Columna Rutinas y quimeras

Estaba terminando el bachillerato cuando llegó a mis manos el libro de Armando Zubizarreta “La aventura del trabajo intelectual”, era una edición de 1986, los primeros capítulos fueron espléndidos cuando los leí, tal vez porque en las calurosas tardes de aquel pueblo perdido de la huasteca potosina en el que vivía, solo pensaba en ir a la universidad, de la cual Zubizarreta se ocupaba, hablando de la labor de ésta en el desarrollo del pensamiento crítico de sus estudiantes.

Ya en la universidad, recurrí al libro infinidad de veces, porque es uno de los más didácticos que se hayan escrito para iniciar a los estudiantes en el ejercicio profesional de la escritura, la investigación y la elaboración de textos académicos. Después lo olvidé por muchos años, al grado de extraviar los dos ejemplares que llegué a tener en casa.

Lo recordé hace meses cuando buscaba bibliografía para mis alumnos de primer semestre, entonces lo busqué inútilmente y fue cuando me di cuenta que ya no estaba en mi librero. Conseguí una copia en internet y lo empecé a releer para ver si había algo que sirviera para mi curso.

Me volví a sorprender y descubrí que Zubizarreta no me emocionaba por mi anhelo de ir a la universidad, sino por la claridad de sus ideas, el ímpetu de sus palabras, la fuerza de su propuesta. En el fondo, su libro describe como deberían ser los profesionistas que egresan de la universidad y lo que ésta debería de provocar en los alumnos además de señalar cuál es la labor y el deber como casa de estudios.

Plantea los problemas sociales, económicos, éticos y emocionales a los que se enfrentan los universitarios, iniciando por el dilema aquel de si la universidad debe formar profesionales o personas cultas. El primero entendido como una persona que aprende a “saber cómo hacer” y la segunda un ser íntegro tanto en conocimientos científicos como humanísticos, responsable y libre.

Señala que el sentido de la universidad es este último y convoca a quienes se han iniciado en los estudios universitarios a luchar contra la dispersión, la superficialidad, la euforia, la depresión y todas las dificultades a la que se enfrenta un estudiante universitario, quien debe privilegiar en todo momento el aprendizaje autodidacta, su dedicación por indagar, su curiosidad por saber, su constante ejercicio de interrogar y cuestionar para ir desarrollando una conciencia crítica. Cultivar el talento y alimentar la vocación son las constantes recomendaciones del autor.

Aunque por sí mismo el libro tiene un valor de utilidad para el estudio, no deja de sorprenderme la actualidad de su discurso, a pesar de haber sido publicado por primera vez en 1969. Porque las responsabilidades que ahí señala de la universidad y las dificultades a las que se enfrentan sus estudiantes siguen estando vigentes; solo con una variante: la renuncia cada vez más marcada al compromiso con la libertad de pensamiento; privilegiando ser profesional en lugar de ser culto.

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