
Esto del fútbol resulta tantas veces incomprensible que, probablemente, no haya verdad absoluta alguna. Sólo mentiras. El Barcelona, celebrado finalista de Copa, que llevaba marcando al menos un gol en sus últimos 29 partidos, fue incapaz de batir al recién ascendido Getafe en el Camp Nou. Sumaron los azulgranas un solo punto y al Atlético ya se le adivina esa mirada inyectada en sangre. Ya está a siete de distancia. Tan lejos. Tan cerca. En el fútbol, lo dicho, nunca se sabe. [Narración y estadísticas]
A veces, no hay nada como incrustarse en la caja de resonancia de la grada para entender lo que está ocurriendo. Debe uno olvidar por un rato la eficacia de un dibujo o la idoneidad de una cobertura. Basta con ir atendiendo al devenir emocional de la grada. En este caso, la del Camp Nou, que presentaba su mejor entrada del curso.
Faltaban cinco minutos para que llegara el descanso. El Barcelona no había sido capaz de disparar a puerta. Yerry Mina, en su estreno como titular, bastante tenía con que no le temblaran demasiado las piernas. Y el Getafe, al que ya se le conocían sus buenos fundamentos defensivos, cada vez se entrometía más en el área de Ter Stegen. Y la hinchada explotó. Quizá fuera por la reiteración de faltas del rival. Por las pérdidas de tiempo. Quizá porque viera un penalti a de Bruno a Messi o entendiera que el colegiado, Fernández Borbalán, se equivocó al anular correctamente un gol de Luis Suárez por fuera de juego. Qué más da.
Los motivos de la frustración, sin embargo, había que encontrarlos en el trabajo de orfebrería de José Bordalás. El técnico que ascendió al Getafe a Primera no ha desaprovechado la oportunidad de su vida en su estreno en la máxima categoría. El equipo del sur de Madrid luce una estadística de esas que intimidan a la burguesía. Se trata del tercer conjunto menos goleado del torneo, sólo por detrás del Barcelona y el Atlético. Además, llegaba al Camp Nou sin haber encajado un solo gol en siete de sus partidos. Ya son ocho.
Y el Barcelona, tras los fastos por haber alcanzado la final de Copa, cada vez más pendiente de la purpurina de la Champions, acabó por meterse en un lío tremendo. Ya le había ocurrido en el partido de la primera vuelta, tarde en la que tuvo que remontar un marcador adverso gracias a Denis -quien lleva seis encuentros en barbecho- y al primer zapatazo redentor de Paulinho.
La reestructuración a la que se vio obligado Ernesto Valverde dada las ausencias en defensa acabó por condicionar a todo el conjunto. Sancionado Umtiti, lesionado Vermaelen y lastimado Piqué, el centro de la zaga lo formaron Yerry Mina y un lateral zurdo, Digne. Se hartó Busquets a retroceder, bien para vigilar la estabilidad del colombiano, bien para iniciar el juego. Ello dejaba a Rakitic sin opciones de generar superioridades visto que, ausente de inicio Iniesta, sus compañeros en la zona ancha del 4-4-2 eran Coutinho -mucho mejor finalizador que constructor- y Alcácer, que no deja de ser un delantero
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