Columna Volutas

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Domingo de misa

Ángel Guerrero Uribe

Entonces estás acostada en la cama, masturbándote, tirada boca arriba con el pelo desarregladísimo por el sexo y con las piernas flexionadas hacia tu espalda. Miras hacia arriba y sigues tocándote, como con desinterés.

Me ves caminar por la habitación, fumando un Lucky Strike rojo. Desnudo, claro; seco, después de tus senos y tu espalda, tus clavículas y tu boca. Ves una sonrisa en mi rostro; sabes que me encanta terminar en tu boca y el sonido de tu garganta al tragar, verte cerrar los ojos y recibir mi semen como una hostia un domingo de misa, pero no es el fluido sino tú, la representación del sacrificio en la eucaristía.

Me escuchas decir: en otra ocasión será tu espalda, tus piernas, tu vientre y dentro de tus nalgas. Sonríes. Conoces bastante bien esa sensación de mi miembro apresurando el semen dentro de ti. Estás húmeda otra vez.

Te acaricias como sólo tú, mejor que nadie, pero con pasmo. Escuchas una pregunta: ¿Estás cansada? No me contestas; tu mirada sigue el humo que flota y se desvanece ante tus pupilas aferradas a encontrarlo, aunque el cigarro se haya extinto ya. Cierras los ojos y detienes las caricias, pero no quieres parar. Deseas otro cigarro para continuar; me ves encenderlo. Tus pupilas regresan atentas como si en el humo leyeras lo que traducen tus dedos.

No hablas ni escuchas palabra alguna. El olor del tabaco se mezcla con el del semen en tu piel y el sudor en las sábanas. Has cerrado los ojos. Pareces concentrada; lo dicen tus cejas, tus dedos implacables. Sabes que sonrío, una vez más. Sabes que siempre me ha fascinado ver cómo te tocas.

El calendario de pared enuncia “3 de julio”. Lo sabes. Lo has sabido desde que entraste a la habitación. Piensas en eso: en aquel altercado en la casa de playa. Te ríes con una gracia fatal. Recuerdas a la perfección ese día, el día en que nos conocimos; lo que hicimos en esa ocasión y en todo lo de esta noche. Te encanta.

Ya casi va a amanecer, y tú sigues embelesada jugando con tu clítoris. Tus piernas tiemblan. Las estiras, las abres. La escena es conmovedora porque así debió verse María sin esas fantasías del Espíritu Santo, radiante de gozo y humedad. Con la yema del índice apenas rozas ese punto de discordia, como diciendo ven. Presientes la cercanía, sientes mi saliva en tu sexo y tus gemidos enredan a las caricias. Eres penetrada. Saboreas la suavidad del desliz. Tu respiración se altera y tus músculos se crispan ligeramente, gradualmente. Sonríes luciendo un colmillo, y estás ansiosa por quedarte dormida después del orgasmo, como cuando tu marido se escandalizó aquel 3 de julio.

Ángel Guerrero