El demonio de la ira
Por Marcos Rodríguez Leija
Ocurrió en las periferias de Nuevo Laredo, ahí donde la muerte tiene permiso, donde la vida se quiebra al doblar la esquina y ya no florece.
La gente fue poseída por el demonio de la ira, se transformó en un monstruo tan abominable como los delincuentes a quienes juzgaron “ojo por ojo” en plena vía pública.
La noche del 9 de junio fue sombría. En Los Colorines una niña de cuatro años fue extraída de su casa mientras su madre atendía a varios clientes en un negocio de hamburguesas que tiene ahí mismo.
Los periódicos dieron cuenta de ello. Después de una intensa búsqueda un grupo de voluntarios encontró a la menor en un baldío junto con el presunto raptor y violador. No llamaron a las autoridades ministeriales ni al ejército. Decidieron matarlo con una ráfaga de puntapiés en la cabeza.
El 27 de junio otro tumulto maniató a un supuesto agresor y desquitó en él su indignación a golpes. Ocurrió en La Fe, donde se vive con el “Jesús” en la boca. Aparentemente el hombre fue encontrado en el interior de un domicilio cuando pretendía abusar de una niña.
La subsistencia de muchos es aciaga y las frustraciones de una vida precaria suelen inyectarles un coraje que tarde o temprano expulsan de alguna manera. Indudablemente, también, a muchos les hartan los gobiernos indiferentes, incapaces de responder a tantos problemas sociales, sobre todo a una inseguridad tan incrustada en las entrañas del estado que nos arrebató el derecho a la libertad de tránsito, a una vida digna, próspera y tranquila.
El hartazgo no sólo es originado por el acecho constante de una delincuencia impune en todas sus oscuras representaciones; es consecuencia, también, de la corrupción de jueces, ministerios públicos, policías y funcionarios indiferentes a nuestros padecimientos, incapaces de protegernos y de aplicar de la ley.
Los límites sociales se han roto por completo en Nuevo Laredo y en Tamaulipas. La crisis de autoridad y el retroceso gubernamental tocaron un fondo abismal.
Las calles le pertenecen a la anarquía, a la impunidad, al miedo, por ello los habitantes de las periferias se están convirtiendo en verdugos de la muerte pero aunque aludan defensa propia nada justifica esos actos barbáricos. Se están transformando en monstruos al igual que otros tantos. ¿Qué sentirán ante sus hijos? ¿Qué sensaciones, qué pensamientos los invaden a diario después de haber matado al primero de esos presuntos violadores?
La ciudad y el estado están enfermos pero nadie extirpa ese cáncer que nos carcome cada vez más, como si no hubiera remedio.
Aquí el tuerto sigue siendo el rey ante una sociedad de estatuas, sordomudas ante lo cruento y un total desamparo. Esta es la tierra del desahucio en la que estremecedoramente muchos gobernantes y ciudadanos equivocadamente asumen que así hay que aprender a vivir.
Nuevo Laredo es una ciudad coronada por alambras. El olor a podredumbre da cuenta de sus entrañas. Los muertos se sorben en silencio con una pieza de pan duro y una taza de café amargo. Aquí Dios es una espina en la garganta.
El autor es Premio Nacional de Periodismo 2000-2001 y forma parte del Diccionario de Escritores Mexicanos del Siglo XX, publicado por el Instituto de Investigaciones Filológicas y el Centro de Estudios Literarios de la UNAM.
Contacto: marcosleija@gmail.com





