POR WOMENS HEALTH
¿Te gusta como te quedan los tejanos en este momento? Saboréalo. Un nuevo estudio publicado en el New England Jourmal of Medicine, sugiere que en los últimos días de septiembre es cuando se suelen registra el peso más bajo con respecto al resto del año. Pero lo bueno se acabó.
De acuerdo con los datos del estudio, y tomando como referencia el resultado en población americana, a partir de la primera semana de octubre es cuando se empieza a ganar peso. Aunque es con la llegada de Fin de Año cuando, obviamente, se agudiza más la subida.
Para realizar el estudio, los investigadores analizaron los patrones de peso de casi 3.000 personas, y descubrieron que el peso de los norteamericanos empieza a aumentar a partir de la celebración de Acción de Gracias (el segundo domingo de octubre) y sube (y sube) con la llegada de la Navidad y Año Nuevo (menuda novedad, ¿eh?). Es decir, que cuando más se nota en la báscula es entre octubre y enero y se puede tardar unos cinco meses en perder esos kilos de más. Eso quiere decir que hasta Pascua no se recupera el peso, según el mismo estudio.
Son datos extraídos de los resultados entre la población americana, pero tiene sentido que en nuestro caso pase más o menos lo mismo ya que son los meses con más comidas/cenas/atracones familiares. Eso sí, el resultado del estudio no quiere decir que vayas a ganar peso en los próximos meses sí o sí. De hecho, hay muchas cosas que puedes ir haciendo para controlar el resultado en la báscula. No esperes a cumplir tus propósitos de Año Nuevo y empieza hoy mismo, coincidiendo con el inicio de octubre. Es más fácil evitar los kilos de más que tener que perderlos una vez los hayas ganado.
¿Cómo? Activando tus hormonas para perder peso, fichando los alimentos que pueden boicotear todos tus esfuerzos, saboreando los alimentos que pueden ayudar a reducir la inflamación y adelgazar, siendo muy consciente de todos los beneficios que tiene comer sano (ahí van 18), y ya sabes:hacer deporte.
La motivación es fundamental, incluso cuando empiezan a aparecer, como por arte de magia, golosinas, turrones y bombones.
La maniobra, pese a su efecto depreciativo, fue sabiamente administrada para evitar el impacto en el ciudadano. La inflación, la vara para medirlo, ha mostrado una resistencia a prueba de huracanes y se ha mantenido anclada por debajo del 3%.
No todo, por tanto, son malas noticias. Incluso la caída del petróleo, el otro gran enemigo de la economía mexicana, parece haber tocado fondo tras el acuerdo de la OPEP de recortar la producción. Y una victoria de Hillary Clinton sigue siendo altamente probable. Pero nada de esto basta. La sola posibilidad, por remota que sea, de un triunfo de Trump, hiela los ánimos. La inseguridad se ha interiorizado y México ha empezado a revisar con nerviosismo su capacidad para aguantar la embestida.
El momento es malo para la introspección. El desplome del crudo ha esquilmado los ingresos estatales. No sólo se vende el petróleo más barato sino que se produce menos. En plena apertura energética, Pemex, la mayor compañía pública mexicana y principal sostén del Estado, sufre pérdidas por 36.000 millones de dólares. Ante este agujero negro, el Gobierno se ha embarcado en fuerte plan de recortes y ha aumentado su endeudamiento hasta superar el 50% del PIB. Una cifra alarmante en un país con 53 millones de pobres.
Con estos mimbres, nadie duda de que la volatilidad persistirá en el corto plazo. Mientras dure la campaña, Trump seguirá vociferando y el peso tiritando. La gran pregunta es si parará después de las elecciones estadounidenses, o si sobrevendrá el cataclismo. El martes 8 de noviembre se sabrá.





