Columna Avenida Girón

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Señor Churchill de Monte Cristo

Por Américo Rodríguez

Agosto del 2016, daba inicio el periplo junto a mis compañeros dentro de la licenciatura en Historia y Gestión del Patrimonio Cultural. Ninguno de los Hijos de Cronos podíamos vislumbrar lo que nos deparaba entrar a tan atrevida carrera; subversiva, revolucionaria, a contracorriente… era un acto suicida y nosotros los kamikazes listos para sucumbir. Todos parecíamos bayonetas en un campo minado, pero no contábamos con que, entre el fuego cruzado de la trinchera, surgiría la gallardía materializada.

La camaradería fue casi instantánea, fecunda ante la opresión con que fuimos recibidos, junto a la incertidumbre de ser la última generación de Historiadores formados en la Unidad Académica Multidisciplinaria de Ciencias, Educación y Humanidades de la Universidad Autónoma de Tamaulipas; nietos académicos de la Doctora Carmen Olivares y el Doctor Álvaro Matute Aguirre. El optimismo parecía el último bastión al cual nos podíamos aferrar ante la estrepitosa embestida que nos auguraba el panzer administrativo.

Algo bueno tenía que haber para todos, al menos para quienes resistimos, y no soportamos la vergüenza de la indiferencia institucional.

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. No todo era miel sobre hojuelas o un paseo en columpio; declinaron al sonoro irrumpir del combate algunos compañeros. Decidieron que su suerte no estaba en manos de un tal Heródoto, que su porvenir no estaría plegado de bonanza al escudriñar ¿Qué es la Historia? ¿Para qué sirve? ni siquiera el sabor del queso y los gusanos los pudieron persuadir. Partieron al garete, partieron.

Entre imprecisiones, y uno que otro infortunio, avanzábamos a paso firme. Del ejemplo de varios maestros, aprendimos a no desfallecer aunque la cuesta fuera dura, impredecible, hasta llegar a ser una montaña de la locura, como H. P. Lovecraft lo apuntaría. Claro, los lazos fraternales se irían fortaleciendo, haciéndonos salir abantes día a día.

Admiraba a cada uno de mis compañeros y compañeras, donde había un abanico de virtudes, imperfecciones, talentos, y sobre todo, se respiraba en el ambiente la solidaridad. Cada uno contaba con una historia, con un bagaje, arrastrando filias y fobias, sin sabores que se fueron convirtiendo en anhelos. De distintos puntos de la ciudad, como si nos tratáramos de algún grupo cazador recolector; los transterrados, también se abrirían camino, haciéndose notar, por su bienaventuranza, su valía y el deseo de aprender y servir a los demás.

Llegaron las primeras excursiones académicas y de esparcimiento, donde el mal llamado altiplano Tamaulipeco fue nuestro primer destino, de la mano del creado pueblo mágico: Tula (debut de las hordas). Le siguió la siempre señorial ciudad de San Luis, la mirada hechizante y decadente de Real de Catorce, así como otros lugares de valor histórico.

No fue hasta el Encuentro Nacional de Estudiantes de Historia (2017), el cual tuvo como cede, la Antigua Valladolid, hoy Morelia, donde reconoceríamos nuestras fallas y fantasías. La cortina se caería, mostrando nuestros verdaderos rostros. El zenit del viaje, no fue el destino en sí, más bien fue el mismo trayecto, tanto de ida, como de vuelta. Ítaca volvía aparecer.

La travesía reflejo todos aquellos fantasmas guardados en el ropero.

Nuestro capitán de guarnición: Antonio Montoya Arreola. Oriundo de donde la vida no vale nada y el sueño cristero sigue las márgenes del mito y el sueño, Guanajuato. Para el, la palabra amistad, conlleva un compromiso más que significativo; es dar todo o nada. No existe en su vocabulario el término medio.

Conocedor de casi toda la república, mil usos, y casi podría jurar que sabe hacer una bomba atómica o nuclear (aunque el solo esboce una sonrisa de complicidad y espontanea), pues es un estuche de sorpresas. No hay cosa que no preguntes o quieras hacer, donde el responda, proponga o sea el primero en buscar cómo arreglarlo o hacerlo. Sea lo que sea.

Aquel hombre de aspecto rudo, gesto serio y temple de acero, nos daría a conocer un bonachón por naturaleza; sabio como solo el diablo puede ser. Fiel seguidor de los Yankees de Nueva York y Medias Blancas de Chicago. Con sus anécdotas interminables de niñez, adolescencia y ahora en su juventud, nos cautiva con tan solo esbozar alguna palabra, cual flautista de Hamelin.

Inalcanzable como pocos pueden ser, se mantiene al rigor de la balada, consciencia pura de quien somete su voluntad en pos siempre hacer el bien. Antonio jamás escatima a la hora de la verdad. Franco hasta la medula, sin reparar en expresión; su medida no tiene límites.

Y no es adular a su persona, es reconocer la calidad que hay en él. El ser maravilloso que con ahínco y bravura, ha sabido sortear los pesares que se le han presentado. Pues así como una vez sintió el gélido frio dantesco en los Azufres (Michoacán), siempre da una buena cara a las penurias, pero también sabe mantenerse firme en sus convicciones, en sus creencias, así como tolerar aquello que no cuadre en su vivir.

Con su tan elocuente y característico estilo de amonestar, nos hace ver desde sus fallas, como podemos enmendar nuestros errores, aprender de ellos, como si fuera aquel hermano mayor que siempre quisimos tener, al menos yo lo siento así.

Tal vez, la vida nos tiene mayores sorpresas por disfrutar, súper tazones por los cuales lamentar o festejar, formulas 1 para desvelar, guardando la compostura en cualquier lugar. Porque ni yo, ni quienes te tenemos en grane estima, nos imaginábamos poder recibir en nuestras vidas a tan grata persona, a la cual podemos llamar AMIGO.

Y ahora que el eterno padre le concede otro júbilo otoñal para su vida, solo deseo que siga siendo aquel mismo hombre que conocimos hace casi 3 años. Aquel que nos hizo recordar, que aunque la senda sea pedregosa, y sintamos que no podemos continuar, siempre podremos contar con ese martilleo constante e intenso, el cual, retumba para quienes le queremos y apreciamos. Que la dicha se desborde por completo, donde todo sus deseos sean concedidos al por mayor. Y ante ello, nos congraciamos en tan solemne festividad.

Feliz Cumpleaños, Señor Churchill de Monte Cristo