Avenida Girón

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De Rojo y Olvido

Américo Rodríguez

Todo victorense desde su nacimiento se ve inmerso con el paisaje. La sierra madre oriental es parte de la identidad serrana de la capital Tamaulipeca, cual madre arropa a sus hijos y da protección desde la salida del primer rayo del sol, hasta que el crepúsculo se vuelve inevitable. La identidad en victoria, pareciera integrarse por un cumulo de vivencias, errores, desazones y un gran orgullo que se bifurca con aquellas viejas glorias y las memorias guardadas en el baúl de nuestros queridos ancianos.

El apego que he desarrollado por mi ciudad es auténtico, pero no cae en el fanatismo regionalista del cual muchos son partidarios ¡Ojala termine un día!

Tengo un sinfín de lugares favoritos en la ciudad y fuera de ella, entre los que puedo mencionar, serian: la casa del arte, la calle Hidalgo, el conjunto habitacional del FOVISSSTE, avenida Francisco I. Madero, entre otros que por esta vez omitiré, pues ya será otra ocasión en que pueda hablar de ellos. De todos los lugares que hay en mi localidad, siempre hubo uno que tuvo una fuerte atracción conmigo. El camino rojo, tramo anexo del famoso camino Real a Tula.

Mi primer acercamiento con el camino rojo fue de manera indirecta por medio de mi tío “Colacho” (+), quien era un hombre de montaña, un hombre a prueba de todo, estaba hecho de otra madera. Amaba tanto la sierra y el recorrerla, que uno de sus deseos al morir, era que sus cenizas fueran esparcidas en ella. Entre sus aventuras, llego a contar sobre el ya mencionado camino, claro que, desconocía el valor histórico que contenía. Ante tal desconocimiento, este lo balanceaba mediante su apreciación y localización de cada tramo, cueva o punto inhóspito que guardara algún eco del pasado.

Mi interés por conocer el camino rojo creció a partir de una serie de conferencias efectuadas en la Unidad Académica Multidisciplinaria de Ciencias, Educación y Humanidades de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Dichas conferencias tenían la finalidad de dar a conocer y poder disfrutar el patrimonio natural, histórico y cultural. El proyecto que presentaba como actor principal al camino rojo, tenía huecos, carecía de “hacer conciencia” y no guardaba las consideraciones que conlleva gestionar el patrimonio… un verdadero bodrio.

Las disertaciones no se hicieron esperar entre mis compañeros (incluido yo) de licenciatura, las criticas eran sonoras, repletas de repudio hacia lo turístico y con el ánimo de poder crear algo mejor a futuro, algo que preserve nuestro patrimonio y sea de verdadero goce para todos, pero entre todo ese ir y venir, teníamos algo en mente: el recorrido por el camino no podía postergarse más. La fecha jamás fue programada, solo quedo suspendida para ser retomada después.

Tras varias veladas al son de Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez y Queen, así como de largas caminatas por el camino real, la peñita, viajes a ciudad del maíz, real de catorce, el sabinito, entre otros sitios arqueológicos y de valor histórico. Se veía con mayor intensidad la visita al camino rojo; la hora ya estaba marcada, de igual forma los integrantes que sortearían dicha travesía tenían el día apartado.  El camino rojo ya no era un espejismo, se materializaba y se hacía visible ante el júbilo de todos.

La ocasión era especial, un día antes de mi cumpleaños  seria la fecha pactada para partir a nuestro rumbo. 28 grados y rompía el alba; soleada, brumosa, húmeda, repleta de incertidumbre, una típica mañana dominical nos daba la bienvenida. Nuestro destino se adentraba hacia la sierra madre oriental, partiendo desde la antigua carretera a Jaumave hasta llegar al ejido el Huizachal, donde el descenso parecía contar con tintes dantescos.

