En la Opinión de David Brondo

Como gobernador de Coahuila, Rubén Moreira Valdez fue de capaz de llamar “animal” a Isidro López Villarreal, entonces presidente municipal de Saltillo.

La historia es conocida en el Estado: a finales de noviembre del 2017, el alcalde panista había reclamado a la administración estatal el pago de un adeudo de 136 millones de pesos de participaciones federales. A cambio, según la versión de López Villarreal, sólo recibió insultos de Moreira: lo llamó “pendejo” y “cabrón” y lo amenazó de muerte.

Cuestionado por un grupo de reporteros al respecto, Rubén Moreira negó insultos e intimidaciones con este sarcasmo:

“No es así, el señor alcalde está tratando de hacer una campaña de senador y está procurando lograr la protección de los medios, además, como usted sabe, yo siempre he pugnado por la protección a los animales, entonces sería incapaz de hacerle algo (a López Villarreal).

“Últimamente el alcalde está perdiendo la razón y, bueno, hace cosas fuera de la lógica”. (El Norte de Monterrey, 2 de diciembre del 2017).

A pesar de la brutalidad de su respuesta, Moreira quiso ser también chistoso, irónico, ingenioso, pero no lo fue. La gracia y la simpatía nunca han sido lo suyo. Su lenguaje como mandatario fue siempre la fuerza, el descontón, la pendencia. Infundía terror en su entorno y trataba de hacerlo con los demás. Lo hacía sólo por una razón: porque podía y porque tenía el poder —no el suyo, sino el del Estado— para embestir a los demás.

Montado en el aparato oficial, se daba el lujo —la aberración política—de llamar “animal” a un alcalde. Era por aquellos años un personaje rencilloso, camorrista y buscarruidos. Los políticos más débiles, sus subordinados, sus críticos y sus opositores eran sus blancos favoritos. Gritar, mandar, exigir, insultar era lo suyo.

Como pretexto para sus arrebatos, siendo dirigente del PRI y perfilado para la gubernatura recurría a las teorías del complot y la conspiración. No aceptaba crítica ni oposición. En los mitines de su partido lanzaba estrambóticas frases de advertencia e intimidación aprendidas seguramente en Cuba:

“(Los opositores) se van a querer limpiar la cara con nosotros y vamos a estar asediados: cualquier disidencia es traición… en una casa asediada cualquier disidencia es traición”. (Zócalo de Saltillo).

De ser un burócrata gris crecido a la sombra de su hermano Humberto, quien le heredó la gubernatura en un caso único de nepotismo, el poder terminó por desnudar la faceta autoritaria y facinerosa de Rubén. Sin embargo, no resistió la prueba del tiempo: la bravura de Moreira no estaba en su ADN sino en el ADN del poder que ostentaba.

Una vez que dejó el gobierno de Coahuila, acusado por el desvío de cientos de millones de pesos del erario a empresas “fantasma”, aquel pendenciero se protegió haciéndose de un fuero —otro— para sus años futuros mediante una diputación federal agenciada, claro está, por la vía plurinominal.

Su salida del Palacio de Gobierno significó una revelación: el fuero y la fuerza de la estructura del Estado era lo que sostenía su dominio y su supremacía. El gobernador priista nunca tuvo luz propia, sino la de su hermano, primero, y la de la estructura estatal, después.

Ya en el Congreso de la Unión, Rubén Moreira terminó en un dócil diputado federal frente a la naciente estructura de la Cuarta Transformación. Qué esperanzas de llamar “animal”, ya como ex Gobernador, a los opositores. Nada de “pendejear” a nadie. Con la soga al cuello de las investigaciones federales sobre los presuntos actos de corrupción de su administración, no sólo bajó su perfil y dejó de lado la rabia, sino que, a contracorriente de las posiciones de su partido, terminó aprobando sin pudor las leyes promovidas por Morena y el presidente López Obrador. Fue uno de los pocos legisladores priistas que se plegó a los designios del presidente, así fueran aberrantes, como las reformas a la Ley de Adquisiciones, Arrendamientos y Servicios del Sector Público, que otorgó al gobierno federal facultades para realizar compras de medicinas e insumos médicos en el extranjero sin licitación. Un aliado sin par para AMLO y sus proyectos legislativos.

