partidos de oposición alcanzaron su mayor objetivo del 2021: salir vivos del proceso electoral.
Con apoyos de sus núcleos duros y de sectores ciudadanos que castigaron en las urnas la necedad presidencial, PAN, PRI y PRD lograron mantenerse en escena como fuerzas de contención al lopezobradorismo y cerrar por ahora los caminos hacia la consolidación de un sistema de partido único.
Sobrevivir y frenar el proyecto autocrático de López Obrador no fue cosa menor. Sin embargo, la oposición no tiene mucho qué celebrar todavía y sí mucho por hacer con miras a la sucesión del 2024. Sería una locura que tras la jornada del 6 de junio echara las campanas al vuelo.
Algunos datos aconsejarían moderar el optimismo de los opositores. El partido del gobierno se mantuvo como fuerza dominante: Morena sumó 35 por ciento de los votos del 6 de junio y, junto con sus aliados —el PVEM y el PT— alcanzó el 48 por ciento de los votos frente al 43 por ciento del bloque del PAN, PRI y PRD.
En la Cámara de Diputados, la coalición de Morena y sus satélites tendrán unas 280 curules contra 220 de la oposición.
Es decir, a pesar del ruinoso manejo de la economía, de la criminal estrategia ante la pandemia, de la asfixiante inseguridad y de la tragedia del Metro, el partido del gobierno tuvo una gran aceptación en el electorado. Si bien perdió curules federales y tuvo un serio descalabro en las alcaldías de la Ciudad de México, se mantuvo como fuerza legislativa mayoritaria y ganó 11 de 15 gubernaturas. Toda una fuerza política.
No es de extrañar la alta aceptación de Morena y el proyecto de gobierno. López Obrador se ha convertido en un evangelizador que cada mañana dilapida millones de pesos, recursos oficiales y miles de horas en una estrategia propagandística digna de los estados totalitarios. Con grupos sociales acríticos y alienados como los que abundan en México la estrategia funciona.
Los mensajes simples y elementales, aderezados con frases populacheras de López Obrador han logrado hasta ahora su objetivo: crear bases de apoyo, dividir a la sociedad y vender como ciertas la quimeras políticas del advenimiento de una Cuarta Transformación política y moral. A juzgar por los resultados de las urnas, al menos un 44 por ciento de los votantes —35 por ciento de Morena; 5 del PVEM y 4 del PT— se tragan cada mañana esa píldora presidencial.
Por si eso no bastara, el mandatario reparte de manera indiscriminada miles de millones de pesos del erario en dádivas. Esa política de anclaje social ha sido altamente efectiva en términos electorales, pero no para combatir la pobreza ni para la salud presupuestaria del país. La política de reivindicar “derechos” sin establecer deberes ha sido nociva y degradante.
Hay otra causa fundamental que explica la aprobación de Morena en las urnas: la degradación de la oposición y el lastre que ha significado para el PAN, el PRI y el PRD su larguísima historia de corrupción, abusos y excesos. Sus élites están ahí, esperando el milagro de la resurrección sin hacer nada, como si volver al poder fuera un camino natural. El PRI, por ejemplo, es un caso patético: por si sólo ganó apenas 11 distritos federales, ah, pero eso sí, los miembros de su “nomenclatura” ahí están pertrechados en las diputaciones plurinominales. Si se pierden los distritos que no se pierda la nómina ni el fuero para la dirigencia parasitaria.
Ninguno de los tres partidos opositores ha podido lavarse la cara frente a un electorado que, desconcertado por el avance autoritario de la Cuarta Transformación, vota por ellos a pesar de ellos. Es decir, más que votar por sus proyectos, vota contra Morena y contra López Obrador. Es un voto —penosamente— del hastío: se vota por el menos peor. En tierras de ciegos, ni siquiera los tuertos pueden ser reyes. ¡Qué tragedia!
Hay mucho por hacer desde los partidos oposición:
Construir liderazgos confiables, efectivos y con una nueva visión moderna del Estado y la sociedad.
Depurar sus filas y correr a todos los prepotentes y corruptos (señaladamente los gobernadores y funcionarios cuyas transas y enjuagues dañaron no tanto las siglas de los partidos de oposición, como al país mismo). Todos aquellos enriquecidos a costa del poder no deberían tener cabida en la oposición.
Actuar en bloque frente al poder. Es necesario que PRI, PAN y PRD actúen en lo posible en el impulso de un proyecto común y sumen nuevas fuerzas para acotar al totalitarismo. En este afán es imprescindible comprometer a Movimiento Civil a abandonar sus pasos titubeantes e integrarlo en un frente común de la oposición. La mejor alianza, sin duda, será con los grupos de la sociedad que aspiran a mantener el régimen democrático de libertades.
Batear en el Congreso de la Unión todos los disparates legislativos del presidente sería una buena manera de comenzar a construir oposición y romper el monólogo de López Obrador.
Si quiere subsistir, la oposición no puede seguir entendiendo la política como un ejercicio de obediencia. Urgen líderes libres, aguerridos con un discurso crítico, estructurado y de resistencia ante el monólogo presidencial. ¿Qué pueden hacer desde su fragilidad el dirigente del PRI, Alejandro Moreno, o el gobernador panista Francisco García Cabeza de Vaca que, con una soga al cuello, están más preocupados por no ir a la cárcel —por las acusaciones en su contra— que por confrontar a López Obrador? ¿Puede el ex gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, hoy alegre Diputado reelecto por la vía plurinominal, ser un opositor legítimo cuando se le investiga por los cientos de millones de pesos que su gobierno pagó a empresas “fantasma”). Es imposible ser una oposición bajo la premisa de “mejor calladitos”. Los partidos de oposición deben deshacerse de sus lastres: tienen nombre y apellidos.
Finalmente, si la oposición aspira a consolidar equilibrios y contrapesos es urgente que ponga el foco en la sucesión presidencial. No hay líderes visibles capaces de conducir a la oposición hacia el camino hacia el 2024. Tampoco hay mujeres o hombres “presidenciables” más allá del panista Ricardo Anaya. Si PRI, PAN y PRD quieren aspirar a algo más, tienen mucho por hacer. Establecer agendas, compromisos y programas de trabajo conjunto sería un buen inicio. Veremos si están a la altura de la oposición que demanda el momento histórico de México.
Galerín de Plomos
La tragedia de la Línea 12 de Metro ha venido a sacudir el proyecto de sucesión del presidente López Obrador. El desastre arrolló a los dos principales candidatos de Morena a la transición del 2024: Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, a quienes como jefa y ex jefe del Gobierno de la Ciudad de México se les adjudica responsabilidad en la catástrofe. También ha desatado una lucha intestina al interior de los grupos del lopezobradorismo por el poder. Filtraciones, golpes bajos y “destapes” apresurados anuncian desde ahora una guerra interna a muerte. Morena no llegará al 2024 con la fuerza arrolladora de la marca AMLO que tenía casi 20 años promoviéndose como opción presidencial en el mercado de la política nacional.





