En la Opinión de David Brondo

La popularidad del presidente López Obrador es innegable. A pesar de la errática estrategia contra el Covid-19, la inseguridad galopante, el creciente autoritarismo, los tropiezos económicos, el desempleo y la increíble caída del PIB, la aceptación de su mandato es inaudita.

El desmantelamiento de los fideicomisos de apoyo a la ciencia y la cultura, los recortes presupuestales a instituciones clave, la vertiginosa militarización del país y los yerros en materia energética tampoco hacen mella en la imagen del Ejecutivo. 

La última encuesta de Reforma y El Norte revela una verdad de a kilo: el 63 por ciento de los mexicanos aprueba la gestión de López Obrador. Incluso, un 58 por ciento avala su forma de enfrentar la pandemia y su inacabable estela de dolor: 2 millones 310 mil contagiados y 215 mil muertos, según las cifras oficiales.

No es que el presidente tenga teflón y todo se le resbale. La demagogia como sistema de gobierno, no hay duda, suele dar buenos frutos. Más aún cuando un aparato de comunicación colectiva es la herramienta básica del poder. En buena medida, el mandatario fundamenta toda su estrategia de gobierno en sus ocurrencias. El Presidente no planea, no programa, no concreta, no dialoga, no concerta. Simplemente habla: le dio por gobernar a México desde una vocería.

Ya desde el año pasado los especialistas se dieron a la tarea de tratar de entender las claves del éxito de su estrategia propagandística. En ese afán, The Washington Post delineó cuatro líneas básicas del modelo de comunicación de López Obrador: simplicidad, inmediatez, transparencia y autenticidad.

Y así lo resumía de manera textual:

Primero, la simplicidad. En sus conferencias, el presidente no habla para las élites, sino para sus seguidores. En vez de información, les da un relato en el que el pueblo” lucha contra todo tipo de villanos, personificados en los expresidentes corruptos”, los empresarios rapaces”, los intelectuales hipócritas”, la prensa vendida”, los tecnócratas neoliberales”, las organizaciones manipuladas por intereses extranjeros” y un largo etcétera. 

Segundo, la inmediatez. Las conferencias matutinas confirman una creencia política fundamental del mexicano: para resolver los problemas del país sólo hace falta que el presidente quiera resolverlos. AMLO, como hacían los reyes sabios de los cuentos, se entera en las conferencias de los problemas del país a través de los planteamientos de los asistentes, y va diciendo lo que piensa y siente. Conforme pontifica, se define la acción que tomará el gobierno. 

Tercero, la “transparencia”. Si el ex presidente Enrique Peña Nieto convirtió su gestión en una telenovela, AMLO transformó la suya en un reality show. El presidente responde, se defiende, se enoja, se burla, se ríe, insulta, regaña, acusa, absuelve, da instrucciones, brinda consejos de nutrición y toma decisiones frente a las cámaras y micrófonos durante al menos dos horas diarias, por lo que parece que no oculta nada. No importa que lo que dice no corresponda a la verdad. Tampoco que sus decisiones sean malas, que sus acusaciones no tengan sustento, que sus consejos no sean útiles o que las instrucciones al gabinete no reciban seguimiento.

Y cuatro, la autenticidad. La relación del presidente con sus seguidores no es el utilitario “voté por ti y a cambio quiero resultados”, sino un vínculo sentimental de unión para luchar contra las élites, a las que AMLO muestra su desprecio al violar todas sus reglas políticas, de lenguaje, de veracidad, de rigor técnico, de etiqueta, entre otras cosas. “Yo te acepto como eres y tú me aceptas como soy, y te defiendo de ellos porque tú me defiendes de ellos”. Ese es el pacto del presidente con los suyos.

Ese lazo emotivo, esa lealtad ciega, entre el mandatario y los suyos len da al presidente no sólo licencia para mentir y decir lo que le venga en gana, sino también le dan la oportunidad de tener una popularidad inusual entre amplios grupos de la población. Esos núcleos duros, condescendientes hasta el tuétano, le permiten a López Obrador inventar, simular o lanzar ocurrencias sin consecuencias ni sanción alguna. 

La asociación civil Signos Vitales, integrada por personalidades como María Amparo Casar, María Elena Morera, Luis de la Calle, Jaqueline Peschard y Federico Reyes Heroles, señalaba hace días que Lopez Obrador ha mentido o mencionado datos inexactos en sus conferencias matutinas y en sus eventos públicos más de 40 mil veces en los últimos dos años. Las 23 mil mentiras de Donald Trump registradas por The Washington Post durante sus cuatro años de mandato, palidecen contra las del presidente de México. 

En cada una de sus conferencias —revela el estudio “El Valor de la Verdad” de Signos Vitales— el presidente miente, falsea información o entrega datos inexactos unas 80 veces en promedio. El periodista Antonio Ortuño lo ha analizado así: “Lo importante es anotar el hecho de que la mentira no funciona aquí como un recurso ‘salvador’ o ‘astuto’ (es decir, cínico y marrullero’), sino como la herramienta total: la imprescindible, calculada, sistemática y perenne táctica del poder”.

Más allá de las posverdades presidenciales que generan esa empatía de sus núcleos duros, el lazo del mandatario con muchos de sus seguidores no sólo es emocional. Es también factual, orgánico: un 40 por ciento de las personas encuestadas por Reforma y El Norte revelaron recibir —ellos o alguien de sus familia— un apoyo directo del gobierno de López Obrador. Nadie podría estar en contra de los apoyos a los grupos marginales. Lo que se reprocha es su uso electorero, discrecional, manipulador, sin reglas. Su utilización en aras del control y el dominio de un personaje sobre la sociedad. 

Así que no nos asombremos de la popularidad del presidente. La tiene. Se la ha ganado a golpe de cuentos, mentiras, engaños, falsedades y dádivas. Su relatos y parábolas sobre el nuevo David de Palacio Nacional y sus acechantes Goliats dan buenos frutos, fortalecen sus vínculos emocionales con las mayorías y otorgan popularidad. El juego democrático y la verdad pueden esperar. ¡Viva el Príncipe!

Galerín de Plomos

El juez Segundo Especializado en Telecomunicaciones y competencia Económica, Pablo Gómez Fierro, ha otorgado desde el martes seis suspensiones provisionales contra la obligación de registrar una línea telefónica en el nuevo Padrón de Usuarios de Telefonía Nacional y entregar a las autoridades sus datos personales y biométricos. La andanada contra el juez no se hizo esperar. Tras ser linchado en las redes, el mismo presidente López Obrador se le fue ayer a la yugular y se preguntó si ese juez ampara y protege a los pobres. ¿Qué tienen que ver una cosa con la otra? No lo sé con claridad. Alguien debe explicar, como en los tiempos de Vicente Fox, qué quiso decir el presidente. La intención de descalificar, de denostar, de divdiir, esa sí es evidente. 

Twitter: DBrondo

La Vocería Gobernante