Columna Rutinas y quimeras

La huerta de legumbres ha sido un proyecto largamente acariciado para hacer realidad el sueño de mi padre: “tener plantas que se coman”, hace dos años me decidí a emprenderlo, empezando por compostar, porque quería vencer miedos creando cosas nuevas en el jardín.

Comencé haciendo pequeños pozos en el patio donde enterraba los desechos orgánicos de las frutas y verduras, pero siendo un terreno rocoso, resultaba muy cansado andar cavando todo el tiempo, así que a los cuatro meses empecé a utilizar rejas de madera para echar la composta, después viendo tutoriales las cambié por llantas grandes de coche. Alguien me aconsejó que al sacarla, después de estar tres meses tapada moviéndola y regándola esporádicamente, la cribara; la tierra fina la mezclara con la tierra que utilizaría para las plantas y el cascajo lo usara como mantillo en el suelo para evitar que creciera la hierba y se nutriera el suelo. 

Un año estuve aprendiendo a hacer composta y me dejó muchas enseñanzas como la paciencia, la increíble reducción de la basura, ver lo tóxico de las etiquetas, plásticos y otros elementos artificiales que se adhieren a los alimentos, la maravilla de la vida cuando en medio de tanta descomposición natural, el tiempo trasforma en tierra todo aquello y surgen muchos plantines como muestra de la vida orgánica; conocí también historias fascinantes cuando hacía consultas en internet, como la del hombre que contó que el hacer composta le regresó la esperanza de vivir después de una terrible depresión por la muerte de su hijo.

 Hace un año di el siguiente paso, en tres cuadros de madera preparé unos acolchonados de tierra y sembré mis primeras legumbres, rábano me aconsejaron porque era el más fácil y el más rápido para crecer, otra caja con betabeles y la tercera con calabaza, todas fueron un fracaso, sembré cilantro, melón, lentejas, papas, chiles serranos y tomates, estos dos últimos en palabra de los expertos eran de los cultivos más difíciles.

¡Vaya sorpresa!, los tomates crecieron despreocupados y los chiles fueron los primeros en dar fruto, todo lo demás fracasó, intenté cinco veces los rábanos y hubo de todo, poco sol, destrucción por los gatos callejeros, semillas vencidas, hasta plaga de gallina ciega y en el último intento, salieron. Lección para la vida: no hay que confiar cuando nos digan cuál es el camino fácil, es mejor experimentar para conocer nuestros talentos.

También supe en los manuales y consejos de internet que germinar semillas era muy complicado, pero lo intenté y tuve demasiados plantines listos para crecer que tuve que aplicar la ley del más fuerte para seleccionar los mejores para cultivar, lo cual me resulta muy cruel.

Planté una chayotera que durante meses no quería crecer, una amiga me aconsejó que no me preocupara porque la estaba estresando, que la dejara de visitar y revisar diariamente, así que me liberé de la preocupación y las guías empezaron a crecer muy rápido y a dar chayotes.

He cultivado durante el año, en base a ensayo y error jitomate, tomatillo verde, calabaza de casco, zanahorias, rábanos gigantes, cilantro, chile serrano y jalapeño, acelgas, lechugas, alfalfa y chayotes.

Saco cada mes una reja de composta y mi pequeña granja de gallinas la limpia de insectos y me la dejan lista para cribar. Con todo esto, creo que estoy culminando mi segundo año de aprendizaje del huerto.

Ahora para mi tercer año me preparo con algunos almácigos para duplicar mis cultivos de legumbres, organizar una cosecha programada cada mes y de ser posible empezar a contagiar a otros regalando algunas cajas de siembra.

Muchos me preguntan si cuando termine el confinamiento abandonaré el huerto, otros sugieren que ponga un negocio, otros más dicen que puedo dedicar mi vida a alimentarme del autoconsumo y muchos lo siguen viendo como un acto hippie, de resistencia, anti sistema.

Cuando escucho todo esto confirmo que a cada uno le haría bien regresar un poquito a ver la tierra, apreciar la vida que se produce con un poco de semillas pequeñas, la transformación del desperdicio en cosas fecundas.

Creo que el huerto es como la vida, se toman decisiones, se vive, se muere, se es fecundo, se descansa, se crece, por eso todos deberíamos tener un huerto pequeño, grande, no importa, la experiencia en él es una lección de vida.

Ojalá que cuando esta pandemia acabe, muchos podamos florecer y dar frutos compartiendo nuestros saberes, contagiando ánimos, plantando la alegría a través de la multiplicación de los huertos en casa.

E-mail: claragsaenz@gmail.com

Lecciones de un huerto