Ángel Guerrero Uribe
Piedra, papel o tijera
Mi amigo y yo estábamos solos en su casa. Sentados en un desgastado sofá cama, veíamos una serie americana. La habitación olía a ropa interior sucia, a cerveza y atún.
—No vale madre, güey— dijo Alfonso.
—¿Cómo que no vale madre? —Respondí—. Tú sugeriste ver la serie…
—No me refiero a eso —me interrumpió—, sólo míranos. ¿No te parece triste que estemos encerrados mal tragando y viendo series? La vida está en otro lado —dijo, afligido.
No contesté. La verdad sí era algo triste, pero ¿qué más se puede hacer un lunes por la mañana? No había fiestas ni eventos culturales. Los bares empezaban a abrir, pero nadie va a estas horas a un bar. Además, no teníamos dinero.
Alfonso se inclinó hacia la laptop y pausó el episodio, en seguida se puso de pie. Parecía enojado.
—Cálmala Alf —le dije, sentado, viéndolo a la cara—. Siempre te pones así cuando se va Giselle.
Deshizo el contacto visual. Él sabía que era verdad y yo sabía que dolía que Giselle, su novia, estudiara en otro estado; a mí también me dolía porque era mi amiga. Me levanté del sofá y le palmeé el hombro.
—No pasa nada, carnal. Ya faltan un par de meses para que se abran otra vez las inscripciones a la uni. Ya tendremos en qué ocuparnos y dejaremos de pensar en pendejadas.
Alfonso asintió con la cabeza y se sentó, dejándose caer sobre el sofá.
—Sí, güey, esto de ser NiNi no vale cabeza. De veras que no.
—Yo sé, güey, yo sé —le respondí y me senté otra vez—. Pero pues qué se le hace, uno busca jale y no encuentra.
—Pues al chile ni nos esforzamos en encontrar algo —dijo, reprochando.
—No pasa nada, ya sobrevivimos todos estos meses. Y es mejor que disfrutemos lo que nos queda porque luego shit will get serious, y las vamos a andar dando.
—Indeed —concedió, y suspiró—. Imagínate que sí nos hubiéramos ido, como Giselle. No sé qué estaríamos haciendo ahorita.
—Pues seguramente estaríamos en la escuela, como todos.
Nos quedamos en silencio. La pantalla de la laptop se apagó y el débil sonido de una escoba barriendo nos llegaba desde fuera. Realmente la estábamos pasando mal. Todos los días era lo mismo: buscar entretenerse en internet mientras todos los demás trabajaban o estaban en la escuela. Las amas de casa eran las únicas que se quedaban, como nosotros. Pero ellas sí hacían cosas productivas. Seguir así nos terminaría matando; la mente ociosa no lleva a nada bueno.
—Y es que… ¿Sabes qué es lo más triste? —habló Alfonso.
—¿Que no estamos avanzando en la vida?
Alfonso arrugó la frente.
—Pues, también. Pero no iba a decir eso… Es que caigo en el celibato cuando Giselle se va.
—Uy. No pues la verdad sí está cabrón. Antes no se te ha caído por no usarlo —me reí y el rió conmigo—. Na’, los dos sabemos que si llegaras a perder a Giselle, te lo cortarías.
—¡Uta, que si no! Ya nada tendría sentido —asentí—. Pero uno tiene necesidades… —agregó.
—Eso que ni qué. Ahora que lo dices, tengo chingos de tiempo sin coger, güey. Y pues uno se llega a cansar de tanta chaqueta.
—Sí, güey, sí pasa. Aparte no es lo mismo. ¡Me caería a toda madre meterlo en algún lado!
—¿Qué insinúas? —volteé a verlo.
—Pues que estaría chido coger, güey. El cuerpo lo pide.
—Ah, no, pues al chile sí —concedí.
Sentado, me incliné hacia delante y entrecrucé mis dedos, sin dejarlo de ver.
—Y una mamada no estaría mal, ¿verdad?
De pronto Alfonso brincó del sofá y empezó a gritar:
—¡No mames, güey! ¡Pinche joto asqueroso! ¿Creíste que no me daba cuenta o qué?
—¡No digas mamadas, pendejo! —También levanté la voz—. Yo nomás te seguía la plática.
—Pues que platiquitas… —dijo con sarcasmo.
Nos quedamos en silencio un rato, sin mirarnos. El sonido de la escoba había desaparecido y un silencio pegajoso bañaba la habitación.
—Y ni hay con qué pagarle a una puta —dijo Alfonso, destruyendo el silencio.
—Pues una vez escuché a alguien decir que si no hay besos, no es jotería…
—Y tampoco nos vamos a encuerar —respondió instantes después.
—Pues, no —contesté.
—Piedra, papel o tijera a ver quién va primero —sentenció.





