
México volvió a abrirle la puerta al mundo con una pelota. De nuevo hizo global aquello de “mi casa, su casa”; ningún otro país en la historia de la gran cita del balón lo ha podido verbalizar tantas veces, tres ya. Las mismas, más que ninguno también, que un mismo estadio ha sido sede un partido inaugural. La gloria se queda para siempre en el totémico Azteca, por mucho que ahora quieran llamarlo Banorte o Ciudad de México: los patrocinadores pueden comprar un nombre, no una historia, menos cuando esa historia fue escrita por las deidades que alguna vez corrieron este césped. Ante Sudáfrica, México rompió además un maleficio casi centenario. La selección que más partidos inaugurales ha jugado nunca había logrado una victoria el día del estreno. Fue en la octava ocasión que lo logró. Hay algo profundamente mexicano en no claudicar. Hay algo profundamente mexicano en en permanecer en pie y seguir encontrando motivos para celebrar.
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México volvió este jueves a presentarse ante el mundo con su mejor cara. Lo hizo con todas sus contradicciones a cuestas, sin ocultar sus heridas, y sin renunciar a sus virtudes Lo hizo siendo el país caótico, excesivo, desigual, hospitalario, agotador, fascinante, violento, generoso, milenario y moderno que ha sido siempre. Lo hizo recordando que las sociedades no se miden únicamente por los problemas que padecen, también por la manera en que conviven con ellos. Desde fuera, México suele llegar empaquetado en unas pocas imágenes; a veces parece que el país entero hubiera quedado reducido a una sucesión de titulares sombríos que apenas alcanzan a explicar una mínima parte de la realidad. Pero México siempre se resiste a ser explicado del todo. Cada intento de encerrarlo en una definición acaba derrotado por una contradicción.
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Quizá por eso el Mundial encuentra aquí un escenario tan natural. Porque el fútbol tampoco entiende de explicaciones completas. En ese terreno de las emociones, de las lealtades y de las obstinaciones más que el de la lógica es donde se mueve mejor México. También esta selección de Javier Aguirre y Rafa Márquez, la dupla técnica local; un veterano ya de tres Copas del Mundo en el banquillo y la última gran leyenda de la selección tricolor que asumirá el cargo al acabar el torneo.
Plantó Aguirre el previsible once que ha pergeñado durante meses. Un equipo con cuajo en defensa; con un armazón en la contención de Erik Lira; intensidad en el medio del campo de la mano de Fidalgo y Quiñones, dos de los naturalizados del equipo, y confiado en la punta a la veteranía de Raúl Jiménez, que cuenta ya su cuarto Mundial. La portería fue para Rangel, indiscutible para Aguirre por mucho que la memorabilaia claramara por Memo Ochoa, en el Himalaya de los Mundiales junto Messi y Cristiano, todos con seis convocatorias.
Había confesado El Vasco en la previa que no sabía que México había sido incapaz de ganar uno de los siete partidos inaugurales que había disputado desde 1930 y pensaba usarlo como motivación para sus muchachos. Fuera por romper la maldición o por el empuje desde las gradas del Azteca, el partido se le puso de cara al cuadro local muy pronto. Un fallo clamoroso de Williams, guardameta sudafricano, dejó el balón a merced de Julián Quiñones, que abró el marcador cuando apenas se llevaban 10 minutos de partido. Sin mayores alharacas, México dominó con claridad un primer tiempo mustio sobre el césped, que incluyó el estreno de los ‘dos tiempos’ de hidratación por cada parte, una de las nuevas caras a las que acostumbrarse en el fútbol moderno. El juego, cuando lo hubo, fue un monólogo de la selección tricolor, confiado la creación en las botas de Fidalgo y Brian Gutiérrez y el galope a Quiñones, un martirio para la tierna, muy tierna Sudáfrica, que volvía al Olimpo futbolístico después de aquel torneo de 2010.
El arranque del segundo tiempo fue un espejo de la primera mitad. El México más volcánico afixió a Sudáfrica en su área en los primeros minutos. No logró otra diana en los primeros intentos de Fidalgo, pero sí dejó a los Bafana Bafana con uno menos después de que Sithole no tuviese otra que derribar a Brian Gutiérrez en el balcón del área. El partido se puso aún más de cara para los de Aguirre y el segundo no se hizo mucho de esperar. Un robo, otro más, de Quiñones en campo sudafricano permitió desplegar el balón hacia Roberto Alvarado, el gran protegido de Aguirre, que le cumplió al técnico y colocó un centro a la cabeza de Raúl Jiménez, que la colocó sin mayor esfuerzo en la portería de Williams. México no encontró rival en su inauguración y la única nota discordante fue la innecesaria roja al capitán César Montes. Sudáfrica fue un invitado estéril a la fiesta mexicana, una selección a la que no le quedaba más remedio que asimilar el Cielito lindo que se coreaba en las gradas.
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México es un país hecho de contradicciones fértiles. Un territorio donde las fracturas son evidentes, pero también lo es una extraordinaria capacidad para seguir adelante; donde el pasado nunca termina de irse y el futuro siempre parece estar llegando. Pocos lugares contienen tantas realidades distintas y consiguen, aun así, reconocerse como un mismo país. Algo así le ocurre a esta selección de Aguirre, criticado desde que asumió las riendas y que este jueves se permitió dar el gusto a la afición haciendo debutar a Gilberto Mora, con 17 años el jugador más joven en jugar un Mundial, y dar carrete a la ‘Hormiga’ González, otro de los noveles más aclamados por la hinchada.
Se habló y se especuló mucho sobre si México podría albergar otro Mundial, como si no sea sede constante de grandes evetnos. Y es que hay países cuya principal virtud es el orden, pero México nunca aspiró a eso. Su grandeza se encuentra en otra parte. En la capacidad de absorber golpes que parecen definitivos y continuar. En esa energía inagotable que le permite reinventarse una y otra vez. En la facilidad con la que convierte la adversidad en relato y el relato en identidad. A veces da la impresión de que México avanza por acumulación más que por planificación. Por eso resultaba difícil contemplar el comienzo de este Mundial sin pensar en el país que lo hacía posible.
México sueña en este Mundial con ganar, por fin, el quinto partido, aunque la paradoja traiga consigo que esta vez no implique pasar de cuartos. Pero antes de que todo eso suceda, México ya ha logrado dejar una impresión más profunda que cualquier resultado. Ha vuelto a ocupar un lugar central en la conversación global y lo ha hecho sin intentar parecer otro país. Con sus excesos y sus contradicciones. Con su capacidad para desesperar y para enamorar. Lo ha hecho a través del fútbo. Una vez más, desde México para el mundo.
Por El País





