La coherencia y el límite que no debería discutirse

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La coherencia y el límite que no debería discutirse

Está por finalizar el Mundial y, aunque México ya quedó fuera, hay algo que me ha estado haciendo
mucho ruido estos días. Involucra al Mundial, sí, pero creo que esta conversación nos pertenece a todos.

Estoy convencida de que, como sociedad, debemos ser igual de firmes cuando hablamos de
proteger a las infancias, sin importar quién haga un comentario inapropiado, sea un hombre o una
mujer. Al momento de todos estos comentarios, Gilberto Mora tiene 17 años. Es menor de edad.

He visto muchos comentarios que no viene al caso repetir, pero que lo sexualizan. Y antes de
continuar, creo que vale la pena recordar qué significa sexualizar a una persona.

La sexualización consiste en atribuir cualidades, intenciones o un interés romántico o sexual a
alguien, reduciendo el valor de esa persona a su atractivo físico o viéndola desde una perspectiva
de deseo, en lugar de reconocerla por quien es.

Cuando esto ocurre con una persona menor de 18 años, es especialmente importante detenernos a
reflexionar. Aunque algunas personas lo hagan en tono de broma, creo que vale la pena preguntarnos si realmente ese tipo de comentarios deberían normalizarse.

Si esos mismos comentarios fueran dirigidos por un adulto hacia una adolescente de 17 años,
probablemente muchos levantaríamos la voz de inmediato. Entonces, ¿por qué habría de ser diferente cuando se trata de un chico adolescente?

No estoy diciendo que todas las personas que hicieron esos comentarios tengan malas intenciones. Quiero creer que muchas ni siquiera sabían su edad. Pero una vez que sabemos que estamos
hablando de un menor de edad, lo correcto es poner un límite.

Tengo 36 años. Me encanta el fútbol desde que tengo memoria. Soy lagunera de corazón, jugué
fútbol durante algunos años y he seguido este deporte durante la mayor parte de mi vida, además
de muchos otros porque disfruto profundamente el deporte. Y precisamente por eso, cuando veo a un joven de 17 años destacar, mi primera reacción no es verlo como un posible interés romántico. Mi reacción es admirar su talento, reconocer su disciplina y esperar que los adultos que lo rodean lo protejan.

Por eso me conmovió tanto leer: “Don Memo: ‘Les encargamos al niño’.”

Eso es exactamente lo que deberíamos hacer con cualquier menor de edad.

Las infancias y las adolescencias necesitan espacios seguros para crecer. Merecen que celebremos
sus logros sin convertirlas en objeto de comentarios románticos o de deseo por parte de adultos.

Esto no se trata de cancelar a nadie ni de señalar con el dedo. Se trata de recordar que la
protección de las infancias debe ser coherente y aplicarse por igual.

Porque los principios no cambian dependiendo de si quien hace el comentario es un hombre o una
mujer.

Y si esta conversación nos incomoda, quizá esa incomodidad también pueda invitarnos a revisar
qué conductas violentas, abusivas o inapropiadas hemos normalizado sin darnos cuenta.
Cuidar a las infancias también significa cuidar la manera en que hablamos de ellas y la forma en que
nos dirigimos a ellas.

Porque el mundo no será un lugar más seguro para niñas, niños y adolescentes únicamente con
leyes más estrictas.

También lo será cuando los adultos entendamos que proteger a las infancias empieza por nuestro
propio lenguaje, por los límites que ponemos y por aquello que decidimos no normalizar.

Las infancias merecen crecer siendo admiradas por su talento, respetadas por su edad y protegidas
por quienes ya somos adultos. Ese debería ser un principio del que nadie tuviera que defenderse.

La protección de las infancias comienza cuando los adultos dejamos de verlas como una posibilidad
y empezamos a verlas como una RESPONSABILIDAD.

Hoy no hablan mis títulos ni mis credenciales.
No estoy apelando a mi autoridad; estoy apelando a mis principios y a mi conciencia.

Porque hace mucho tiempo tomé una decisión muy sencilla: procurar que cualquier niña, niño o
adolescente que se cruce en mi camino encuentre en mí un espacio seguro.

Porque las infancias no necesitan más adultos que las justifiquen; necesitan más adultos que
las protejan.

Y porque quiero ser parte de esos adultos que hacen del mundo un lugar más seguro para
quienes apenas comienzan a vivir.

Me puedes seguir en mis redes sociales, en todas me encuentras como Amayrani Garza Gall.

Nos leemos pronto.