Columna Rutinas y quimeras

Esta columna la escribo a petición de mucha gente que me pidió contara mi experiencia personal con el Covid en aislamiento.

Cuando me di cuenta que los frijoles refritos en manteca de puerco que estaba guisando no olían a nada, recordé que Ángel Guerrero me había comentado que el Pinol para trapear era la prueba de olfato que él había pasado cuando se recuperó del Covid y que tenía bonito aroma. Así que corrí a oler la botella que tenía en el armario y me sorprendió que no percibí nada.

Me senté y me puse a llorar, después me enjuagué la cara y fui a decirle a Ambrocio que no tenía olfato, él tranquilamente me vio y dijo “ hay que irse a hacer una prueba de Covid”, volví a soltar el llanto, se paró y me dijo, “déjame abrazarte” entonces grité horrorizada, “no, no te acerques”.

Junté mis cosas en medio del llanto y nos fuimos al IMSS, al llegar a la puerta nos hicieron un cuestionario y nos mandaron al módulo especial de Covid, ahí inmediatamente nos pasaron a un salón donde todos traían trajes protectores, nos sentaron a cada uno en una silla alejada de la otra y trajeron una máquina muy sofisticada para tomarnos los signos vitales. 

Mientras escuchaba los datos que la enfermera dictaba empecé a ver el escritorio del médico que me atendía, viejo y en malas condiciones, pero que contrastaba con los aparatos sofisticados y el profesionalismo del personal. Después de la prueba escuché la buena noticia de que Ambrocio era negativo, pero antes de empezar a sonreír escuché la mala, su esposa es positivo. Entonces me llamaron y oí las instrucciones en un estado de confusión tremenda, me dieron una cajita con medicamento, cubrebocas y un oxímetro que debería de regresar al término del aislamiento. 

Lloré todo el camino de regreso, pensando en quién se haría cargo de las cosas que hacía diariamente (pero conforme pasaron los días comprobé aquello de que nadie es indispensable). Gonzalo mi hermano se había quedado cuidando a mi mamá y ya enterado él y los demás, llegué inmediatamente a aislarme.

Días antes había tenido algunas molestias de dolor de cabeza y ojos muy leve, un poco de cansancio y sin apetito. Pensando que era una gripe, había atendido a mi mamá y a Ambrocio con cierta distancia para no contagiarlos, entonces esa noche en la soledad del aislamiento, empecé a hacer un recuento de los días anteriores, donde en lo cotidiano no me di cuenta que había perdido poco a poco el gusto y el olfato. El día de la prueba era el sexto día con síntomas.

Después vino lo más difícil, mi hermano Gonzalo regresando a casa al día siguiente para atender a mi mamá desde levantarla hasta servirle el desayuno, mis hermanas que a media mañana fueron por mi mamá para llevarla a otra casa y ponerla a salvo del contagio que milagrosamente no se había dado, Ambrocio sirviéndome la comida y dejándola en la puerta de la habitación, comunicándose conmigo por teléfono.

El día siguiente, una médica del IMSS me llamó para ponerse a mis órdenes, me dio instrucciones precisas del oxímetro, unos consejos prácticos y una advertencia “está usted en el día siete, de aquí al día 11 son los más difíciles, es importante que vigile su respiración, debemos evitar bajar de 90”, a partir de ahí, mi vida se redujo a depender del oxímetro y el mundo giraba en torno a él; me fijé una meta, no tener que llegar a necesitar tanque de oxígeno.

Por la mañana despertaba despojada de mis sueños, como si una cortina oscura me hubiera arrebatado el color rojo de mis párpados cuando cierro los ojos, llevándose también el sonido de los pájaros, los perros, los autos que transitan por la calle. Entonces recobraba la conciencia, me percataba de que respiraba bien, sin sabor, ni olor, sin ánimo me levantaba, los primeros días me bañaba y me vestía, después dejé de hacerlo porque me di cuenta que eso no tenía sentido; oraba toda el tiempo, cuatro cosas tenía siempre a la mano, mis lentes, mi celular, el control remoto de la televisión y mi rosario.

Salía a la terraza de la habitación que tiene una vista magnifica al río San Marcos y me sentaba debajo de un framboyán, no tenía capacidad para leer, para escribir, para pensar, así que solo me quedaba ver el paisaje por largas horas, observar las ramas secas del árbol, sin ningún verdor ni retoño.

Un gorrión venía a la terraza todos los días y duraba mucho tiempo frente a mí, parado en el cable de la luz, ya para irse cantaba fuerte hasta sacarme una sonrisa. Mi hermana Inés nos llevó comida los primeros días y me trajo un brebaje de miel y especias para que me lo tomara, después Angélica mi sobrina que vive en Ciudad del Maíz llegó una mañana cargada con una reja con fruta y un montón de guisos preparados para comer 15 días. Laura mi hermana me mandó una gelatina conocedora de mi debilidad por los postres y mi amiga Luz Martina un día llegó con unas albóndigas calientes y un jugo de naranja.

