Columna Rutinas y quimeras

Tal vez una de las cosas que la pandemia ha cambiado durante este año ha sido el significado de algunas palabras, su connotación, su carga intencional, su fuerza. El ejemplo más conocido es “positivo” que en tiempos de covid lleva una carga negativa; pero hay muchas otras que con los días y los meses pierden sentido o su emotividad se vuelve esencial. 

Pienso ahora en la palabra “extrañar” dice el diccionario de la RAE que es: “Sentir la novedad de algo, echando de menos lo que resulta habitual”. Y sí, tal vez al principio de la pandemia la novedad era estar confinados, inventando quehaceres para superar el encierro, solo que muchos no echábamos de menos las rutinas que por años habíamos realizado, al contrario, nos sentíamos liberados, es decir, no “echábamos de menos lo que resulta habitual”.

Sin embargo, conforme pasaron los meses las cosas fueron poniéndose difíciles y empecé a extrañar el almuerzo en algún restaurante de la ciudad, ese que solíamos hacer muy a menudo entre semana cuando salíamos de dar clase las primeras horas en la universidad.

Después empecé a extrañar los viajes, los de fin de semana o en un puente largo a algún lugar cerca; ir al Valle de Texas a ver a mi suegra y comer en Luby’s; ir a Ciudad del Maíz por el puro gusto de comer gorditas con chile rojo con doña Benny o darse una vuelta al Chorrito para comer asado.

El polvo empezó a acumularse en el asador, mis hermanos dejaron de venir a casa los fines de semana y los empecé a extrañar, como la plática interminable con mis alumnos fuera del salón de clase, la posibilidad de salir a pasear por el Camino Real a Tula o hacer una exploración gastronómica a algún comedero cercano.

Extrañaba la misa, la hora Santa con mi mamá en San Isidro y después el café en Martin’s “para desestresarnos” según mi mamá. Luego vino el verano y extrañé las vacaciones, el tour de “Italia total” que habíamos planeado desde diciembre se había disipado en marzo, cuando vimos las fotos donde cientos de camiones del ejército italiano salían de la ciudad de Bérgamo cargados de ataúdes de muertos por covid, en seguida se anunciaron el cierre de fronteras y todo se esfumó en un instante. 

En agosto extrañé el salón de clase, mi rincón en la Dirección de difusión cultural, la feria del libro, mis alumnos amontonados en mi oficina yendo a platicar a la hora del receso o a la salida de clase; a mis compañeros de trabajo, los almuerzos en la oficina, mis compañeros maestros.

En diciembre a mis hermanos y sobrinos en casa pidiendo posada y compartiendo la cena navideña. En enero del 2021 esto era un páramo, donde todo, absolutamente todo se extrañaba, ya sin sentir “la novedad de algo” como diría la RAE, solo se extrañaba la vida, la gente, la carretera, las visitas, el compartir, abrazar, platicar.

Ahora, desde este confinamiento dentro del confinamiento, recuperándome de un contagio de covid, extraño también  mi vida antes de que el médico me aislara por 14 días.

 Ya no siento “la novedad de algo” como dice la definición de la RAE de la palabra extrañar, solo sé en estos momentos que la palabra conlleva nostalgia, memoria y la posibilidad de entender al otro con su drama en la rutina de la sobrevivencia de esta pandemia. 

Hoy solo tengo una imagen que atesoro, la de mi madre enviándome un beso el día que se la llevaron de casa para protegerla del contagio y mi promesa hecha desde el balcón “Nos vemos en primavera”.

Porque tal vez la palabra más fuerte, más impecable, la que permanece en su significado intacto es “esperanza” que según la RAE es “el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. 

Su fuerza nos inspira y empuja a seguir viviendo para ver el fin de esta terrible experiencia humana, abrazarnos, besarnos, comer juntos, reír, platicar largamente, emocionarnos por un viaje, por una sorpresa, por una fiesta o como diría mi amiga Blanca Espinoza, bailar “Payaso de rodeo” hasta el final de la canción.

Vivo con la esperanza de tomar el volante y acelerar hasta aburrirme, para ver el instante mismo de la vida hacia la quimera de un mundo sin pandemia.

E-mail: claragsaenz@gmail.com

Nos vemos en primavera