En la Opinión de David Brondo

El INE está muy lejos de ser un instituto perfecto, pero es una institución funcional, legítima, emanada no tanto de los acuerdos y consensos entre los partidos políticos en las últimas décadas, sino de una profunda demanda ciudadana: democracia, democracia y más democracia.

Por eso vale la pena atravesarse en su defensa. 

El Instituto de hoy es el mismo que validó la transición histórica del año 2000, cuando la sociedad decidió echar al PRI de Los Pinos, y es el mismo que validó el triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador en el 2018, cuando el voto decidió sacar a Peña Nieto, su camarilla y su partido del poder.

La existencia de un árbitro electoral autónomo no es el capricho de un partido, ni de un Poder del Estado ni de un presidente. Es el resultado de un proceso de luchas sociales por la apertura, la libertad, la tolerancia y el reconocimiento de las minorías y de la pluralidad política.

El simple hecho de que sea un órgano constitucional debería bastar para buscar su fortalecimiento y consolidar su autonomía. Nadie pide que sus resoluciones sean acatadas a ciegas. Al final del día, el INE no es la última palabra en materia electoral. Lo que se pide, en todo caso, es que las fuerzas encontradas con el instituto sigan los cauces legales, se ciñan al estado de derecho y acaten las reglas del juego democrático.

Pero el presidente López Obrador y Morena, quienes atienden a su conciencia y a una peculiar forma de concebir la realidad han decidido otro camino para enfrentar al INE: la guerra política frontal. 

Primero como el IFE y luego como el INE, el arbitro electoral nunca había estado sometido a una espiral de agresiones como las de ahora. Enfrenta, realmente, una guerra inclemente, encarnizada, desgastante.  Siempre en el ojo de las tensiones, la institución no es ajena a las críticas, los embates o los revanchismo de partidos y fuerzas políticas. Sin embargo, la gran diferencia ahora es verdaderamente inquietante. Las agresiones se auspician desde el centro mismo del poder: la Presidencia de la República. 

Se trata de una campaña de descrédito y menoscabo gigantesca. Nace en Palacio Nacional y se extiende a los numerosos brazos políticos de Morena: legisladores, intelectuales, funcionarios, empresarios afines, redes, incondicionales e instituciones del poder.

Esa es la gran diferencia hoy. Los tambores de guerra se hacen sonar por el Ejecutivo. José Woldenberg, el primer presidente del órgano electoral, señala que, desde su fundación, el instituto nunca fue objeto de un agresión más alevosa, desinformada y alarmante. “Nunca antes”, escribió, “un presidente se atrevió a tanto y nunca antes develó un rostro tan autoritario”.

Y así es. El presidente no tiene miramientos. No le importa perder la democracia: le importa ganar elecciones. Todavía el martes demandó desde su principal herramienta de trabajo, el micrófono de sus mañaneras, la renovación del Consejo del INE y reducir su presupuesto. No le tiene confianza al INE, grita a todos los vientos, sino al pueblo. ¡Vaya demagogo!

Pese a la embestida sistemática, el Instituto se ha mantenido firme. El martes ratificó su decisión de cancelar las candidaturas de Félix Salgado Macedonio y Raúl Morón a las gubernaturas de Guerrero y Michoacán. Lo hizo por una razón explícita, obvia: cumplir la ley. Ambos debieron presentar un informe de ingresos y gastos de sus precampañas. No lo hicieron.

El INE también se ha mantenido firme en su decisión de impedir la sobrerrepresentación de los partidos en las cámaras legislativas, que establece que entre votos y escaños no puede existir una diferencia mayor del 8 por ciento.

Ambas decisiones recrudecerán, sin duda, la guerra contra el Instituto. López Obrador, Morena, los candidatos defenestrados y los aparatos ideológicos de la Cuarta Transformación conciben el mundo sin más ley que sus caprichos. Giran en un universo paralelo: en uno donde no existe ni democracia ni estado de derecho, sino el mandato de las peligrosas ocurrencias presidenciales. 

Defender al INE hoy es defender el equilibrio de Poderes, las libertades, la pluralidad y la ley. Debilitar la autonomía del árbitro electoral sería un retroceso histórico. Acosada por una guerra bestial, la democracia sangra. La están haciendo sangrar. No permitamos que se vacíe: la guerra, por supuesto, no ha terminado. 

Galerín de Letras

Mientras el Covid sigue su acelerada carrera de muerte y contagios, más del 40 por ciento de los trabajadores de salud en estados como Coahuila o Nuevo León no han sido vacunados contra el coronavirus. Sin embargo, contra los lineamientos del Plan Nacional de Vacunación se comenzará ya a vacunar a otros grupos no prioritarios, como los maestros. ¿Qué provoca la reticencia a vacunar a los médicos y enfermeros que desde hace más de un año arriesgan día a día sus vidas en su lucha contra la pandemia y otros males? La sinrazón, la estupidez. No encuentro otra respuesta.

Twitter: DBrondo

La Democracia Sangra