Columna Volutas

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Ángel Guerrero Uribe

Una despedida para el futuro

Hace ya casi tres años escribí una carta donde me despedía de unos queridísimos amigos. Recuerdo que fue muy liberador escribirla, pero fue bastante extraño. Uno no se despide de sus amigos cuando no se están yendo. Aun así, mi despedida se explica en la carta adjunta. He vuelto a ella porque — como es natural —  ya estamos separados.

Es decir, estamos separados físicamente. No nos vemos tan seguido como antes, cuando solíamos ir a todas las funciones de la Cineteca o juntarnos el fin de semana a beber café o comer algo (no bebíamos alcohol porque ellos no son precisamente bebedores de alcohol. Nunca los pude convencer, y es triste, porque eso habla mal de mi retórica. O quizá sea algo maravilloso porque habla de su fuerza de convicción). El caso es que pasábamos las horas compartiendo películas, hablando sobre ellas; compartiendo libros, música; compartiendo nuestros sueños e inquietudes; nuestras dolencias; compartiendo pasos por las calles, las plazas, cualquier sitio; compartiendo, pues, el lenguaje y todo lo que cargamos y desprendemos a través de éste. Con ellos me siento aceptado, bien recibido y realmente acompañado. Creo que todos nos sentimos así aún hoy a la distancia de los días y del espacio.

Incluso compartíamos nuestras diferencias; por ejemplo, la diferencia de nuestras edades. Y digo que compartíamos la diferencia de nuestras edades porque Érika me lleva ocho años y Héctor, seis (sus edades se parecen más, eso sí), pero nunca ha sido ningún impedimento para aprender los unos de los otros. Creo que nuestros intereses y maneras de ver el mundo y la vida es lo que nos facilita el entendimiento…

Debo reconocer que volví a la carta con tristeza porque les extraño mucho. Pero sobre todo porque ahora sí tiene sentido. Es como si hubiera escrito para el futuro, para esta situación. Finalmente, vuelvo a ella y escribo este preámbulo para hacerles saber que los sigo queriendo como siempre los he querido y que el vínculo sigue intacto.

***

07 de noviembre de 2015
Ciudad Victoria, Tamaulipas
Apreciados Héctor y Érika.
(Es curioso, no había caído en la cuenta de que comparten el mismo fonema como inicial en sus nombres.)
Les escribo esta carta (lo cual es interesantísimo para mí porque no sé si era costumbre de la gente mandar la misma carta a dos destinatarios distintos, ni cómo se hacía ni mucho menos. Me emociona porque son ventajas de la tecnología y esas cosas, supongo) porque me gusta escribir cartas, me parecen un excelente recipiente para contener emociones. Además, son bien versátiles: contienen y liberan a la vez. Son maravillosas.
Quiero externarles lo que la película de El principito movió en mí. Me despertó la incertidumbre de lo que pasará con esta tercia a la cual pertenecemos. De manera individual, aunque quizá no de forma explícita, han intercambiado mensajes orales o escritos sobre su interés de marcharse por perseguir lo-que-sea que quieren alcanzar. Me da gusto y miedo a la vez.
La sensación eufórica que eso me provoca se debe a que me emociona que estén buscando, que deseen más, que me doy cuenta de que no son personas simples. Es parecido a este pasaje de Jack Kerouac que citaré a continuación:
“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”
Me siento así con respecto a ustedes, amigos. Ustedes están locos y por esa locura no bostezan ni hablan de lugares comunes, arden a su modo y es ese fuego el que me hace estar ahí de junto, con ganas de que me prendan fuego también o acaso apenas una brasa me roce y entonces arder aunque sea un poco.
Entonces pasa que viene esta película con su discurso sobre que las personas a veces tienen que marcharse, solas. Eso me da para abajo, bastante. Porque uno sigue aquí, se queda y los cafés, los cines y las plazas se quedan también, pero ya no como antes, ahora la gente que ocupa esos lugares es la misma que bosteza y habla de las mismas cosas siempre. Pero tampoco es que nomás el que se queda es el único que lo resiente, ¿no? Los otros se fueron y dejaron lo mismo. A unos se les desprende y a otros se les despoja. Y no se trata de ver quién es el que más resiente el abandono, porque la vida nunca se ha tratado de competencias…
No sé muy bien cómo continuar. Lo único que puedo pensar es que la clave está en nunca olvidar. Y siento que esta carta tenga tanto de despedida, pero es que fue lo que me movió la película; no es que me esté despidiendo de ustedes, además uno nunca se despide del todo, siempre queda una parte suspendida, o quizá más bien escondida, no se sabe dónde, pero está ahí en algún lado, ahí junto al vínculo tomándole la mano.
Nomás quería agradecerles su amistad y decirles lo importantes que son para mí.
Ángel Guerrero Uribe