Columna Rutinas y Quimeras

Rutinas y quimeras

El Versalles español

El cielo de Madrid volvió a sacarme lágrimas como la primera vez que llegué al aeropuerto de Barajas, era cerca del mediodía y parada en la puerta lloré de emoción al estar nuevamente en la vieja Europa. Es una emoción extraña, porque es como si de pronto estuviera en un lugar que es propio y ajeno al mismo tiempo.

Propio, porque hay tantas cosas que he visto y leído de esta tierra, que cuando llego, las reconozco de inmediato como mías; pero ajeno, porque sé que estoy a miles de kilómetros de casa y que un océano me separa de mis cosas cotidianas.

Recorrimos las avenidas a toda velocidad, en un taxi cuyo chofer mudo y con un mal gesto nos mostró que habíamos llegado al hotel, poco nos importó su trato agrio, porque nuestro entusiasmo era más grande. Instalados frente a la estación de trenes de Atocha, afinamos los relojes con el nuevo huso horario, activamos el servicio de internet y nos comimos el último pan del Globo que generosamente Mao, uno de nuestros editores nos había obsequiado en Monterrey “para el viaje”.

Cargados de energía y después de estudiar el mapa, salimos a caminar rumbo al Museo del Prado. Entramos a un pequeño restaurante, donde un viejo mesero con cara de hartazgo nos atendió, aunque muy profesional en su servicio nos ofreció paella como menú del día; esa tarde anduvimos Madrid, reconociendo lo ya conocido, era la cuarta ocasión que estaba ahí, y aunque las calles y monumentos son los mismos, la experiencia siempre es distinta.

Al salir del restaurante, nos fuimos al Museo del Prado, para mi grata sorpresa estaba una exposición de Fra Angélico, uno de los pintores tempranos del Renacimiento; la exposición se promocionaba con el cuadro más conocido del pintor “La Anunciación”; pero se eligió un fragmento de la imagen donde aparecen en segundo plano Adán y Eva saliendo del paraíso; pensé que tal vez era para darle un tono más terrenal y menos religioso a la publicidad, pero sin duda me pareció desafortunada porque se descontextualiza la obra en su conjunto que es muy bella.

Aprovechamos para visitar el Edificio de la Real Academia de la Lengua que está a un costado del Museo y disfrutar la fachada de la iglesia de San Jerónimo del Real donde se dice que Carlos V tenía por costumbre retirarse a orar.

De regreso al hotel caminamos por el Paseo del Prado para disfrutar el monumento a Goya, la fuente de Neptuno y la soberbia estatua de Velázquez, el gran pintor español, cuya obra alberga el museo.

Por la noche fuimos a la Puerta del Sol, rebozaba de gente, como una torre de Babel, nos confundimos en las calles con turistas, parroquianos y vendedores ambulantes de origen africano que dedican gran parte de su tiempo a esquivar a la policía. En el kilómetro cero estaba un Mariachi que cantaba y pedía dinero; como las multitudes no son mi fuerte, comimos un bocadillo en una cafetería y nos fuimos a luchar en contra del insomnio que da la primera noche con el cambio de horario.

Al siguiente día indagamos como visitar el Palacio de Aranjuez, la guía nos dijo que en Atocha tomáramos un tren de cercanías, que pasaba por muchos pueblos, pero el destino final era Aranjuez. Por unos cuantos euros la máquina expendedora nos aventó dos boletos, fue entonces cuando entramos a la España profunda sentados en un vagón, viendo gente subir y bajar, en pláticas ordinarias, con sus asuntos de rutina; jovencitas, señoras, trabajadores manuales, todos en un trajín, indiferentes a nuestras miradas.

De pueblo en pueblo la gente subía y bajaba, El Casar, Gadafe, Pinto, Valdemoro, Cienpozuelos y finalmente, después de media hora llegamos a Aranjuez. Bajamos junto con todos los pasajeros, pues ahí se acababa la ruta; como no sabíamos dónde estaba el Palacio, seguimos a la gente, algunos tomaron un camión que estaba estacionado fuera de la estación, otros subieron a taxis, pero la gran mayoría empezó a caminar hacia un mismo rumbo, los seguimos por pura intuición y llegamos a una larga calle arbolada que tenía un ancho andador de tierra, a unos cuantos pasos encontramos un gran mapa que nos indicaba donde estábamos, donde el palacio y donde el pueblo.

Para nuestro destino bastaba que siguiéramos caminando recto para llegar al palacio, después de 10 minutos entramos a una amplia explanada, al fondo una construcción muy grande pero de fachadas descuidadas, no se veía imponente pero si extensa, dispuestos a cruzar el espacio para llegar a ella vimos parado un trenecito rústico, nos acercamos y el chofer nos indicó con una seña la ventanilla de una pequeña cabina donde se vendían los boletos, eran cerca de las 12 del día y la mujer que nos atendió dijo apurada, “ya estoy cerrando, no se pueden bajar del tren en ninguna parada porque este es el último del día”, el boleto decía Chiquitren de Aranjuez 1 euro.

