Crónica de una serie de eventos desafortunados (no) anunciados
Ángel Guerrero Uribe
El pasado seis de octubre, asistí junto a Gonzalo a la IV Exposición de Fotos antiguas de Ciudad Victoria. Debo confesar que no sabía del evento; es decir, no tenía idea de que ha habido tres exposiciones anteriores a esta. Me enteré de todo esto al ver un promocional en Facebook, el cual compartió Andy, vocalista de la banda de rock “Dorian”, con cuyos integrantes tengo cercanía. El promocional indicaba la permanencia de la exposición, la colaboración de un café –aparentemente nuevo, puesto que no me sonaba el nombre: Frambuesa y miel– y la participación de algunos músicos locales. Según la información, todo esto se desarrollaría del seis al catorce de octubre. Finalmente, fui invitado junto con otros amigos cercanos de la banda, a asistir al arranque del evento, ya que Dorian tocaría ese día.
Había quedado con Gonzalo de vernos en el lugar del evento, la “casa amiga” del general Reséndez, en el 17 Guerrero. Quedamos a las 7:30pm, pero al enterarme de que Dorian tocaría a las 6:00, decidí llegar a esa hora y avisar a Gonzalo. Ya en la inauguración del evento, la cual duró alrededor de media hora, entre la presentación de invitados y autoridades y comentarios sobre la Casa y sobre la familia, empecé a notar que el público estaba constituido sólo por adultos, quienes estaban reunidos en la acera correspondiente a la entrada de la Casa. Además, parecía como si se hubiesen arreglado especialmente para el evento. Lo cual no está mal, pero mi playera del troncomóvil de Los Picapiedra desentonaba con el resto de los atuendos. También noté que otro público observaba desde el camellón del 17 –junto a ellos, mi playera del troncomovil iba mejor–.
Durante la inauguración, me encontré con Américo, quien me avisó que iría al evento; después llegó Gonzalo. Pude ver cómo algunos de los integrantes de Dorian entraron a la casa llevando sus instrumentos. Cortaron el listón (se ocuparon cinco o seis tijeras, es decir, una para cada persona implicada) y se dio acceso a los asistentes. El pasillo principal de la Casa parecía que sufriría una trombosis.
Al atravesar el pasillo principal, se llega a un pasillo perpendicular a éste, el cual lleva a las habitaciones donde se encontraban alojadas las fotos. Asimismo, el pasillo principal conduce al patio. Me dirigí hasta el fondo del patio, ya que ahí se encontraba la banda. Los saludé y les pregunté qué procedía, entre ruido de multitud y una bocina que hacía de altavoz para quien-fuera-que-estuviese-hablando; su voz era apenas inteligible. La gente iba de un lado a otro. Me sentía como un niño observando a hormigas confundidas. Era muy fácil engentarse.
Los integrantes de la banda parecían confundidos. Entonces volví a hacer una pregunta: ¿a qué hora van a tocar? “Pues nos dijeron que tocaríamos mientras la gente hiciera el recorrido”, y agregaron: “Pero falta conectarnos”. La verdad me pareció bastante extraño, porque lo primero que hace un músico es instalarse en su espacio, conectarse y hacer prueba de sonido. “Es que no nos dijeron dónde conectarnos, y cuando nos dijeron, los contactos estaban ocupados.” Ocupados por una televisión y la bocina ininteligible. Entonces me pregunté: si el plan es que alguien hablara durante el primer recorrido, ¿cómo iba a ser escuchado si los músicos estarían tocando? No tenía mucho sentido.
Gonzalo y Américo se habían retirado y regresaron con un par de refrigerios del ambigú y refrescos. Entonces, también vi a las demás personas buscándose un lugarcito para ingerir sus alimentos, mientras otros sólo estaban de pie platicando en parejas o pequeños grupos. La sensación de engentarse seguía en aumento y la bocina ininteligible contribuía a esto.