Integrado de lleno a la camarilla que mantiene secuestrada la dirigencia nacional del PRI, Moreira no sólo logró ahora su reelección, por la vía plurinominal, faltaba más, sino que emergió como el dirigente de la fracción legislativa del PRI de la Cámara de Diputados en la próxima Legislatura federal.

Su designación evidencia un problema sistémico del PRI: el partido no sabe caminar sino a la sombra del poder, no sabe ser oposición y no puede con su propia de historia. Con Alejandro “Alito” Moreno en la presidencia del CEN y Rubén Moreira en la conducción de la fracción legislativa, el futuro del tricolor está comprometido.

Ambos están bajo la lupa por presuntos actos graves de corrupción: el primero —quien también ahora recurre al fuero de una diputación plurinominal— construyó en dos años una residencia de más de 46 millones de pesos. La casa, el monto, no serían mayor problema salvo por un pequeño detalle: cuando fue Gobernador de Campeche (de septiembre del 2015 a junio del 2019), “Alito” declaró ingresos anuales por apenas 5 millones de pesos. Se baja el cero y no contiene. Moreira, a su vez, trae encima un verdadero escándalo: la danza de los millones y millones de pesos de las empresas “fantasma”.

El PRI, sin embargo, apuesta de manera increíble por sus liderazgos. Con ellos al mando no sería extraño que lejos de ser un partido serio, comprometido con sus militantes y la sociedad, termine por ser un partido satélite más girando alrededor de Morena y López Obrador. ¿Se prepara el PRI para ser un partido “morralla” sumido en la mansedumbre?

Sus liderazgos actuales no auguran nada bueno. El saldo de las elecciones del pasado 6 de julio es terrible para el PRI: no sólo no ganó una sola de las 15 gubernaturas en disputa. Por el contrario, perdió ocho y ahora sólo conserva cuatro. Por si fuera poco, apenas ganó 11 de los 300 distritos federales electorales.

Peor imposible. Veremos qué dice el futuro.

Galerín de Plomos

¿Alguien duda que una camarilla de poder ha secuestrado al Comité Ejecutivo Nacional del PRI?

El 12 de agosto del 2017, la XXII Asamblea Nacional del partido tricolor aprobó una reforma al artículo 212 de los Estatutos priistas para establecer que quien ocupara un cargo de elección popular por el principio de representación proporcional, no podría ser postulado por el partido por el mismo principio electoral para ningún cargo en el proceso inmediato.

La reforma pretendía airear el partido, oxigenarlo, abrir sus posiciones a nuevos cuadros y ciudadanos y terminar con las estructuras que durante décadas permitieron a las élites y los cuadros “históricos” del priismo perpetuarse en las nóminas y fueros legislativos.

Vaya, el cambio atacaba de manera directa el oportunismo más obsceno de los chapulines priistas: saltar de una curul plurinominal a otra curul plurinominal. La Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no sólo avaló ese cambio, sino que lo consideró “idóneo, necesario y proporcional”.

Pues bien, calladita, calladita, la dirigencia nacional de Alejandro Moreno, a través de un Consejo Político integrado a modo, tiró en agosto del 2020 —aprovechando las sombras generadas por el aislamiento de la pandemia— esa reforma que favorecía la movilidad de la militancia y los nuevos cuadros del PRI.

Los caciques del tricolor están en pie. Los tiempos del indecente chapulineo que permite brincar de nuevo de una curul plurinominal a otra plurinominal están de vuelta. No pocos dirigentes de la élite del partido —Rubén Moreira, entre ellos— son beneficiarios directos de esa desvergüenza.

Twitter: DBrondo