Por El País
Barack Obama ha vuelto ahí donde empezó todo. Chicago, la ciudad que alumbró la fulgurante carrera que le llevó a la presidencia de EEUU, fue el escenario este lunes de su primera intervención pública desde que abandonó la Casa Blanca. En la universidad, ante seis jóvenes, charló de su pasado y de su futuro. Estuvo distendido, articulado, muy sonriente y centrado en su ambición futura: ayudar a la próxima generación de líderes. Fue un Obama completo, excepto en un detalle: obvió cualquier mención a Donald Trump. La batalla la dejó para otro momento.
Obama ha evitado en estos tres meses el cuerpo a cuerpo con Trump. Lo hace por la creencia, compartida con su antecesor, George W. Bush, de que presidente no hay más que uno y que la duplicación de mensajes va contra el interés general. Pero también porque él y los suyos están convencidos de que una espiral de este tipo sólo favorecería al multimillonario. Prefieren guardarse las balas para los comicios del año próximo, donde los demócratas sueñan con romper la mayoría republicana en ambas cámaras.
Pero guardar silencio ante Trump no ha sido fácil. Las bases le han presionado para que intervenga y el propio mandatario le reta constantemente. Desde la atalaya presidencial, Trump le ha culpado de la sangría siria, le ha acusado de haberle espiado y le ha endosado en un tuit uno de sus insultos preferidos: “Hombre malo y enfermo”.





