Columna Rutinas y quimeras

Es impresionante la cantidad de páginas, grupos e iniciativas individuales en las redes sociales que hablan sobre el patrimonio cultural y natural de Tamaulipas, es asombroso como cada día hay más personas, medios de comunicación y empresas que dedican espacios para promocionar paisajes, comidas, lugares, tradiciones, monumentos y todos los elementos que nos dan identidad, sobre todo en Ciudad Victoria.

Desde que llegué a vivir aquí en los años 90 del siglo pasado, tuve la percepción de que los habitantes de esta ciudad acostumbraban expresarse con desprecio de Victoria. Ya no hablemos de la afirmación “pueblo bicicletero” dicha por un conductor de televisión nacional en los 80, la cual hubiera pasado desapercibida si no es porque a fuerza de repetirla los victorenses la hicieron popular, algunos con molestia, otros, los más, con burla. Actualmente, sería una especie de elogio, una ciudad ecológica.

Otra expresión muy recurrente era “este es un rancho, ni hay nada que ver”, haciendo la inútil y desproporcionada comparación con Monterrey (cosa que nunca he entendido). Pero el desprecio también era extraterritorial, es decir, iba más allá de los límites de la ciudad; porque la percepción de Tamaulipas era como hablar de algo desconocido, ninguna ciudad, ningún paisaje, nada era sobresaliente. 

Cuando tuve la oportunidad de conocer gente de Matamoros, Reynosa, Nuevo Laredo, El Mante, San Fernando, Tula, Tampico, me impresionó el orgullo que sentían por sus lugares de origen, por su comida, por su historia.

Recuerdo a Arturo Sánchez, mi compañero de la universidad que venía de Nuevo Laredo a estudiar relaciones públicas y que se ganó el apodo de Laredo, porque siempre hablaba con gran orgullo de su ciudad. Entre los amigos que vienen a mi mente, orgullosos de su terruño están Zayonara Pérez y Daniel Maldonado que hablan de Tula como pueblo mágico; Martha Garza de su Mante con olor a plátano, Olga Méndez de Tampico como patrimonio histórico y otros muchos que siempre tienen una palabra linda para su ciudad.

Ahora descubro en Victoria a los jóvenes, interesados en retratar, valorar y difundir el patrimonio cultural y natural de Victoria a través de las redes sociales, lo que me hace pensar que a esta ciudad le esperan tiempos mejores para conservar y defender lo que por mucho tiempo ha estado ahí, sin que nadie le otorgué valor hasta que se destruye o desparece.

Habrá quienes digan que hay muchos que quieren a Victoria desde siempre y no lo dudo, pero en forma de nostalgia, de un tiempo que se fue y no de un presente donde la ciudad sea valorada por lo que tiene y no por lo que alguna vez tuvo. El orgullo de ser victorense y defender las flautas, apropiarse de lo urbano y levantar la vista para admirar la sierra es una buena señal de que existe una generación que ama este paisaje, lo difunde y lo atesora.

 E-mail: claragsaenz@gmail.com

La ciudad como orgullo