Subimos con otros pocos pasajeros e iniciamos el recorrido turístico; el Chiquitren nos llevó al pueblo que estaba a una distancia de 10 cuadras, ahí nos mostraron los edificios más emblemáticos, después fuimos a los jardines del palacio y al término de una hora, el recorrido llegó a su fin en el mismo lugar donde había empezado.

Ahora si cruzamos la explanada y entramos al palacio, ahí las tarifas para recorrerlo eran de nueve euros, pero los profesores entraban gratis, entonces pregunté, ¿solo los profesores de España o los de todo el mundo? Sonriendo, la mujer que estaba en la taquilla dijo, “los profesores son profesores en cualquier parte del mundo siempre y cuando tengan su credencial vigente”; sacamos las de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, las observó y oprimió un botón que nos escupió dos boletos con un costo de 0 euros.

Fue entonces cuando empezó una de las experiencias más extraordinarias que he vivido en este viaje, caminamos por salas y salas y más salas repletas de pinturas espléndidas, muebles elegantes, acabados de tapices y lujosas decoraciones cuya sola contemplación alegra el alma, sublima los sentidos; pero tal vez lo más extraordinario fue poder recorrer todo el palacio sin más visitantes que nosotros, casi al final me acerqué a una guardia que discreta nos observaba en una de las salas; le pregunté que si por lo general el palacio tenía pocos visitantes, “casi siempre está solo” nos dijo “los fines de semana es cuando hay un poquito más gente que viene de Madrid, casi no viene gente del extranjero, todos los turistas se los llevan para Toledo pero nadie promociona Aranjuez”; le comenté que el lugar me recordaba Versalles, en Francia, con la salvedad que aquí uno puedo disfrutar el recorrido sin lidiar con las multitudes; la guardia, una joven que no pasaría de los 25 años bajando la voz me dijo, “yo nunca he ido a Francia, pero creo que esto es muy bonito como para que el gobierno no lo promocione, yo soy de Aranjuez y me gustaría que viniera más gente a conocerlo, podérselos mostrar, porque nosotros estamos muy orgullosos de tenerlo aquí”, seguimos el recorrido y me fui pensando que tan bueno era que siguiera así, sin la presencia del mal llamado turismo cultural que solo busca la foto sin valorar el patrimonio.

Ya casi en la última sala nos abordó un hombre de edad avanzada que nos había escuchado platicar y nos contó que él se había ido a vivir a Aranjuez con su familia ya retirado de trabajar y que iba diariamente al palacio a disfrutarlo, retomó la plática de los pocos visitantes y nos contó de la problemática de los bienes culturales en España, algunos en propiedad de los ayuntamientos otros del gobierno nacional, los presupuestos, las riñas entre funcionarios. Desnudó la difícil situación del patrimonio cultural y los presupuestos.

Salimos cerca de las tres de la tarde del palacio, gozosos de ver tanta belleza; con hambre, nos encaminamos hacia el pueblo para buscar donde comer, era tal vez la hora de la siesta porque todo se encontraba cerrado y las calles vacías, pero hallamos un discreto restaurante “La Almazara” que ofrecía el menú del día con tres platos y postre incluido por 10 euros, entramos al local vacío, solo ocupado al fondo por una familia que al parecer eran los propietarios. Un joven se levantó de la mesa, nos acercó las cartas del menú y nos hizo recomendaciones de platillos.

Cerca de las cuatro de la tarde regresamos a la estación de trenes, preguntamos por el que iba para Atocha, nos dijo una señora que estaba por salir y que ella iba a sol; nos subimos dudando si estábamos en la dirección correcta, después de un rato, Ambrocio me susurró, “lo que quiso decir la señora es que va a la parada de la Puerta del Sol, es decir, al mero centro de Madrid”; en seguida me empezó a contar que él había venido a Aranjuez en 1990, con un grupo de amigos, “veníamos ya muy tarde por carretera y un español que nos acompañaba nos trajo para mostrarnos, como él le llamaba, el palacio más bonito de España, solo lo vimos por fuera porque era de noche, lo recuerdo muy grande y majestuoso, esa imagen se me quedó grabada y siempre había querido regresar”.

Le respondí que yo había conocido la palabra Aranjuez por el concierto de Joaquín Rodrigo cuando en la adolescencia me empezaba a aficionar por la música clásica, “ya en la universidad me enteré que era un palacio donde los reyes venían a cazar desde la época de Isabel la Católica y mucho tiempo después supe que era el nombre de un pueblo cercano a Madrid” y agregué “ahora sé que es el Versalles español”; reímos y abrazados nos bajamos en Atocha como el otro Joaquín, sí, Joaquín Sabina.

E-mail: claragsaenz@gmail.com