Por El País
Brigitte Macron no ha necesitado ni un mes para habituarse a su nuevo papel de primera dama de Francia. Apenas cumplida su tercera semana en el Elíseo, se ha codeado ya con buena parte de sus homólogas en dos cumbres internacionales y ha acompañado a su esposo y presidente, Emmanuel Macron, en otras citas protocolares en las que muchas de las cámaras la siguieron más a ella que al jefe de Estado francés. Y ya se intuye que su papel no será solo de mujer florero. Aunque el entonces candidato aseguró que no percibirá un salario como primera dama, ya adelantó antes de las elecciones que lo llevaron al Elíseo que su mujer, que lo asesoró durante toda la campaña, seguiría teniendo un lugar preferente en su equipo y que tenía intención de formalizar su puesto.
Puede que Emmanuel Macron se marcara un golpe de efecto con su calculado apretón de manos a Donald Trump en su primer encuentro, a finales de mayo, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas. Pero su mujer no se ha quedado atrás. Brigitte Macron rivalizó en atención mediática con la primera dama estadounidense, Melania Trump. Y, en vista de las conclusiones de la prensa rosa y no tan rosada, que alabó su savoir faire, su amabilidad y su estilo —en el que privilegió una de sus casas de moda favoritas, Louis Vuitton—, la primera dama francesa salió airosa de su primer desafío internacional. El intenso seguimiento de las cámaras continuó en la siguiente escala de los Macron, la localidad italiana de Taormina, donde se celebraba el G7 y donde ella volvió a cumplir rigurosamente el programa reservado a las primeras damas de los mandatarios reunidos para discutir temas de la política mundial.