Tal empresa estaba conformada por historiadores, gestores culturales, agrónomos y lingüistas; toda una comunidad, solo que nuestro Gandalf no era aquel Mithrandir que nos diera guía por el camino Rojo, más bien, era una hija adoptiva de San Marcos Evangelista. La comunidad Roja estaba con una gran emoción, ya que el recorrido tenía cocinándose desde ya varios meses.

Nuestra mirada quedo atónita, extasiada ante semejante deleite de panorámicas que la naturaleza de manera bondadosa nos regalaba. Antes de comenzar el pequeño tour, nos detuvimos a ver la obra de aquel proyecto que tiempo atrás habíamos escuchado en el auditorio de la UAMCEH; unas cabras captaron nuestra atención, por lo que decidimos tomar unas cuantas fotos del recuerdo. Tan solo era un preámbulo de lo que nos deparaba el paisaje.

Quedamos absortos ante el cuadro que la sierra de manera espontánea nos obsequiaba; era toda una revelación, y Gaia se deleitaba con nosotros. Bastaron unos minutos para contemplar y embelesarnos con aquel banquete visual.

Conforme avanzábamos, el paisaje y la plática, que no puede faltar jamás, iban transmutando, del exilio de Juan Manuel Serrat en 1975, pasando por los parcos chistes de historiador, sin olvidar el “aquellos tiempos”. El júbilo se encontraba desbordado… La joya de la corona todavía esperaba paciente nuestra llegada.

Varias ocasiones llegue a preguntar ¿Cuándo llegaremos a la quinta del Olvido? la misma quinta donde se fue a desterrar el controvertido Obispo Eduardo Sánchez Camacho, aquel que mediante una reflexión teológica negaría a Juan Diego y a la virgen Guadalupana (siendo excomulgado). Había escuchado de todo, entre charlas académicas, de ocio, incluso leído artículos referentes a su persona, sin dejar pasar sus memorias: Ecos de la quinta del Olvido (las cuales aún no tengo el privilegio de leer). Pese a todo, mis expectativas eran altas, y no quede defraudado.

De pronto nos detuvimos, y a lo lejos, pudimos divisar una construcción que se erigía en un pequeño paramo, el cual me recordaba al Gólgota, sitio donde Jesús de Nazaret fue crucificado; mi corazón estaba volcado, no sé si el de los demás igual, pero los sentimientos se mantenían a flor de piel. Dejamos la camioneta a cierta distancia, por lo que tuvimos que caminar cuesta arriba, con lunch incluido, botellas de agua y una sorpresa que nos deparaba nuestro amigo Montoya: jícama, chayote, pepino con limón y Tajín. El snack perfecto para el recorrido.

La quinta del Olvido se convirtió en una verdadera epifanía, como si hubiésemos dado con la mítica Tamaholipa. Las mochilas quedaron tiradas, pues quien podría robárselas, mientras nosotros recorríamos los muros de aquella abandonada y deteriorada edificación, donde el tiempo cobro la factura para el Olvido. Las fotos fueron al por mayor, buscando el mejor ángulo donde se apreciara cada centímetro, cada recoveco  donde vivió alguna vez el Obispo rebelde.

Quede suspendido por un instante y recordé las palabras que el maestro Ambrocio López me dijo algunas veces respecto a mis gustos: “usted gusta por las paredes viejas, el ver cine de miseria, tal como El Apando, Las Poquianchis, El Castillo de la Pureza… Usted gusta por lo decadente, sin olvidar el paisaje Rulfiano”.

Inevitablemente, pude comprender que el recorrido, no hubiera sido el mismo sin la compañía de mis amigos, de mi amor por la historia, mi quisquillosa curiosidad por lo cotidiano y lo olvidado. El camino rojo fue catarsis, donde nuestros pesares quedaron mitigados, aunque fuera solo por unas horas, pues al regresar a la ciudad, nos esperaba el hocico del diablo (expresión del buen amiguerrero Ángel), su calor sofocante y los infortunios de vivir con un gobierno endeble y simulador.