Los Dorian me siguieron contando sobre la situación y dijeron que los culparon por no tener lugar dónde conectarse, pero, ¿no se supone que los organizadores del evento designan el lugar para los músicos? Al final no supe si usaron un multicontacto que traían en su equipo para proveerse de electricidad, o si la bocina ininteligible se había detenido. Para esas alturas, yo ya había dejado de escucharla y el sonido de la multitud se parecía a escuchar el silencio.
La banda empezó a tocar en un espacio reducido. Sólo algunas personas les prestaban atención. Daba la impresión de que los asistentes no iban a escucharlos. Es decir, fueron anunciados como parte del evento, pero parecía que a la mayoría de los asistentes les interesaba más seguir conversando que escucharlos. Tan sólo unas cuantas personas bailaban, cantaban o aplaudían. Incluso una señora que estaba cerca de nosotros les pidió canciones de los Beatles porque, de acuerdo con ella, “les salen bien bonitas”. Bueno, al menos algunos asistentes sí los conocían y disfrutaban de su interpretación.
Desde mi posición, es decir, desde el fondo del patio a un costado de la banda, pude ver cómo un señor de camisa blanca hablaba con una señora vestida de rojo. Apuntaba hacia donde yo estaba. Como siempre he sido torpe para entender las señas, pensé que me dirían algo o que había un problema. Sin embargo, lo que sucedió fue un silencio estruendoso. A la mitad de la canción “No dejes que”, de Caifanes, Dorian fue cortada. Las caras de los músicos eran un espejo en el cual me veía de frente. Estaba igual de confundido que ellos.
La señora de rojo tomó el micrófono y dijo algo a propósito de Ciudad Victoria. Los integrantes de la banda sólo retrocedieron, como ocultándose. Para ese entonces Américo ya se había retirado y yo compartía miradas desconcertadas con Gonzalo. La señora de rojo empezó a recitar un poema algo extenso sobre Ciudad Victoria. Parecía un poema como de inicios de algún siglo remoto. Por la expresión y el comportamiento de la banda, supuse que eso no era parte del programa. Uno no puede hacerle eso a un grupo musical, a cualquier grupo artístico o persona en pleno acto. Me acerqué a Valeria y le pregunté si no podían indignarse e irse. Ella sólo se rio y continuó en el celular.
La señora de rojo terminó su declamación y la gente –que ya era menos– estalló en aplausos y algarabía. En seguida otra señora tomó el micrófono y empezó a contar algo relacionado con Gómez Farías y Ciudad Victoria, dónde nació y dónde siente pertenecer o algo así. Eran las 7:20 o 7:30pm para entonces. Había avisado a Valeria que me retiraría alrededor de esa hora para ir a ver la presentación de Sierra Madre Sound –un trío de músicos locales con composiciones originales donde mezclan diferentes sonidos–. Así que confirmé mi retirada y me despedí.
La presentación de Sierra Madre Sound da para otro texto. Lo que me llama especialmente la atención después de todo el desastre y lo mal que se portaron con Dorian, es que la colaboración del café y el resto de los músicos fueron canceladas. Al día siguiente, Andy arrancaría con Frambuesa y miel, el café; y el músico de nombre Lino Maldonado sería el primer invitado. El asunto fue que se cancelaron ambas cosas.
La noche del domingo Andy nos contó que una persona –no estoy seguro si propietario de la Casa– le dijo que no podía llevar a cabo las presentaciones musicales porque nada tenían que ver con las fotos antiguas. Pero ¿no resulta atractivo para el público ir a tomarse un café, escuchar música en vivo y entonces ver la exposición? Es una experiencia bastante completa y todos ganan. Pero creo que los organizadores o propietarios, quienes hayan sido, no pensaron eso. La iniciativa de dar espacio a los artistas locales y al emprendimiento de un negocio que quizá resulte en una propuesta diferente a lo ya existente en la ciudad, una vez más, resultó en fracaso.





