Faltan Ellas

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En la Opinión de David Brondo

El lunes 21 de septiembre Alondra Elizabeth Gallegos habló a las cinco de la tarde con su hermano. Quedó de visitarlo más tarde en su casa. Nunca llegó a la cita, no volvió a contestar su celular y nadie más supo de ella hasta el sábado siguiente, cinco días después, cuando fue encontrada muerta, maniatada, en posición fetal, entre bolsas negras en un contenedor, en una casa de la calle Federico García Lorca de la Colonia Lamadrid, en Saltillo. 

A Alondra su homicida no sólo la torturó y la asesinó. Una vez muerta le infligió heridas punzocortantes. Aún después de muerta, el criminal no la dejó partir. Había que martirizar su piel y mancillar el espíritu de quienes la amaban.

Ese mismo lunes, en Morelia, desapareció Jessica González Villaseñor, una joven maestra de primaria. Su cuerpo fue encontrado cuatro días después en una zona boscosa del sur de la ciudad con múltiples heridas. La saña con su cuerpo no tuvo límites. Después fue estrangulada.  

Alondra tenía 20 años y Jessica 21. Sus fotografías hablan de dos jóvenes luminosas, dulces, enamoradas de la vida. Sus sueños fueron segados de un hachazo. 

Alondra no verá más a su hija de cuatro años por quien cada mañana se levantaba a luchar. El día de su muerte, Alondra había ido a la casa de su asesino a hacer la limpieza, a ganarse la vida, a trabajar por unos pesos que le permitieran llevar el pan a casa. Su motivación última —su todo— han dicho sus padres, era esa niña. 

Jessica no podrá cumplir sus sueños de profesora ni sabrá más de los nombres ni de los colores favoritos de sus alumnos, a quienes les había pedido un video con sus voces para conocerlos mejor “y verles su carita”. 

¿Por qué asesinaron a Alondra? ¿Por qué mataron a Jessica? Podríamos decir que nada explica la brutalidad de esa violencia irracional, pero debemos tratar de explicarla, reconocerla, saber que ese nivel de monstruosidad existe y anda en las calles, ronda en las esquinas, entra en las casas y muchas veces se sienta en la mesa de los demás como cualquier hijo de vecina. (Los presuntos asesinos eran conocidos de Alondra y Jessica, convivían con ellas. Sometida a una violencia sistemática, en julio pasado asesinaron a Inés, de dos años. 

El principal sospechoso del feminicidio es su padrastro, el ex pitcher profesional de Saraperos, Sergio Mitre). 

Tiene sentido reconocer esa crueldad para acotarla, extinguirla, castigarla. Tiene sentido saber qué pasó, cómo sucedieron los hechos y quiénes son esos seres escondidos tras una cara y un cuerpo capaces de matar y seguir matando a cuchilladas a una mujer después de asesinarla.  

Tiene sentido saber que todavía hay quienes “cosifican” a las mujeres, las consideran su propiedad, normalizan la violencia de género y reordenan su vida en torno a esquemas de dominación masculina, en torno al acoso, al asedio machista e intolerante. 

No podemos normalizar la violencia masculina en ninguna sola de sus facetas. No hay duda de que Alondra y Jessica fueron asesinadas porque sus verdugos las consideraron objetos, seres sometidos a sus expectativas y deseos. El machismo no puede cerrar su ciclo si no hay sumisión, reducción incondicional. El pecado capital de ambas jóvenes fue uno solo: ser mujeres. 

A la conmoción y el pasmo de la desaparición, en Saltillo y en Morelia nació casi de manera inmediata la solidaridad y el activismo de la sociedad —subrayadamente de los colectivos femeninos— para exigir su búsqueda. Hoy exigen justicia, castigo para los culpables y que ni una mujer más sea vulnerada, ultrajada, golpeada, asesinada. 

La indignación crece. La toma de conciencia, la unión, la fraternidad también. Las mujeres organizadas pusieron el ejemplo en ambas ciudades no sólo para manifestar su enojo, sino para demandar acciones expeditas y empujar a autoridades y sociedad a actuar. 

“No estamos todas, nos falta Alondra”, clamaron en Saltillo. “Ni una más. Nos falta Jessica”, gritaron en Morelia. 

Junto con ellas nos faltan Inés, Kimberly, Abril, Ingrid y Fátima, Elda Graciela y miles de mujeres más víctimas de la violencia bestial del machismo enquistado. De enero a agosto de este año se han registrado 626 feminicidios. El año pasado hubo 933 y en el 2018 la cifra fue de 892. La estadística de los homicidios dolosos de mujeres es otra aparte: 2 mil 789 en el 2019 y 2 mil 764 en el 2018. En el 2020 se han registrado mil 906. 

Hacer justicia, conocer la verdad, castigar a los culpables, la reparación integral del daño —si eso es posible— y atender los clamores de paz y seguridad es la mejor manera de honrar la memoria de las víctimas y el dolor de sus familias y a amigos. Hay mucho por hacer. 

Ni una más. Faltan Alondra, Jessica, Inés… miles más. 

Galerín de Letras

Cuando los últimos bastiones democráticos de un país comienzan a ceder ante la ilegalidad y la arbitrariedad, no está lejos el advenimiento de la autocracia y de un sistema inquisitorial. El papel de títere político de la Corte es inaceptable. Haber aprobado en el seno del Poder Judicial una consulta ilegal para juzgar a los ex presidentes es vergonzoso, execrable. Nos llevará años, décadas, reconstruir el sistema político, la división de Poderes y las instituciones democráticas del país.

Twitter: Dbrondo

Faltan ellas en la opinión de David Brondo