En la Opinión de David Brondo

La Sierra de Arteaga arde en Coahuila y, con ella, la Sierra de Santiago, en Nuevo León.

El incendio que desde el martes devasta amplias zonas boscosas de ambos estados es, por desgracia, sólo uno más de las decenas que causan estragos actualmente en los ecosistemas de México. 

Los periódicos dan cuenta por estos días del desastre generalizado de bosques, florestas, pastizales, sabanas, humedales y zonas agrícolas: entre el 1 de enero y el 11 de marzo de este 2021 se han registrado mil 684 siniestros en todo el país.

Tan sólo en este año las llamas han devorado una superficie de 30 mil hectáreas. Ayer mismo había en el país 41 incendios forestales activos en 16 estados.

En unas cuantas horas, el fuego arrasó en Arteaga con 2 mil hectáreas de zonas boscosas de Coahuila y con mil 200 más de Nuevo León. ¿Cómo puede propagarse esa lumbre con tanta facilidad por una zona de decenas de kilómetros cuadrados? 

A propósito de los miles de incendios registrados —cada vez con mayor frecuencia— en todos los continentes, en septiembre la periodista del The New York Times, Veronica Penney, lo sintetizó así: “En cada caso, lo factores coadyuvantes son distintos, pero hay una constante en todas las historias: estaciones más calientes y secas han hecho que el mundo sea más propenso a incendiarse”.

Es muy temprano para conocer con exactitud qué sucedió en Arteaga. La historia de incendios de la Sierra Madre nos ha enseñado que las tragedias generalmente vienen engarzadas a las personas: errores humanos, descuidos, insensibilidad, vidrios tirados, chispas de motores de autos, cables eléctricos mal colocados y hasta el encendido de un cigarro o del carbón para la carne asada.

No sabemos cuál fue la raíz de este incendio, pero no sería erróneo decir que las causas estaban ahí desde hace días: la fuerza de la sequía, el desplome de la humedad ambiental a un 2 por ciento, el turismo intensivo sin mayores controles y, sí, la eterna falta de recursos humanos, equipos y tecnologías para cuidar los bosques.

Solemos ver el cambio climático como algo que llegará dentro de siglos. Pero los signos de ese cambio están presentes en algo tan cercano como las sierras de Arteaga y de Santiago. La sequía, la falta de humedad ambiental, la magnitud del siniestro y la rapidez de su propagación revelan que el futuro nos alcanzó. 

La tarde de ayer la voracidad de las llamas había agravado las condiciones: la zona afectada registraba cero humedad y las fuertes ráfagas de viento habían convertido los bosques en un infierno de tales dimensiones que las autoridades decidieron frenar las operaciones de combate.

Si partimos de la premisa básica de que el fuego es un factor inherente a la dinámica de los ecosistemas, siempre habrá incendios.

Eso es cierto, pero debemos estar preparados para enfrentarlos de la mejor manera. Existe una impresión generalizada de que los programas de prevención son insuficientes. Por desgracia, las políticas públicas no sueñen traducirse en mayores apoyos para las zonas forestales.

El año pasado los especialistas se cansaron de lanzar alertas sobre los riesgos de no incrementar o disminuir, en aras de una austeridad mal entendida, los presupuestos de las instituciones dedicadas a la protección al ambiente.

Y la respuesta de la burocracia del Ejecutivo y de los legisladores fue golpear presupuestalmente a instituciones tan relevantes como la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y la Comisión Nacional Forestal (Conafor) y mantener a raya —con aumentos mínimos— a la Conagua y a la misma Semarnat. Según Forbes, la Conafor, institución encargada de proteger los bosques, sufrió un recorte del 8.6 por ciento en su presupuesto del 2021.

En Arteaga y Santiago el daño está hecho. Los estragos son incuantificables en términos económicos, pero sobre todo en términos sociales y ambientales. Miles de personas de las comunidades de la sierra y cientos de propietarios de fincas campestres se verán afectados. Los bosques, por su parte, tendrán pérdidas irreparables. Las autoridades de Protección Civil señalaban ayer que el incendio quizá permanecerá “vivo” por un mes.

Una vez culminada la emergencia, debemos aprender las lecciones y comenzar un esfuerzo social y gubernamental sin precedentes. Es imprescindible comprender que el ecosistema de la Sierra Madre es uno solo e indivisible, no reconoce fronteras ni límites geográficos. De ahí la necesidad de redefinir estrategias comunes y coordinadas en defensa de esa zona.

Instituciones federales, estados, municipios, así como el sector privado, el sector social, la academia y las comunidades deberían ver como una prioridad la evaluación de planes y programas  y el diseño políticas para el cuidado de la sierra, así como definir un órgano único de orden y control de la zona.

La mejor batalla contra los incendios es la que se da en el nivel de la prevención: la construcción de áreas cortafuegos y de fajas cortafuegos, la construcción de infraestructura de extinción y mejores accesos a los bosques y a los centros de prevención.

Hacen falta, por supuesto, mayores presupuestos para la adquisición de vehículos, aeronaves, tecnologías y equipos contra incendios y la existencia de brigadas preventivas. Simplemente no hay guardabosques y, si los hay, son unos cuantos. El precio podría parecer muy elevado, pero el incendio de Arteaga nos ha enseñado que nada es más costoso que una catástrofe forestal.

Aquí al lado, en Texas, el Sistema Meteorológico Nacional de Brownsville lanza día a día alertas puntuales como éstas: “Se esperan para hoy condiciones para el crecimiento y la rápida propagación de incendios”. O bien: “Una dramática caída en los valores de humedad ambiental podrían derivar en incendios graves en…”. Las alertas incluyen las zonas de mayor riesgo y resúmenes de las condiciones meteorológicas adversas. Habrá que aprender de las mejores prácticas.

La promoción de una cultura ecológica y de prevención entre el turismo de la sierra también es importantísima. Si bien la conciencia sobre la preservación ambiental y la importancia de no hacer uso del fuego ha crecido, también es cierto que hay numerosos turistas que lo que menos les importa es la ecología.

La herida que dejará el incendio en Arteaga y Santiago será grande, enorme. El daño del desastre debe ser la punta de lanza para replantear toda una nueva estrategia forestal en Coahuila y Nuevo León.

Galerín de Letras

El jefe del Comando Norte de Estados Unidos, Glen D. VanHerck, considera que entre el 30 y el 35 por ciento del territorio mexicano es dominado por los cárteles de la droga y del tráfico de personas. Esa línea de pensamiento coincide con quienes opinan que algunas zonas del país reúnen ya características de un “Estado fallido”, es decir, regiones donde el monopolio de la fuerza gubernamental no tiene legitimidad, sufre vacíos de poder por la fragilidad de sus instituciones, enfrenta una disputa por el dominio y el control territorial y es incapaz de garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Twitter: DBrondo

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