Dormía durante largas horas por el agotamiento que sentía y cada vez que despertaba encontraba en el celular mensajes de mis alumnos, exalumnos, amigos, conocidos y familiares donde me saludaban, me daban sus mejores deseos, se ofrecían para lo que necesitara, me daban remedios, consejos y oraciones.

Todo me sabía a cartón, no tenía apetito, no tenía olfato, estaba sola, aislada del mundo. Todos me decían que comiera, que comiera, que comiera. Me pesaba la hora en que tenía que hacerlo, solo engullía; me estaba deshidratando y no me daba cuenta hasta que un día Alejandra Escamilla mi compañera de trabajo, que ya había pasado por ese trance me sugirió que tomara suero, dos litros por lo menos diarios, entonces recordé que cuando a mi mamá no quería comer le dábamos Ensure. Fue  cuando me agarré de esos dos salvavidas. 

Vivía el día a día, me alegraba ver desde la terraza a la gente pasar en coche o caminando sanas, en una vida sin Covid, compartía la alegría de quienes esa semana se vacunaba en Ciudad Victoria contra la epidemia, era feliz en la felicidad de los otros.

Hasta 10 veces seguidas podía medirme la oxigenación hasta lograr que los niveles fueran óptimos, me recostaba boca abajo como Inés mi hermana me había recomendado, intentaba tranquilizarme, rezaba y rezaba, hasta que en la pantalla aparecía un 95 o un 96 de oxigenación. Entonces el objetivo del día o del momento se había cumplido.

Una mañana sentada bajo el framboyán empecé a comerme un mango, cuando lo probé, el sabor me remitió un recuerdo que guardo celosamente, yo adolecente sentada atrás de mi papá en su moto ISLO y abrazada de su cintura para no caerme, mientras que él conducía con dificultad, el mango me sabía a mango, me recordaba a mi papá y de paso me percaté que el framboyán estaba reverdeciendo. Ese día el gorrión había llegado con más pájaros a posarse en el alambre.

Estaba aprendiendo dos lecciones en el aislamiento, la paciencia y vivir el día a día. Hablé entonces por videollamada con mi hermana Dora, quien vino desde El Mante a hacerse cargo de los cuidados de mi mamá, me sentía entusiasmada, veía la luz al final del túnel.

Muy lentamente empecé a sentirme mejor después del día 11, veía diariamente desde la terraza la paciencia que Ambrocio tenía para darle de comer a mis gallinas que se negó a que las regalara cuando me aislé. Después recibía su llamada telefónica para preguntarme que quería de almorzar y no siendo cercano a la cocina, enfrentaba tres veces al día el reto de preparar algo caliente para que yo comiera.

El enfermo de Covid, no es un enfermo común, al que se le visita, se le limpia el cuarto, hasta se le puede dar de comer en la boca, acompañarlo, animarlo con la presencia de seres queridos, no, es un enfermo que está aislado del mundo porque puede contagiar de muerte a otros, que huele a desgracia, que tiene que enfrentar solo lo que venga durante el aislamiento, muchas veces mentir con su estado de salud para que los demás estén tranquilos, entender el miedo del que está afuera y enfrentar su propio miedo.

Comprender que muchos prefieren no saber nada del enfermo por miedo a enterarse de algo fatal, que otros más no tiene ni idea de lo que significa aislarse 14 días con sus propios fantasmas, incertidumbres y desequilibrios. Que el enfermo necesita tener fortaleza espiritual y emocional para que la física no lo consuma, tener fe, en Dios, en él mismo y en el futuro inmediato.

Hoy vivo mi periodo de cristal, con poco esfuerzo físico hasta que lentamente los pulmones se fortalezcan, pero fui personalmente al IMSS a regresar el oxímetro que me dio más sustos que alegrías, más estrés que paz y lo devolví entendiendo  que su préstamo es un acto solidario de una institución pública en un país pobre que aprende a optimizar sus recursos para beneficiar a más personas.

Finalmente quiero aprovechar para agradecer públicamente al IMSS por su organización y profesionalismo para la atención en su módulo Covid. Tuve la fortuna de no gastar ni un solo peso y recibir una atención de primera y personalizada casi a diario.

También descubrí que hay un mercado económicamente muy boyante de médicos particulares que están llenando sus bolsillos con el miedo de las personas por el Covid, ofreciendo pruebas que cobran muy bien, recetando medicamentos de los que reciben comisión por parte de las farmacéuticas, a sabiendas de que en esto no hay tratamiento.

Después del aislamiento muchas cosas cobran sentido y muchas más dejan de tenerlo, gracias a todos, los presentes, los ausentes, los temerosos y me disculpo con todas aquellas personas de mi familia a quien les trastoqué la vida, sacándolos de su comodidad para vivir el drama del Covid, cada uno desde su rutina alterada.

E-mail: claragsaenz@gmail.com

Rutinas y quimeras