Por El Informador
Se fue el hombre, pero la leyenda va a permanecer inalterada. Uno de esos histriones que vino a dejar huella con su personalidad, poder de seducción, pero sobre todo, profesionalismo. Gustavo Rojo falleció el sábado, pero su legado, sus personajes y su imagen se quedan para siempre en la memoria colectiva de los espectadores en México.
Tenía sangre española, nació en un barco en el Océano Atlántico, fue criado en Uruguay, creció como histrión en Cuba y vino dejar huella, vida y suspiros en México. Así fue Gustavo Rojo, el hombre que aprendió, desde muy joven, que la vida es una aventura donde las maletas deben de ser ligeras. Que voló, hizo, amó y supo sacarle hasta el último jugo a la vida.
En una charla que sostuvo con este diario durante una de sus muchas visitas a Guadalajara, se confesó como un hombre pleno. “He sido muy feliz en mi carrera”.
Hablar con Gustavo Rojo era abrir un álbum con mil historias. Las charlas de cinco minutos se convertían conversaciones de horas, plagadas de anécdotas y uno que otro chiste. Con más de 90 años, el histrión se sentía cómodo sobre los escenarios de teatro o frente a las cámaras. Para él, la actuación fue elixir de vida y en cierta forma, puerta a la inmortalidad.
Seductor a lo largo de toda su vida, alguna vez confesó que el teatro fue su relación más prolongada, una que comenzó como noviazgo, pero que en la madurez “yo ya no la llamaría novia, porque hace mucho tiempo que dejó de serlo. La actuación es mi esposa, una pareja que me conoce. Donde la intimidad y la confianza lo son todo”.
“He hecho cine. He hecho televisión. Pero siempre regreso al teatro. Es un ejercicio maravilloso, revitalizante. Pasar tiempo lejos de ella (habla ya del teatro como una mujer) es muy duro. Te demanda. La extraño. ¡Es una relación hermosa!”
Hoy, la actuación llora la partida de su eterno seductor. El galán que nació en un barco ya navega al mar de la eternidad.





